Conocida como la Doctora Clown o ‘Glugli’, Luz Adriana Neira ha creado un movimiento de felicidad en hospitales de Colombia, impactando la vida de miles de pacientes y voluntarios mediante la terapia de la risa.
Los sueños no conocen de límites cuando se persiguen con pasión. Así lo demuestra Luz Adriana Neira Cifuentes, más conocida como la Doctora Clown o ‘Glugli’. Cuyabra de nacimiento, hija de recolectores de café y la quinta de ocho hermanos, vivió sus primeros años en el barrio Santa Fe de Armenia. A los cinco años, su familia migró a Bogotá en busca de mejores oportunidades. Esa historia de vida —cargada de superación— marcaría el inicio de una vocación que transforma vidas.
Desde muy joven, Luz Adriana supo que su existencia tendría un propósito mayor. Soñaba con ser actriz y comenzó su formación en actuación en la escuela de Clown del barrio Fontibón, en Bogotá. A los 25 años viajó a Suiza, donde continuó sus estudios en una escuela especializada de circo y clown. Aunque su formación profesional es en diseño y decoración de interiores, también es magíster en programación neurolingüística y especialista en felicidad.
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A través de su personaje ‘Glugli’ y de la Fundación Doctora Clown, lleva más de dos décadas arrancando sonrisas en clínicas y hospitales de ciudades como Cali, Medellín, Bogotá y Bucaramanga. Su labor ha impactado a miles de pacientes y cuenta con el apoyo de más de 400 voluntarios en todo el país.
¿Cómo y cuándo nace la Fundación Doctora Clown en Colombia?
Cuando viajé a Suiza, lo hice llena de sueños y con poco dinero. Allá, siempre había una casa que limpiar o un niño que cuidar. Me aferré a la oración y a la idea de que, al regresar a Colombia, haría algo significativo por la niñez. En Suiza descubrí que, además de una excelente calidad de vida, hay conciencia sobre la salud emocional: cuentan con un payaso como figura terapéutica en los hospitales. Esa experiencia me mostró que la risa tiene un poder inmenso para sanar cuerpo, mente y emociones.
En 1998 comencé esta labor en Colombia. Fue un reto enorme porque era pionera en proponer la risa como terapia. Había que culturizar a todo un universo de personas para que entendieran que la risa vale oro.
¿Cómo fue el recibimiento inicial de la Doctora Clown por parte de pacientes y personal médico?
Al principio fue difícil. En Colombia no existía una tradición artística del clown, y el payaso era visto como un personaje de baja categoría, casi decorativo, muchas veces asociado con anuncios en la calle. Ingresar con este personaje a un entorno hospitalario, lleno de asepsia y silencio, fue todo un desafío. Pero hoy, hablar de la Doctora Clown genera empatía; nos reconocen, nos esperan e incluso se forman nuevos doctores clown. El ambiente hospitalario cambia cuando pasamos por allí.
¿Luz Adriana y la Doctora Clown comparten rasgos?
Sin duda. Una sana a la otra. He aprendido que no se puede dar felicidad desde el vacío. A través del clown sané a mi niña interior y me conecté con una fuente inagotable de alegría. Veo la vida de color amarillo: “Amar y ya”. No quiere decir que viva riendo a toda hora, pero sí estoy profundamente inspirada. La sonrisa de otro es mi sueldo emocional, y no tiene precio. Es la prueba de que estamos construyendo país.
Después de tantos años, ¿hay alguna anécdota que haya cambiado tu forma de ver la vida?
Cada día es un milagro. Estar en un hospital te cambia la perspectiva: no todos nacemos con las mismas condiciones. Algunos llegan al mundo con dificultades de salud, y ver lo que damos por hecho —caminar, ver, movernos— nos lleva a valorar más la vida y al Creador. Cada intervención es significativa. Hemos recibido agradecimientos de familias que perdieron a un ser querido, y nos dicen que gracias a nosotros, esa persona sonrió por última vez. Una vez, en Bogotá, después de nuestra visita, los médicos nos informaron que dieron de alta a la mitad de los pacientes en consulta externa. Eso es el poder de la risa.
¿Cómo se prepara emocionalmente para dar felicidad incluso en momentos difíciles?
La preparación es integral. Por un lado, está la formación artística, que permite conectar con los niños; por otro, está la preparación psicológica, para dejar a cada paciente con una alta vibración emocional. Mi objetivo es que mis palabras sanen, alivien. Por eso, me preparo cada día para ser más asertiva, para guardar silencio cuando toca o cantar cuando se necesita. He desarrollado un sexto sentido que me permite intuir lo que cada persona necesita en ese momento.
Se dice que una sonrisa puede ser un acto revolucionario. ¿Qué piensa al respecto?
Totalmente de acuerdo. La sonrisa y el amor son movimientos transformadores. Cuando alguien sonríe, su cuerpo entra en un estado de bienestar. Sabemos que reír acelera la recuperación, potencia el efecto de los medicamentos, mejora el ambiente de trabajo del personal médico. Se genera una ola de bienestar que deja huella en todos los que nos rodean.
¿Cómo cultivar un poco de felicidad cada día y compartirla con los demás?
A menudo creemos que la felicidad está afuera, pero en realidad está adentro. Es como buscar las gafas cuando ya las tenemos puestas. La felicidad se despierta, se nutre y se protege con nuestras decisiones. Lo que vemos, lo que escuchamos, lo que comemos, todo influye.
Un gran generador de felicidad es el agradecimiento: agradecer por el día, por la vida, por quienes nos rodean. Abrazar a nuestros padres, hermanos, vecinos, incluso a nuestro perro. Y también, abrazarnos a nosotros mismos, porque a veces, somos quienes más ayuda necesitamos.
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