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Perspectivas ecológicas de Colombia y del Quindío

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sábado, 15 octubre 2022

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El Jardín Botánico del Quindío recibió la medalla al Mérito Ambiental por parte de la Sociedad de Mejoras Públicas.

Desde hace varios decenios Colombia ha sido reconocida como uno de los diez primeros países de la megadiversidad biológica del planeta. En casi todos los grupos bióticos estamos en los cinco primeros lugares en número de especies, y ocupamos, por ejemplo, el primer puesto en aves, mariposas y murciélagos, para mencionar tan solo buena parte de la fauna silvestre que vuela. 

Las razones de estas características excepcionales y únicas las han explicado los científicos por la localización del país en la zona intertropical del planeta, la pertenencia simultánea a las regiones Caribe, Amazónica, Andina y Pacífica, a su pasado geológico, a su régimen climático y a la presencia relativamente reciente de seres humanos en su territorio.

En el artículo Distribución de la riqueza de la biodiversidad en los trópicos, publicado en la revista Avance de las Ciencias, por seis investigadores, comandados por el doctor Peter Raven, presidente emérito del Jardín Botánico de Missouri, se hace un análisis comparativo de la diversidad biológica que existe en las zonas tropicales de América, África y Asia, los hábitats biológicamente más ricos de la tierra. En lo que concierne a nosotros, es decir Latinoamérica (desde el sur de México hasta la Argentina, incluidas las Indias occidentales) con algo más de 19 millones de kilómetros cuadrados, tenemos casi 120.000 especies conocidas de plantas. En cambio, el África tropical, en el sur del Sahara (incluida Madagascar) con algo más de 22 millones de kilómetros cuadrados, no llega a 57.000 especies; en otras palabras, con mayor extensión de territorio que nosotros no tiene ni la mitad de la diversidad florística nuestra. Si se excluyera Madagascar, el África tropical quedaría con 30.000 especies de plantas, que es la misma cantidad que tiene Colombia, que es 17 veces más pequeña. Esto impresiona frente a una biota tan célebre como la africana, muy inferior a la nuestra; nuestros niños hablan de jirafas y baobabs, pero no de paujiles y chachafrutos.

Esta diversidad biológica contrasta brutalmente con la devastación ecológica que está ocurriendo en el país desde hace largo tiempo: los últimos reportes indican que cada  año se talan cerca de 175.000 hectáreas de bosques silvestres, lo que equivale a la desaparición de una hectárea de selva nativa cada tres minutos, día y noche. Es una dramática catástrofe ecológica de enormes dimensiones, no sólo en términos de disminución de la diversidad en la flora nativa, sino por las alteraciones ecosistémicas en los hábitats de la fauna silvestre, por las perturbaciones ecológicas que inciden sobre los suelos, sobre los ciclos del agua y sobre las condiciones climáticas locales y por la eliminación de los paisajes silvestres, para no mencionar la pérdida de oportunidades en términos socioecológicos y socioeconómicos.

Hace algunos años, el profesor Thomas van der Hammen, eminente ecólogo oriundo de Países Bajos, se fue  a pie  en expedición desde Ibagué hasta Buenaventura, y como resultado de lo que vio y encontró, publicó una serie de libros que causan perplejidad dado que la ignorancia colectiva sobre el país es abismal. Una de las observaciones más interesantes que hizo el profesor hacía relación al fenómeno conforme al cual las aguas del océano Pacífico se evaporaban por acción del sol, penetraban en forma de nubes al territorio continental, cruzaban la cordillera Occidental, que no es muy alta, se topaban con la cordillera Andes de Quindío (que algunos llaman impropiamente cordillera Central) y se precipitaban sobre estas tierras fértiles. Para el doctor Van der Hammen la diferencia de precipitación pluvial en lo que hoy es el Tolima en relación con el Quindío -aquí es más del doble que allá- era la razón principal de la mayor diversidad biológica en esta vertiente occidental que en la oriental, no obstante que compartían la misma historia geológica y similares procesos de formación de suelos a partir de cenizas volcánicas. Hay muchas más especies biológicas aquí que allá. ¿Qué tanto se sabe de esto?

En ese contexto, el departamento del Quindío es una región asombrosamente biodiversa, casi totalmente desconocida: con sólo 1.931 kilómetros cuadrados, que representan el 0.16% del territorio continental de Colombia, alberga una variedad de especies muy sorprendente de flora, fauna, hongos y otros organismos biológicos. 

Se pueden mencionar unos pocos ejemplos para ilustrar este asunto:

– El primer país en diversidad de aves del mundo es Colombia, con 1.954 especies; en el Quindío los ornitólogos han identificado 591; esto significa que en un espacio que no llega al 1% del país, está presente más del 30% de las especies nativas de la avifauna. ¿Cuántas se conocen?

– Con 30.000 especies de plantas, Colombia ocupa el segundo lugar en el planeta en diversidad de flora, después de Brasil; el cálculo de los botánicos es que 3.000 especies están presentes en lo que queda de los bosques nativos del Quindío. En resumen, en menos del 1% del país, ocurre el 10% de las especies de la flora. ¿Habrá alguien que las distinga?

– Con 265 especies, Colombia ocupa el tercer lugar en el planeta en diversidad de palmas, después de Malasia y Brasil; en el Quindío los expertos han encontrado 23 especies de palmas nativas, que muy pocas, poquísimas, personas distinguen. ¿Por qué nadie las conoce? ¿Por qué?
 

Torpeza del sistema educativo

En muchísimos países del mundo se les enseña a los niños su entorno natural, la biología y la ecología locales. En Colombia, el país megadiverso, no. Alguien dijo que la primera ley de la ecología es saber uno dónde está parado. En Colombia y en el Quindío sólo una minoría está enterada. Si el sistema educativo incluyera una cátedra de Socioecología del Quindío, como lo ha propuesto el Jardín botánico del Quindío, se incrementaría asombrosamente las posibilidades de mejoramiento ecológico y económico de la región. El mismo esquema se podría replicar para toda Colombia. El proyecto educativo está elaborado y solo requiere financiación para producir los materiales. 

El principio es simple: en las relaciones personales, uno primero conoce, después quiere y luego protege. Con la naturaleza es igual. Si el propósito es que los colombianos protejan la naturaleza de uno de los países más diversos biológica y ecológicamente del planeta, la gente tiene que conocerla primero. Y para conocerla, el sistema educativo debe facilitar las cosas. Están todos invitados a este propósito nacional. 

La educación conduce al conocimiento; el conocimiento conduce al amor; y el amor conduce a la preservación de la vida.


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