El tema coprológico – u orinológico (término este acabado de inventar por mí) – no ha tenido mucha cabida en las historias comunes de las sociedades. Esas “suciedades”, como muchos insisten en denominar, se evaden en la charla cotidiana, se suprimen en los corrillos de familia y causan escozor y fastidio en el tratado literario. … Continuar leyendo
El tema coprológico – u orinológico (término este acabado de inventar por mí) – no ha tenido mucha cabida en las historias comunes de las sociedades. Esas “suciedades”, como muchos insisten en denominar, se evaden en la charla cotidiana, se suprimen en los corrillos de familia y causan escozor y fastidio en el tratado literario. Curiosa prevención frente a la mención de unas “necesidades “de los seres que vivimos en comunidad y que son tan antiguas como las condiciones evolutivas del homo sapiens o como las instituidas por los grupos gregarios de las más antiguas ciudades.
Por fortuna, en nuestro medio campesino de ancestro colonizador – refiriéndome al Eje Cafetero – las descripciones de tan fisiológicas acciones no han tenido cortapisa, como sí ocurre en otras latitudes, donde hablar de ello podría espantar noviazgos o limitar las relaciones sociales.
Empiezo a socializar lo innombrable con una interesante referencia histórica, que encontré en otro texto de título prohibido. Dominique Laporte, en su libro titulado “HISTORIA DE LA MIERDA”(Gráficas Morvedre, Valencia, España, 1978), menciona y transcribe los apartes de un edicto francés de noviembre de 1539 – uno de los más antiguos reglamentos de limpieza pública que se conoce – con relación a la disposición de las excretas. Sin olvidar que aquella época- como las que le precedieron en la Europa medieval – era caracterizada, en sus ciudades ya crecientes en población, por la acumulación de lo indeseado en las calles, al punto de llamarse cloacas. Es en el verano de ese año cuando el rey de Francia ordena, en algunos de sus artículos de dicho edicto:
“Art.4. Prohibimos vaciar o arrojar a las calles y plazas de la citada villa y sus alrededores, basuras, agua de colada, agua infectada o de cualquier otro tipo, así como retener en las casas durante tiempo orines y aguas corrompidas o infectas; así, les instamos a acarrearlas y vaciarlas de inmediato al arroyo y echar luego un cubo de agua limpia para darles curso”.
“Art.21.Ordenamos a todos los propietarios de casas, hostales y pensiones donde no haya ninguna fosa de retrete que, inmediatamente, sin demora y con toda diligencia, la manden hacer”.
Firmado y publicado tal edicto en París el “veinticincoavo año de gracia del reinado de Francisco I y así sellado con el gran sello de cera verde y lazos de seda”, no presenta notables diferencias con otras disposiciones de los siglos posteriores, y expedidas en diferentes sitios. Incluyendo al continente americano, donde también llegarían, luego de la institución del imperio español y el posterior establecimiento de la República.
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En efecto, uno de los decretos “sobre moralidad y aseo” de la señorial y antigua población de Anserma, expedido por el alcalde y publicado por el funcionario delegado, hace este curioso considerando, entre otros dos expuestos en el decreto:
“Tercero. Que no todos los que viven en el marco de la plaza ayudan a barrerla, ni todos los que viven en la Calle Real barren sus frentes.
Decreta:
Artículo Segundo: Todo vecino de la plaza y de la Calle Real que no barra personalmente o no ponga un peón a hacerlo incurrirá en multa de 20 centavos. La Calle Real se barrerá desde el pie de la falda hasta la casa del señor Manuel Ospina.
Publíquese además en La Virginia y El Guamo.
Dado en Belalcázar a los 30 días de marzo de 1906.
El Inspector: Rogerio Marín”.
(Tomado de “Caldas, Patrimonio y Memoria cultural”, fascículo 21, La Patria, Manizales, abril 19 de 1995).
Y el siguiente documento del Concejo Municipal de Armenia (entonces perteneciente al departamento de Caldas) es mucho más interesante:
“Acuerdo 40 de 1923.
Autorizase al Señor Personero para que inicie gestiones tendientes a obtener dos (2) carros de buena capacidad y las bestias de tiro correspondientes, con el propósito al aseo público.
Se prohíbe de la manera más enérgica arrojar orines y otras materias similares a los caños, calles, etc. de la ciudad. Los establecimientos que no tengan orinales especiales dispondrán de recipientes de vidrio, tales como Damajuanas, con embudos, con cernedor para mantener creolina y cuyo contenido una vez que se ha llenado se arrojará a alguna alcantarilla”.

Asiento de madera del siglo IX, para las necesidades fisiológicas.
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En el medio antioqueño y en su proceso expansivo de colonización, las siguientes son las condiciones del espacio destinado para aquellos menesteres, incluyendo el baño. Lo anota, en lenguaje coloquial, la escritora Lucía Restrepo González, en la tercera edición de su agradable libro, titulado “ASÍ DECÍAN LOS ABUELOS 1920 – 1945” (Editorial Jaime Sánchez Ángel, Medellín, 2001):
“En la parte posterior de la casa, en el patio de atrás o en el solar, estaba el escusado, consistente en un cuartico hecho de madera o zinc. Dentro de él había un cubo pequeño de madera, colocado sobre la abertura de un hueco de tres o cuatro metros de profundidad que, cuando se llenaba, lo tapaban con tierra para construir otro en un sitio cercano…
En la pared de este pequeño cuarto había un clavo o gancho de alambre con pedazos de periódico o papel de envolver, del mismo que se utilizaba para forrar los cuadernos, hacer los moldes en modistería o empacar los víveres en las tiendas; también se daba el caso de utilizar las hojas de libros o cuadernos viejos…
Al agotarse el papel en el escusado, los vecinos fácilmente se enteraban del caso cuando algún niño desde su interior gritaba: “dos papelitos”. Y si no era escuchado, la vecina llamaba a la mamá por el patio o el solar, para avisarle sobre el apuro del niño…
Cuando el agua del acueducto surtió las casas, bajo la dirección del fontanero construyeron el baño y la letrina de madera o loza con agua corriente. Posteriormente instalaron los sanitarios integrados a las mismas”.
Mucho más curioso es el relato que nos introduce en el uso personal del recipiente para las evacuaciones nocturnas. Lo escribe el académico y cronista John Jaramillo Ramírez en su libro “PIEZA DEL REBLUJO”(Alcaldía de Armenia, octubre de 2006). El capítulo en el que alude al singular receptáculo es graciosamente titulado por él como “MARÍA JESÚS”:
“No fue ninguna mujer importante en la historia de Armenia, ni un personaje típico de mis épocas. Con este nombre se conocía también aquel recipiente que Carreño recomendaba nunca fuera mencionado en sociedad y a los que los más boquipulidos llamaban “vaso de noche” pero que era más conocido como panosa, cantora bacinilla o mica”.
El nombre más popular, “panosa”, es la abreviatura de “para no salir de noche”. Y se refiere aquello a la prohibición de salir al patio, lo que obligaba a utilizar sin remedio el recipiente.
Seguía así el relato agradable de Jaramillo Ramírez:
“…En aquellos caserones inmensos pensar en levantarse en la noche para ir al servicio era como pensar en un viaje a Marte y ahí era donde prestaban sus abnegados servicios la micas o bacinillas”.

Bacinilla de madera o beque.
Existía otra panosa más humilde. Era fabricada en madera por los campesinos y la llamaban beque. También, sobre ese modesto artefacto hay una referencia de un museo antioqueño, donde existe un ejemplar exhibido:
“No podía faltar en el pie de la cama para levantarse de noche. El beque o bacín lo aseaban ahumándolo para evitar que la humedad lo descompusiera y lo sacara de servicio. Solían utilizarlo también poniéndolo de manera presionada sobre la cabeza de mujeres parturientas o de hombres terriblemente enguayabados para mitigar el dolor de cabeza propio de estos casos”. La referencia es tomada del libro “GUATAPÉ ES UN MUSEO”, del escritor Álvaro Idárraga ALZATE y publicado por DIVEGRÁFICAS LTDA. (Guatapé, Antioquia, noviembre de 2008).
En el ámbito popular, a los orines los conocen como la “corriente”. Y sobre el análisis de ese líquido viscoso y de color amarillo existe una anécdota, referida a un famoso mediquillo, don Manuelito Ramírez, de Circasia. Está incluida en el libro de Euclides Jaramillo Arango, titulado “LOS ORINES DE DON FEDERICO Y OTRAS BUENAS CRÓNICAS”, publicado por Cosmográficas (Pereira, 1983).
