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El terremoto contado desde adentro: un reportaje sobre la tragedia de 1999

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lunes, 24 enero 2022

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Con esta pieza periodística de largo aliento, los autores recibieron el Premio Nacional de Reportaje y Crónica Periodística de la Universidad de Antioquia en el año 2000.

En 1999, Óscar Escamilla Valderrama colaboraba en el producto Café 7 días y ejercía como corresponsal para el diario El Tiempo. El día del terremoto fue atípico, se encontraba en Sevilla con otros periodistas —algo que no era frecuente en su rutina de trabajo—, y allí se enteró de que algo extraño había sucedido en Armenia. Nadie de los que estaban en la capital quindiana respondía al teléfono y las llamadas desde Bogotá no paraban. En el camino de regreso, encontraron la carretera solitaria y un par de cosas caídas, sin embargo, fue al entrar a la ciudad que vieron, en medio de las nubes de polvo que atrapaban el aire, al primer cuerpo, personas desconcertadas, edificios desplomados, casas descosidas, rotas en pedazos. Escucharon gritos: “dios bendito”, “virgen santísima”. Fue aterrador, ahí comprendieron la magnitud de la tragedia. 

Durante ese periodo, Escamilla señala que el caos atravesó por varios estadios: el impacto por el desastre que empeoró con la réplica, “los edificios que se caían, como el de la Asamblea departamental, sonaban como la caída de gigantes”. Luego vinieron las montañas de material y los rescatistas intentando sacar a la gente, el desespero de quienes rondaban la ciudad buscando a familiares o un lugar para pasar la noche, el desabastecimiento, el vandalismo, los saqueos. Incluso, llegó gente en automóviles a hacerse fotos frente a las ruinas, en un “turismo del horror”. Fueron días de muchísimo calor, las calles olían a descompuesto, al final de esa semana “cayó un aguacero fortísimo que llegó como a limpiarlo todo”. 

Escamilla se quedó una semana más para cubrir la noticia que transmitía a Bogotá desde su computador conectado vía telefónica, desde una oficina de los bajos de la Cámara de Comercio de Armenia y del Quindío. Regresó a Bogotá y días después, sentados en la sala de redacción del periódico le contó a José Luis Novoa Santacruz, su mejor amigo, una parte de lo que había vivido durante esos días. Novoa le pidió que no le contara más, eso era un libro, debían escribir esa historia.

Los autores

Óscar Escamilla Valderrama es periodista y antropólogo. Ejerce el periodismo desde 1997. Empezó en El Tiempo como corresponsal en Manizales y Armenia. Se ha desempeñado como periodista investigador y docente. En la actualidad trabaja como corresponsal en Colombia de la Agencia Italiana de Noticias, Ansa.  

José Luis Novoa Santacruz es periodista y gestor de proyectos e iniciativas comunicativas, editoriales y pedagógicas. Ha estado vinculado con la FNPI. Fue director ejecutivo de Consejo de Redacción y periodista del diario El Tiempo. Fue corresponsal por varios años en Colombia de la Agencia Italiana de Noticias, Ansa.  Escamilla y Novoa escribieron el libro La Tragedia Continúa. También obtuvieron el Premio Cronistas del Siglo XXI de la Revista Gatopardo.

El libro

Durante febrero, justo después del terremoto, El Tiempo les permitió —a Escamilla y Novoa— dedicarse por completo durante un mes, a la investigación y escritura del libro: “Fue un trabajo de día y noche”. El primero de los periodistas se encargó de la reportería y una primera escritura de los textos y el segundo, estructuraba y editada.

Si bien, para Escamilla el libro fue un tipo de terapia, no pretendía que este se limitara solo a la anécdota o al recuerdo, por ello, la reportería se encaminó hacia diversas fuentes que les permitieron a los periodistas ver la situación desde una mirada global. Así, entre otras cosas, entendieron que hubiese sido posible evitar o mitigar en buena medida el impacto devastador del terremoto si las normas de sismorresistencia y la planeación urbana hubiesen cumplido con las normas vigentes

Aunque la reportería fue sumamente compleja, académicos y especialistas en construcción señalaron un dato: en la mayoría de las construcciones afectadas se repetía el mismo nombre del constructor, un político. A este hallazgo se sumó la ineficiencia burocrática que entorpeció aún más los procesos de ayudas que llegaron para las víctimas —se denunciaron en el libro a los responsables—. Escamilla añade: “El alcalde y el gobernador parecían 2 solistas intentando tocar una pieza musical, cada uno con instrumentos extraños y con partituras distintas. Nunca se ponían de acuerdo. No estaban preparados para gobernar. El Quindío ha vivido una secuencia de lo mismo. Ha vuelto el paraíso casi un infierno. La tragedia de este país siempre ha tenido apellido político”.

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