“Yo voy al mercado agroecológico y me encanta, porque de profesión soy nutricionista y siempre vi ese espacio como una opción de alimento más saludable”.
Claudia Villamil es natural de Bogotá, pero está enamorada del Quindío desde hace 21 años. Ella trabaja día a día para dejar un legado en torno a la producción y consumo de alimentos agroecológicos que permitan mejorar la relación entre el humano y la naturaleza.
Esta mujer, hace 17 años, se dejó conquistar por los productos naturales y tiempo después se adentró en una filosofía de vida, enfocada a la familia y la seguridad alimentaria.
Claudia es nutricionista de profesión, actualmente pertenece a 3 procesos dentro del Mercado Agroecológico del Quindío que le permiten ver la alimentación sana y la producción libre de químicos como una oportunidad para el planeta.
Hablemos de esos 3 procesos que lograron enamorarla de la producción agroecológica
Son 3 espacios que hacemos, el primero de ellos es el Mercado Agroecológico como tal, el segundo es nuestro papel como custodios de semillas y, por último, Pan Rebelde; estos son procesos transversales que se van conectando desde la producción, conservación y transformación de los naturales.
¿Cómo inició su proceso en el Mercado Agroecológico?
Empezamos con nuestra red familiar ‘Alimentarte: una forma de mercar sin dañar el ambiente’ con mi hijo mayor, mi hermana y mi mamá, ya que, a raíz de una situación de salud que tiene mi hijo Andrei David Fernández, empezamos a mirar opciones laborales porque acá en el Quindío es muy limitado para las personas con una funcionalidad diversa y los trabajos no se adaptaban a su situación específica, y para borrar esos limitantes decidimos empezar un trabajo artesanal.
Iniciamos con la producción de bolsas agroecológicas y biodegradables que son 100 % algodón y también estamos incursionando con el yute, que son elementos que nos permiten reutilizarlos, pero al momento de desecharlos, si las enterramos se biodegradan.
¿Qué es ser custodio de semillas y cómo llega usted a convertirse en uno?
En el Quindío nace el proceso de familias custodias de semillas, y yo me vinculé al principio como nutricionista, me considero una aprendiz de custodia, y lo que hacemos allí es custodiar semillas nativas y criollas.
Yo soy una ‘sin tierra’ y no tengo donde cosechar o producir mis semillas nativas, pero el conocimiento que tengo puedo brindarlo a los demás, explicarle a la comunidad las condiciones de alimentarse y qué pueden sembrar en una huerta, fuera de los productos tradicionales que quizás no sean nativos de este territorio, mirar qué tipo de plátano, por ejemplo, yo no conocía la mafafa y ser custodios nos muestra que hay alimentos que no conocemos y que podemos empezar a utilizarlos.
¿Qué es Pan Rebelde?
Luego de conocer muchos productos en el proceso de custodios de semillas, utilizamos esos productos en preparaciones gastronómicas de fácil consumo, preparaciones de las que la gente empieza a enamorarse, qué puedo hacer con esta variedad de yuca, de frijoles, entonces sale una serie de preparaciones que hemos tratado de mantener, es más una gastronomía experimental que tradicional y siempre la acompaño como nutricionista.
¿Qué importancia tienen estos espacios comunitarios?
Primero es como la filosofía de vida que va adquiriendo cada ser humano, si le apuesto al mercantilismo me voy a ir por la línea de los supermercados y lo que muestran en la televisión, y yo lo hice, pero llega un momento en el que me pregunto, cuál va a ser mi aporte para que este ambiente que tenemos en este momento no se dañe más y mis hijos y mis nietos también puedan disfrutarlo, es una filosofía de vida familiar.
Mis hijos son practicantes de esa filosofía, mi hija de 7 años ya es custodia de semillas de plantas medicinales, conoce de esto, y ha sido muy interesante porque veo reflejado ese proceso en ellos y digo: “Estoy dejando mi semilla aquí”.
¿El Mercado Agroecológico es un espacio para todos?
El Mercado Agroecológico inició con 8 personas y ahora somos alrededor de 90; y los custodios eran 4 y ahora somos 40, es algo que va creciendo y permeando al Quindío, llegan abogados, ingenieros, docentes, campesinos, el abuelo, la niña. Es un lugar a donde pueden llegar todas las personas a compartir su saber porque su interés es querer aprender y querer aportar, mirar la vida respetando los saberes tradicionales y ancestrales, en el modo de cultivo, de la cosecha y del consumo.
¿Cómo es el papel de los niños en estos procesos?
Trabajo con niños y me encanta, porque es pensar qué vamos a dejarle a estos niños y qué van a dejar ellos más adelante, es trabajar desde pequeños en disminuir el consumo de productos ultraprocesados, productos cárnicos elaborados, de tener alimentación sin agrotóxicos, porque estos alimentos en su mayoría producen cáncer.
Además, los niños absorben todo el conocimiento cuando lo ven desde la parte experiencial, cuando van y siembran la semilla, cuando van al mercado agroecológico, yo le enseño a mi hija cómo comprar y se vuelve un hábito.
¿Qué es la ecoescuela Magritos?
Hay muchos niños todo el tiempo en ese espacio, entonces empezamos a trabajar desde el comité de pedagogía y de cultura en una actividad que los reuniera y los estamos llevando cada 15 días a espacios con una temática diferente. Brindado un aprendizaje significativo que se ajuste a ellos porque son niños que desean saber más.
Hay un mensaje muy bello y es una frase muy repetida pero cierta, ‘que tú alimento sea tú medicina’, a veces pensamos que la medicina es la que nos da el médico, pero son 3 cosas básicas: dónde compramos los alimentos y de dónde vienen; segundo, una vida tranquila y en paz; y tercero, actividad física, eso nos ayudará a tener una salud beneficiosa; la invitación es que cada uno revise sus hábitos y con la respuesta van a conocer cómo está su salud o cómo mejorarla.
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