No pasó una semana desde la publicación de un artículo de mi autoría —el 28 de febrero de 2021— en este medio escrito, donde señalaba las singularidades del parque principal de Circasia, cuando descubrí que se había desmantelado una de ellas. El significativo cafetal, de 30 matas robustas de café arábigo, que había crecido en … Continuar leyendo
No pasó una semana desde la publicación de un artículo de mi autoría —el 28 de febrero de 2021— en este medio escrito, donde señalaba las singularidades del parque principal de Circasia, cuando descubrí que se había desmantelado una de ellas. El significativo cafetal, de 30 matas robustas de café arábigo, que había crecido en su costado oriental, fue derribado para remplazarlo por la carrocería de un Jeep, seguramente destinado ello al turismo fotográfico.
Qué ironía, la supresión de un símbolo en el corazón del Paisaje Cultural Cafetero. Qué falta de sensibilidad de las administraciones del Quindío, cuando se borran estos aspectos de la cultura en los escenarios más importantes de cualquier municipio, los parques principales. Tal acción, desmantelar, es equivalente también a destruir o deshabitar.
Parques desmantelados de sus marcas culturales son ya una constante en la historia del departamento. Las transformaciones físicas de sus entornos, inapropiadas y no consultadas con el grueso de los habitantes citadinos, se extienden también al marco de esos parques, donde los testimonios residenciales, representados en centenarias casas de bahareque, también desaparecieron, ya por la mano destructora del hombre, ya por los incendios desastrosos.
Es incomprensible la escasa valoración de la integridad estética, armónica y arquitectónica de los parques principales. Máxime si se entiende la excepcionalidad que presenta el PCC de Colombia, al ser incluído en la Lista de Patrimonio Mundial de la Unesco, algo que también debe corresponder a la historia y sentido de identidad de sus parques. Porque en esas cuadrículas de hoy —antes terraplenes sembrados de árboles— nacieron las municipalidades, desde el mismo momento de la firma del acta de fundación o en la decisión de colonizar el terreno escogido a mediados del siglo XIX. O a principios del siglo XX, como ocurrió con La Tebaida y otros pueblos de la cordillera.
Los casos de desmantelamiento —y de refacción descontextualizada— obedecen también a un desconocimiento total de sus usos y de los sentimientos de apropiación ciudadana. El siguiente texto lo ilustra con claridad:
“…Los usos van delante de las formas, anticipándolas, y generalmente son ellos los que condicionan, o al menos inducen, las transformaciones formales”. —Tomado del artículo ‘Tres plazas públicas de Cartagena de Indias’, por Juan Carlos Pérgolis. En revista Credencial Historia, enero de 1998—.
En el Quindío, esas transformaciones formales son “amarradas a costos, decisiones políticas y procesos constructivos”. Y, últimamente, al capricho del gobernante de turno, desde el punto de vista de un turismo arrasador que impone sus reglas.
Algunos ejemplos de sus municipios son tajantes y demoledores. El de Montenegro, considerado por Néstor Tobón Botero como el “más bello en diseño, armonía, equilibrio y composición en Colombia”, fue destruido en 1990 por decisión del concejo municipal. Como lo afirmó un columnista de prensa, el cabildo “ha decidido con total locura y absoluto desprecio por la belleza, la tradición, el decoro y las gentes montenegrinas, asesinar el parque principal de la ciudad”. —Tomado del artículo ‘Montenegro y ratas de alcantarilla’, por Andrés Hurtado García. En El Tiempo, 21 de diciembre de 1990—.
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En una monografía de Rufino Gutiérrez Isaza, publicada después de su viaje por el Quindío en 1918, así describe a la joven población de Armenia:
“Hay tres plazas, la principal, llamada del Libertador, donde se hacen 2 mercados semanales bien concurridos y abastecidos, al aire libre. Está sin empedrar y tiene en el centro una pila voluminosa y desairada, pero con un juego de agua muy abundante y muy graciosamente dispuesto”. —Tomado de la publicación titulada ‘Monografías por Rufino Gutiérrez’, Biblioteca de Historia Nacional, Imprenta Nacional, 1921. Documento cedido por Arturo Serna Osorio—.
No desaparecieron solamente las pilas de agua, las bancas de cemento y de granito o los kioscos para las retretas. También privaron a estos sitios de encuentro de los frondosos árboles, que brindaban sombra y solaz. El último que se transformó fue el parque principal de La Tebaida, ese encantador refugio de la cultura vernácula, con sus bancas de romántica y curva composición, sus mercachifles, sus ardillas retozando de árbol en árbol y, lo más importante, el tertuliadero de los adultos mayores, campesinos y visitantes.
El recuerdo de los parques principales del Quindío solo ha quedado impreso en las fotos de papel. En ellas se ven algunas singularidades, que hoy las decisiones oficiales decidieron desmantelar. Las ruedas de piedra de los molinos hidráulicos de trigo en Salento y que estaban exhibidos en los prados, junto con metates arqueológicos. Las columnas de material, que remataban en farolas redondas iluminarias, en Filandia. Los personajes populares sentados en los muros del pequeño espacio de Buenavista. Los árboles y las bancas del parque de Calarcá, lugar éste donde, sin la comodidad de los nuevos sentaderos, los músicos populares todavía se dan cita los sábados.
Una foto especial, que llegó a mis manos hace poco, testimonia el escenario patriótico en torno a la estatua de Bolívar en la plaza de Armenia de los años 60. Un niño porta una bocina, parado en su pedestal, en medio de un acto cultural. Hoy, el respeto hacia esos monumentos se perdió. En el libro de un escritor de Circasia, él juega con un texto imaginario y dialogado con la estatua, en el centro del parque:
“…Un día me pintaron de verde, azul, blanco, amarillo, negro y otros colores que ya no recuerdo; por esa razón me llamaban el Bolívar papagayo… Otro día unos vándalos me robaron la espada… En las horas de la noche y primeras de la madrugada, llega gente de otros municipios en esos buses que llaman chivas y se ponen a bailar… En una de esas noches, a uno de ellos se le ocurrió ponerme una ruana y un sombrero, subió al pedestal y se hizo tomar una foto…” —Tomado del libro Diálogo con Simón Bolívar el libertador, de Helio Fabio Henao Quintero, Optigraf, Armenia, 2008—.
Ver también: De las plazas principales del Quindío, la de Circasia, la más singular
Por fortuna, el único parque que se ha salvado de una funesta remodelación ha sido el de Filandia. En el mes de agosto de 2018, un cabildo abierto convocado por el concejo municipal fue vital para impedir que se ampliaran los andenes de las cuadras que rodean el parque y otros tramos de su cuadrícula, definido ello para privilegiar los usos del turismo. En ese lugar se habían perdido 2 singularidades del pasado. La costumbre de ‘dar vueltas al parque’, interrumpida hoy por la disposición de casetas de guadua. Y el juego infantil llamado ‘candelilla’, alrededor del busto de Bolívar. No obstante, con aquel evento de participación ciudadana, donde se mencionaron esas remembranzas, se demostró que está en manos de los habitantes el futuro de estos espacios de socialización cotidiana.
Gracias a ello, la bella fotografía, la del adulto mayor sentado plácidamente en una de sus bancas antiguas, es todavía hoy el reflejo de su realidad humana y de disfrute cultural.
Finalmente, y tal cual lo consigna el artículo de Juan Carlos Pérgolis, “puede decirse que no se conoce una ciudad latinoamericana, o que no se ha estado en ella, si no se conoce su parque principal, como en el habla colombiana se denomina a la plaza central, porque ella es referencia física y cultural, es orientación y es también historia”.
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