Saltar al contenido

Al sur de Armenia, conserva entre su memoria colectiva la tradición de su fonda centenaria y la hermosa niña que allí se veía.

La ciudad de Armenia, capital del departamento del Quindío, hace honor a su apelativo o perífrasis con su título de la Ciudad Milagro, cuando vemos el crecimiento exagerado y la expansión creciente de la zona urbana, en detrimento de la conservación de la ruralidad. Eso ocurre con un movido sector del sur, llamado Puerto Espejo. Otrora una vereda de gran extensión, hoy es un barrio más, donde los cafetales dieron paso – desde la época pos terremoto de 1999 – a un conjunto de torres, condominios y calles populosas. 

Lea también: Un siglo después, La Vorágine revive en una serie cruda, poética y necesaria

En torno a su movimiento urbano, también se añora el pasado de su desarrollo finquero, pues hoy el tráfico automotor agobia con su bullicio. Hace décadas, esos predios estaban comprendidos por terrenos donde se ubicaban grandes fincas como Corinto y haciendas como La Holanda y La India, esta última con dedicación a la cría de ganado lechero. Eran el prototipo de un modelo de desarrollo rural, el que hoy se ha transformado en la senda del turismo que se basa en el alojamiento de familias y visitantes, pues las propiedades a orillas de carretera ya no son las casas plácidas y bucólicas de finca, sino que se convirtieron en hoteles campestres y grandes estancias para el descanso, especialmente en plan de fin de semana para el esparcimiento.

Puerto Espejo es el sector que marca el camino al corregimiento de Pueblo Tapao y a su cabecera, el municipio de Montenegro, pasando por el Parque del Café. También lleva a la vía principal que se dirige al Valle del Cauca y a la entrada para acceder al municipio de La Tebaida. Los antiguos pobladores recuerdan sus historias provinciales, como lo describe la fallecida periodista Libia Zuleta Gómez, en el libro “Historias Barriales de Armenia” (Pixel Publicidad, Armenia, 2003), a través de las narraciones históricas que nos regaló. 

Eso se dio gracias a una convocatoria que hiciera la Alcaldía de Armenia y en la que ella ganó el primer puesto, con sus tres crónicas tituladas “Un barrio llamado Boyacá”, “Camino de Puerto Espejo” y “La Clarita”. Una tríada de historias que nos cuentan las experiencias de habitar esos tres sectores de la ciudad. Empleando el seudónimo “Saraí”, la autora menciona hechos, anécdotas y remembranzas referentes a Puerto Espejo. Entre ellas están las siguientes:

La apertura de parcelas que van hasta el río Espejo, ocupadas por los primeros habitantes, venidos la mayoría de ellos desde Antioquia. El origen del topónimo de La India, desde la versión que apunta al hallazgo de una tumba prehispánica, donde los colonos guaqueros “encontraron una escultura de mujer, hecha en oro por los indios que habitaron allí”. La existencia de una fonda a la entrada de La India, alrededor de 1953, y que llevaba el mismo nombre de la hacienda.

Otras menciones se refieren a las haciendas La Nubia y La Toscana, esta última catalogada como la más bonita. Se refiere también a la escuela Corinto y a la gran vivienda de don Facundo, que era algo así como un “parque de recreación”, pues su dueño permitía que la visitaran los estudiantes para que degustaran las frutas, después de jugar en los potreros. 

La instalación, en esa gran casa de dos plantas, pintada de color azul, de la primera compra de café, pues las fincas eran dedicadas a la producción de café, plátano, pastos y frutales. Se complementaba con cultivos tradicionales como fríjol, maíz y caña de azúcar, y por tanto se recuerda la existencia de un trapiche, donde se envolvía la panela en hojas secas de plátano, se arrumaba para ser empacada y luego llevada al depósito del señor Ospina para la distribución.

El siguiente párrafo da cuenta del nivel colaborativo entre vecinos del entonces sector rural de Puerto Espejo:

“La molienda era como un día festivo, y más si se realizaba en época navideña. Para esta época se adoptó una hermosa costumbre consistente en que los dueños de fincas grandes y diversificadas destinaban un día especial para compartir los productos navideños con los de parcelas menores, así: en Corinto y La India se les proveía de queso y leche suficiente para la natilla y los buñuelos. En La Holanda, maíz, panela y frijol. En esta oportunidad tenían participación los vecinos y sus familias, que ayudaban en la labor del sacrificio de cerdos, cuya carne y tocino repartían los organizadores de la Navidad solidaria”.

No se olvidaron otros acontecimientos, la existencia de estancias importantes y algunos personajes célebres:

La tienda Corinto, adonde “llegaban las deliciosas cucas, luisas, quesadillas, tiples, borrachos y pandeyucas, que complementaban el algo o medias nueve de los estudiantes”.
Los paseos al río Espejo, que eran motivo de esparcimiento y costumbre entre los habitantes de la vereda. La pesca de bocachicos.

“De las corrientes del Espejo, pasando por La India, se llegaba con facilidad a Montenegro. Los habitantes de este sector podían ir a comprar remesa a la vecina ciudad, saliendo a caballo hacia la finca Nápoles”.

La muerte de Rosa, una joven trigueña y hermosa, que pereció ahogada en el río. Se cuenta que ella se vio envuelta en un evento pasional de celos y fue arrastrada por un remolino, mientras su novio la vio alejarse por la corriente, impávido, porque en su interior se había incubado el peso de la traición por la supuesta infidelidad de la joven.

El recuerdo de María Jesús, partera desde temprana edad:
“Ella era requerida a cualquier hora del día y de la noche, en verano o en invierno, para atender un parto, siendo la única persona que se especializó en ese ramo, motivo por el cual, si se hiciera una encuesta, todas las personas que habitaron las veredas del sur de Armenia desde los años 20 hasta los 70 vinieron al mundo en manos de esta mujer amable, cordial, dedicada a solucionar los dolores del cuerpo y, en muchas ocasiones, los del alma”.

LA FONDA DE PUERTO ESPEJO

La referencia histórica más nombrada en la vereda y sus alrededores fue la existencia de una fonda. Con una tradición de más de un siglo, era la casa caminera adonde llegaban las mulas cargadas de café y que fungía como expendio de productos, alimentos, artículos para el hogar, semillas, herramientas y los avíos de los arrieros que por allí pasaban. Era el negocio más próspero de la vereda y donde, después de libar licor y escuchar música de cuerdas, los visitantes seguían su camino. Muchos clientes de los contornos y del mismo Armenia la frecuentaban. 

Y se sabe que, entre esos personajes, estuvieron poetas y compositores renombrados, como Baudilio Montoya, Julio Alfonso Cáceres, Jairo Baena Quintero y otros. Se disfrutaba el ambiente bohemio que habían mantenido, desde sus inicios, don Jacobo Sánchez y su esposa Mercedes. Ellos adquirieron la propiedad rudimentaria, después de haber pasado varios años en la finca Corinto. Mercedes era recordada como una extraordinaria mujer, quien se encargó del manejo fondero, en compañía de sus nueve hijos, y desde que Jacobo partiera hacia Armenia, donde estableció un negocio similar llamado La Costeña, al interior del cual fue asesinado.

El sicólogo Carlos Andrés Rojas Chacón, en un informe universitario del primer semestre del año 2008 (“Historia de vida y de una casa”, Universidad de San Buenaventura Medellín, extensión Armenia), anota lo siguiente sobre la fondera Mercedes y la casa antigua:

“Su dueña Mercedes murió hace poco, heredando el lugar a sus nueve hijos. Mercedes era conocida como la Reina o la Niña, siendo este último apodo recogido de un escrito de Baudilio Montoya, titulado LA NIÑA DE PUERTO ESPEJO. Ello lo contó don Humberto Vallejo, quien ocupaba y cuidaba la casa, y quien conoció personalmente a la niña, una mujer muy hermosa….

…. Actualmente es una fonda discoteca, con un recuerdo de solo dos cuadritas, alquiladas en ocasiones para tomateras o siembra de habichuelas. La casa está construida de bahareque, una técnica hecha fundamentalmente con palos entretejidos de cañas y boñiga, además que se observan algunas guaduas y tejas de barro”.

Para el momento del testimonio anterior (año 2008), ya la construcción comenzaba a perecer y deteriorarse, porque se proyectaba su cierre, lo que ocurrió a finales de ese año. Mientras tanto, sus alrededores crecían en franco desarrollo constructivo y la casa se rodeaba poco a poco de edificaciones modernas.

 

Una de las fotos que acompaña ese informe universitario evidencia ya el cierre de sus puertas en el segundo semestre de ese año y solo quedaba, lacónicamente, el aviso de “Fonda Puerto Espejo”. Afloraban desde ese momento otros recuerdos de la célebre fonda. Uno de esos detalles lo menciona el poeta Baudilio Montoya en el poema. Es el que alude a las curiosas “fiestas de combates”, conocidas también como la grima montañera. Sobre esta tradición, cuenta el cronista Saúl Parra Robledo:

“…. A principios del siglo XX, una forma de sobresalir entre los hombres eran los desafíos a peinilla o machete. Se destacaban los que eran ágiles, maliciosos y entrenados. Para ellos había escuelas fundadas por otros campesinos, donde enseñaban en forma tosca muchos lances de machete, a manera de esgrima. Los graduados recibían una libreta con las paradas retratadas y, cuando terminaban el curso, le entregaban un diploma. Eran campesinos que tomaban sus tragos y coqueteaban en las fondas y libraban los combates con la parte plana del machete…” (“Armenia en sus primeros años”. Por Saúl Parra Robledo. Ediciones Gota de Agua, Armenia, 2006).

En dos de las estrofas del poema de Baudilio Montoya se recrean los hechos y se mencionan los nombres de dos guapos, que se movían en combate dentro de la fonda de Puerto Espejo:

“El corazón va buscando
una fonda de hace tiempos,
en donde José Pineda, hombre de pelo en pecho,
vendía jarabe de tusa y aguardiente pendenciero.

Allí paraban de tarde
con su recua los arrieros,
y allí también, muchas veces,
por borracheras y celos
enhiestaron sus machetes
Antonio Gil y Luis Cuervo,
que eran dos mandacallares
en esos lances tremendos.”

EL POEMA “LA NIÑA DE PUERTO ESPEJO”

Se sabe que, en una de esas ocasiones, el poeta Baudilio Montoya se sentó en una de las mesas y quedó prendado con la hermosura de una niña, de quien no mencionó su nombre:

“tenía la piel de canela, y unos ojazos tan negros
como el abismo medroso
que muestran los sacrilegios.”

Más adelante, el bardo recita:

“Y una vez se fue la niña,
se fue así como en un cuento,
nadie supo su motivo y nadie debe saberlo.”

Finalmente, resalta, al final, la languidez del poema:

“Pero queda una tonada
que dicen en Puerto Espejo:

Niñas así tan hermosas
como esa que ya está lejos,
no duran en las posadas
donde toldan los arrieros,
porque después de escuchar
un bambuco de recuerdos
se pueden ir fácilmente,
sin pesar ni abatimiento,
como las hojas que arranca
de los almendros el viento.”


septiembre 2026
L M X J V S D
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
282930