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Jhon Henry Realpe y sus clases de música para la inclusión

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martes, 14 septiembre 2021

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Un profe que descubre habilidades artísticas y ayuda a formar buenas personas.

Jhon Henry Realpe Ospina es un calarqueño de 54 años que, desde muy pequeño, encontró en la música la pasión por la vida.

Desde hace 34 años se ha dedicado a trabajar en pro de la inclusión y los valores, a través de la danza, la elaboración de instrumentos y la chirimía —tambora, percusión, flauta tradicional, cununos, bongo, guacharaca y redoblante—, ofreciendo espacios de formación a personas con capacidades especiales, comunidades vulnerables y población adulta mayor, demostrando que las limitaciones no existen.

¿Quién es Henry Realpe?

Soy gestor cultural de Calarcá, Quindío y Colombia. Tengo una formación en el arte desde los 13 años, cuando decidí involucrarme en los procesos formativos de la casa de la cultura. Primero entré como bailarín del grupo de danzas cuando era director Nelson Cárdenas Polanía e hice talleres con el maestro Jairo Robayo.

Luego me fui involucrando en la música folclórica porque nosotros bailábamos con música en vivo y me gustó mucho esa parte  y, a través de talleres, fui aprendiendo, porque en esa época no había carreras musicales profesionales. Entonces me formé también con el intercambio de conocimientos con todos los departamentos cuando participábamos en encuentros o festivales nacionales, ahí fui aprendiendo todo el arte de nuestro folclor —Costa atlántica, Pacífica y del interior del país—.

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Un amor por el arte con el que además resaltó la música Andina…

La verdad es que cuando estaba muy jovencito pasaba por el lado de los grupos de música andina colombiana y latinoamericana y yo sentía que la sangre que me hervía y me llamaba, yo no podía escuchar una flauta o un tambor porque ya estaba emocionado, me puse a investigar y resulta que tengo raíces, por parte de la ciudad de Pasto, Nariño, de mi abuelo y que mi abuela era colombo ecuatoriana, es decir, de allá viene esa esencia y ese gusto por esa música. 

Tuve un grupo musical que se llamaba Tierra de la montaña, con el que hicimos muchas presentaciones, pero los integrantes se fueron separando, sin embargo, ese primer amor musical se ha quedado en la mente, en la experiencia y en el corazón.

¿Qué es lo más gratificante de su proceso como gestor y docente? 

Lo más interesante y bonito es que he tenido alumnos, entre 10 y 12 añitos, que actualmente están trabajando como docentes en diferentes regionales del Sena, en universidades y bandas sinfónicas. Es muy gratificante saber que está sembrando esa semilla y que lo que uno les ha enseñado les ha servido.

¿Cómo ha sido ese trabajo musical con niños con capacidades especiales?

Todo empezó en el año de la reconstrucción —después del terremoto de 1999—, yo veía como estos niños nos miraban cuando tocábamos en el parque.  En una oportunidad una mamá me dijo que le enseñara a la niña de ella que tenía una limitación y vi que tenía muchas habilidades y se me ocurrió involucrarlos en el proceso de reconstrucción de tejido social y pasé la propuesta a una constructora que estaba apoyando a Calarcá; me aceptaron y empecé en el Instituto Fonoaudiológico de Calarcá, Infac, y luego pasé a la fundación Abrazar. Fue un éxito el programa, funcionó como un piloto porque ya todos los municipios del Quindío tienen ese programa para trabajar con este sector de la población.

¿Qué es Abrazando Corazones?

Siempre he tratado de trabajar a favor de la inclusión y hace una década nació el encuentro de  arte especial Abrazando Corazones, donde participan la gran mayoría de los municipios con sus agrupaciones, conformadas por personas con capacidades especiales, porque —al ver que todos los municipios tenían grupos— yo decidí convocarlos, reunirlos y mostrarles todo el talento de esta población.

Este año celebraremos la décima versión de este festival en el mes de octubre, retornando a la presencialidad y brindado ese espacio para seguir apostándole a lo bonito de la inclusión que es ver la aceptación de la sociedad.

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Ellos vienen con unos talentos impresionantes, con unas habilidades y talentos increíbles. Hay personas que dicen: “cómo toca el tambor si el niño no escucha”, interrogantes que terminan respondiéndose con un gran sentimiento de admiración. Además, en las familias hay más cercanía y unidad, porque aceptan que sus hijos sirven para mucho y entran en una normalidad. 

¿Cómo es la transformación de estos niños?

El cambio es increíble, por ejemplo ellos ingresan muy retraídos, llegan con temores, pero, gracias a los procesos musicales o dancísticos, van desarrollando su concentración, su tranquilidad.

¿Los adultos mayores también hacen parte de estos procesos?

Hace mucho tiempo empecé a trabajar con la población mayor del departamento, fui el primer instructor del grupo de danzas del Quindío hace más de 30 años.

Estos escenarios culturales y artísticos son importantes para ellos porque aporta a su calidad de vida, al uso del tiempo libre y al desempeño en familia y sociedad, pero lastimosamente no hay rubro de apoyo cultural para los abuelos; porque fueron artistas que permanecieron en el anonimato o bailarines, aunque son personas con una energía sorprendente.

¿Cuál es el objetivo fundamental de estos escenarios artísticos?

El objetivo mayor se deriva de una preocupación, estamos invadidos de música extranjera, están tomando el cerebro de los niños y lo están envolatando, porque solo quieren escuchar ritmos con composiciones de letras que son grotescas.

Vemos que, a través de enseñarles lo nuestro: la naturaleza, el amor, el respeto, los valores, se forman como personas diferentes. Yo siempre lo he dicho, si las personas que incursionan en estos grupos musicales no llegan a ser profesionales, al menos van a ser mejores personas, porque, a través de la música, se vuelven más atentos, saben escuchar, saben expresarse y aprecian mejor las cosas y la vida.
 


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