¿Es usted triscadeicafóbico o hexakosioihexekontahexafóbico?
Llegó el martes 13. Y, generalmente, en una gran proporción de nuestros congéneres, ese número —y ese día— representan mala suerte o son la simbolización de la negatividad, además de despertar miedo y aversión. Por eso, muchos seres humanos sufren de triscaideicafobia, el miedo al número 13. Y si se siente repulsión al martes 13, ello se conoce como trezidavomartiofobia. En esa misma línea de terror, si no se desea el martes con esa cifra premonitoria, otros —y tal vez más agorero que el martes— le tienen pavor a que esa fecha coincida con otro día de la semana. Esa animosidad frente al viernes 13 se llama parascevedecatriafobia.
Otro número es, igualmente, en el medio popular, motivo de antipatía y repulsión. Y más terrorífico aún, pues encarna pánico. Es el 666, vinculado al anticristo y a las prácticas malignas.
El origen de tales fobias se remonta a la antigüedad, se asocia con hechos fortuitos, se vincula con fatales o singulares coincidencias y hasta se relaciona con hechos bíblicos.
En lo que concierne al 13, no obstante, desde hace muchos años —y al contrario de lo que se pregona sobre la equivocadamente considerada "malévola cifra"— en el municipio quindiano de Circasia, el número 13 se convirtió en vehículo de favorabilidad.
La historia transcurre en el cementerio Los Ángeles, el camposanto católico. Y por más que se rechace lo que muchos consideran superstición, al interior de este espacio funerario se ha instaurado un curioso fenómeno. Los antropólogos lo llamamos el culto al fetiche funerario. Y no es sólo exclusivo de este lugar, la última morada de los seres queridos. En todos los países del mundo se dan dichas manifestaciones. Pero la de Circasia es bien particular.
Todo comenzó hace muchos años cuando alguien avistó una cifra en la más sencilla tumba del sector oriental del cementerio, casi lindando con el odiado muladar, nombre dado al extramuro donde se sepultaban antaño a los suicidas, renegados, infieles o concubinos. Calificativo, este último, que muchos sacerdotes condenaban por haberse negado los matrimoniados a casarse por el rito católico.
Al otearse desde la distancia, el curioso que la observó vio una sencilla y descuidada sepultura. Atónito se tornó al ver la coincidencia de las cifras del deceso de quien allí estaba enterrada. Yacía su humanidad, inerte, desde el 13 de marzo de 1933. Toda una sorpresa numérica para el sorprendido visitante. Vio, entonces, allí la oportunidad para crear el mito. Solo faltaba el nombre, el título y lo demás vendría por añadidura creyente.
Desde entonces, a la tradición de solicitar favores se le conoce como la tumba de la monjita Bernardina, o la hermanita o santa, como muchos ya la llaman.
A Bernardina Martínez —el nombre que aparece en la inscripción pequeña de mármol— nadie le pidió permiso para suspender su descanso. Porque todos los días aparecen números en la superficie, siempre blanqueada, del humilde monumento. Aún más, se le llama monja, sin serlo, para añadir un cierto halo de santidad o venerabilidad. La realidad es que se convirtió en regular sitio de visita por parte de atribulados peticionarios que desean que se cumplan los favores en la línea de la suerte o de la satisfacción de necesidades básicas.
Como ejemplo de su supuesta efectividad —precedida siempre por la que hemos llamado una fe milagrera— a Bernardina se le pide todo lo que supera el límite terrenal.
Así lo comprobó una estudiante de Psicología, quien hizo su trabajo de grado analizando tal fenómeno antropológico, desde la línea metodológica de la psicología de la fe.
Cuando visitó el lugar, mediante la observación participante, durante varios días, mirando detenidamente la actitud piadosa de los allí presentes, consignó en su diario de campo varias leyendas que escribieron los creyentes en esos días del año 2010. Dos le llamaron la atención:
"… te quiero pedir que me des un padrastro rico…" (registrada el 19 de marzo).
"… Bernardina, le pido que me ayude en el trabajo de la gobernación, que ese puesto sea mío. Yo te lo pido. Yo sé que tú lo puedes. Hermanita Bernardina, le prometo que tu santa bóveda se te mantendrá arreglada. Es una promesa que te hago, Bernardina…" (registrada el 2 de septiembre).
Hoy, la tumba de Bernardina luce siempre blanquecina, repleta de flores y adornada con pequeñas imágenes religiosas. Solo se interrumpe la limpieza de su superficie con los números y las peticiones escritas en el lomo del pequeño mausoleo, el cual se blanquea regularmente, para que inspire lozanía y esperanza.
Todo por el número 13, del mes 3 del año 1933, cuando esa mujer (de quien no se ha encontrado mayor información histórica) se fue de este mundo. Solo faltaría que aquella sinfonía de cifras se complemente con otra coincidencia: que el día de su muerte haya sido un miércoles, para muchos el tercero de la semana.
El otro caso de fobia desmedida hacia el 666 podría ser también de suerte para muchos. Por eso habrá quienes prueben con las apuestas. Les confieso que yo tampoco me resistí. Y por eso compré el 23 de marzo de 2023 una fracción de lotería, la 6666 de la serie 9 (el 6 invertido) y de la fracción 3. Para completar, la suma de los cuatro números del sorteo de ese momento daba como resultado el 19. Y hay más: el valor de la fracción era de 3 mil pesos y el del billete, 9 mil.
Pero no acerté. Solo atiné a probar esa magia de los números (frente al 3, el 6 y el 9) que rondan en la mente de muchos en obsesión trepidante. O que es repulsiva para muchos, como ocurre con los números 13 y 666.
Claro está, conservaré tal fracción de lotería como uno de mis recuerdos, tal cual un fetiche de la bien o malograda suerte. La guardo para comprobar que ello es consustancial con la actitud de los seres humanos, ya como producto de una fe irresistible (así no se cumplan las peticiones hechas a Bernardina) o por el reto de la manía numérica que se enfrenta al triple 6.
Después de las dos experiencias narrativas, otra vez, mi pregunta titular: "¿Es usted triscadeicafóbico o hexakosioihexekontahexafóbico?"
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