Carlos Gardel murió en un trágico accidente aéreo en Medellín hace 90 años. A su leyenda se suman versiones ocultas de la tragedia, un fervoroso admirador en Armenia y un cantante callejero que perpetúa su memoria.
Gardel también vive en el recuerdo de un cantante callejero que entonaba tangos por unas monedas en
Armenia.
La figura de ‘Mi Rey’, con terno, sombrero y discos, fue emblema del gardelismo en el Quindío.
Al cumplirse otro aniversario de la muerte de Carlos Gardel, será recordado el ‘zorzal criollo’ en todos los rincones del mundo. Y se volverán a mencionar los pormenores del absurdo accidente de aviación en una pista de aterrizaje, aquel fatídico día, cuando murió el más importante exponente del tango. Del cual no se olvidará su legado, para la música popular del continente y la nación.
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Gardel había nacido en Francia en 1890 y varios países se disputan su origen. En torno a su vida – y a su muerte – se han tejido muchas leyendas, las que han alimentado el imaginario de una figura que sigue viva en el alma y el corazón de muchos tangueros de Medellín y el Eje Cafetero. Seguramente, en la última semana del sexto mes del año, se celebrarán, con muchos actos, reuniones y tertulias, los 90 años de su fallecimiento.

Se dan dos versiones sobre el accidente de aviación, en el contexto de una posible falla humana o en la ocurrencia de vientos repentinos que pudieron arrastrar a la aeronave, hasta chocar con otro avión, lo que ocurrió después del abordaje. Pero otro ingrediente fatídico salió a la luz hace 20 años, añadiendo un aspecto desconocido a las causas de la tragedia. Encontré tal mención en una sencilla revista, publicada en Manizales, cuando su tiraje se dedicaba a rendir homenaje al “morocho del abasto”, uno de los cariñosos apodos que tenía Gardel. En dicha publicación, con motivo de la conmemoración de los 70 años de su muerte, ese escrito sentido del periodista Orlando Cadavid Correa, ya fallecido, me llamó la atención, bajo el título de ‘Una tragedia ignorada’:
“Preludio del desastre. Setenta años después trasciende que andaba en mala racha el pionero de la aviación colombiana Ernesto Samper Mendoza, uno de los pilotos causantes de la catástrofe ocurrida a las 3.15 de la tarde de aquel remoto lunes 24 de junio de 1935, en el aeródromo Las Playas ,de Medellín, en la que pereció carbonizado Carlos Gardel con otra diecisiete personas.
En efecto, un día antes del desastre gardeliano, en la única pista del modesto terminal aéreo de la bella villa, el aviador causó la muerte al arrollar con su aeronave a una pequeña de un barrio vecino que atravesó imprudentemente el campo de aviación, en el momento del carreteo. El triste episodio llenó de congoja a Samper, quien no imaginó que 24 horas después moriría en el mismo escenario, en una de las peores tragedias de nuestra incipiente aviación comercial.

Esta pequeña historia parece salida del repertorio de un mitómano, pero es rigurosamente cierta. Permaneció guardada durante siete décadas – sin que mediara recomendación de nadie en particular – en la memoria de archivo del veterano periodista antioqueño Gildardo García Monsalve, quien la cedió a ‘Contraplano’. Esta leyenda viva del diarismo medellinense obtuvo la noticia en el Juzgado segundo superior, que practicó la diligencia legal del levantamiento del cadáver de la niña, y proyectaba publicarla en la edición del lunes 24 de junio del 35, en el vespertino La Defensa pero el dantesco choque de aviones, en la tierra, desplazó todas las noticias, incluida la de la Infante, cuyo trágico final pudo haber incidido de alguna manera en el estado de ánimo del piloto y originado la desconcentración que provocó la hecatombe, ocurrida hace catorce lustros, que por estos días han recordado los admiradores de Gardel en todo el orbe. ‘Contraplano’ .
LA HISTORIA DE ‘MI REY’:
La leyenda de Gardel se mantiene en todas partes a medida que pasan los años. Y ese 24 de junio es el día de su mayor recuerdo. Como la mantuvo en Armenia un curioso personaje que, en la puerta de su casita, frente al parque Valencia, levantaba sagradamente un “altar” que contenía foto, discos de larga duración, objetos musicales y otros fetiches que recordaban al famoso intérprete franco – uruguayo – argentino. El nombre del personaje, que vivió en Armenia, Jorge Celis Devis, más conocido como ‘Mi Rey’. Se cuenta que ese apodo se generó porque, en su relación con los amigos que encontraba en el camino, en acento muy bogotano, él se dirigía efusivamente con el saludo de “cómo está, mi rey”. Aunque otros sostienen que don Jorge se sentía muy cómodo parodiando a Gardel en su manera de vestir, pero también en su modo de saludar, por aquella alusión al otro título de Gardel como el “rey del tango”. La siguiente semblanza, publicada en la contraportada de una recordada revista de la capital del Quindío, nos trae a la memoria a ese singular caballero. A quien, por fortuna, yo también conocí y traté en los años posteriores al terremoto de 1999:
” Mientras Roberto ( se refiere al sobador del parque Valencia) “soba”, se escucha el gorgeo de las aves, las campanas del santuario y el ruido de los automotores. Y a pocos pasos ‘Mi Rey’, hombre de buen vestir, con su terno de paño inglés y sombrero al estilo Gardel, zapatos de charol y fina corbata. A diario, al pasar frente a la calle 19 con carrera 20 vemos un gran cuadro con la foto de Carlos Gardel y a continuación un parlante del cual salen a viva voz los inolvidables tangos del zorzal criollo. Allí presente se encuentra ‘Mi Rey’, quien dada su amabilidad muy caracterizada en su personalidad, nos habla de su vida y amor por todo lo que oliera al cantor de los abastos”.

Así, tal cual lo describe en la anterior mención el periodista Miguel Lesmes Gómez, era don Jorge Celis.
Lo abordé varias veces en su oficina de ocasión, una cafetería situada en la esquina de la carrera 19
con calle 19. Llegaba a las 9 de la mañana en lento paso y se sentaba en una de las sillas. A su mesa
nos acercábamos todos a charlar con quien fuera el mayor admirador de Gardel en Armenia. Resaltaba
su porte elegante, del cual quedaron las fotos que me permitió le tomara, pues era inevitable no obturar
la cámara, para conservar la imagen de un cachaco, en medio del rutinario y hasta mundano escenario
callejero.
Me enseñó y confió la guarda de dos fotos donde se ve a su padre, de porte señorial como él, a su hermano, su madre y otros familiares. Su progenitor era un avezado relojero oriundo de Manizales, ciudad donde ‘Mi Rey’ nació en 1927. Se radicaron años después en Armenia, pero desde muy pequeño escuchó de labios de su padre el gran aprecio por el tango y por Gardel. Me contó que a sus siete años, cuando murió su ídolo, ese recuerdo triste rondó en su infancia, signado por el llanto y la confusión de todos, ante la pérdida del cantante. Desde entonces el tango y el recuerdo de Gardel se convirtieron en la mayor consigna de su existencia.
En medio de mis charlas con don Jorge, rememoraba a otros personajes quindianos con quienes compartió en Armenia su gusto por el tango. Entre ellos, a Baudilio Montoya, Rubén Márquez y Jorge Eliécer Orozco. De este último recuerda su poderosa voz en las noches entretenidas de la ciudad, “entonando las canciones de Olimpo Cárdenas y Tito Cortés”.
Fue don Jorge Celis un personaje “vivificante del pasado gardeliano”, como lo calificara en su escrito de La Crónica del Quindío una de mis estudiantes, en la entrevista que ella le hiciera en esa oficina callejera del centro de la ciudad. Así lo menciona en uno sus apartes la hoy sicóloga María Camila Echeverry Garcés, quien quedó prendada de su locuacidad:
“Don Jorge Celis, un retrato intacto de aquellas épocas… Desde contemplar unas peculiares mancuernas, hasta enternecerme con sus anécdotas e historias, mientras que para otros significa revivir la existencia de Gardel y conmemorar a tal ícono… Disfrutar de un café no depende de disfrutar de un buena compañía. Disfrutar de una buena compañía no depende de un buen café. Pero don Jorge, una buena compañía, más un buen café, hicieron una tarde perfecta y un instante memorable, anhelamos se repita… Podemos decir que aquel local de Armenia, donde don Jorge asienta su figura no es más el punto comercial, ahora una cafetería, mañana otro destino. En el hogar oficina del “Abuelo”, de “Don Gardel”, de “Mi Rey”, como todos le llaman cariñosamente, es definitivamente el local de su imagen. Allá en el centro de Armenia”.
Tiempo después de aquellos encuentros con don Jorge, en 2020, la pandemia hizo sus estragos. También minó la humanidad del caballero inolvidable, de buen vestir y talante galán. Varias veces pasé por la cafetería y ya no se veía a don Jorge. Empecé a extrañar su garbo. En 2022 me contaron que había perecido en soledad, otra víctima del Covid-19. Con él se fue la historia tanguera bien especial de Armenia. Sus fotos nos recordarán al cuyabro que enalteció la memoria de Gardel hasta el último suspiro.
“GARDEL”, EL CALLEJERO:
Mientras escribo estas notas finales, se vino a la memoria otro personaje. “Gardel”, como lo llamaron en las calles de Armenia, ya no era el referente de la elegancia que inspiraba ‘Mi Rey’. Al contrario, su aspecto humilde, andrajoso y con luenga y descuidada barba, llamaba la atención de conductores y transeúntes que llegaban al semáforo de la calle 21 con carrera 14 de Armenia. Allí lo veíamos con la mano estirada y sus largas uñas, esperando la moneda de la retribución musical. Porque, segundos antes, había entonado un tango o una canción antigua, mientras se acariciaba la barba. Del modesto “Gardel”, que pedía monedas en las calles, con sus pies descalzos, pantalón arremangado y que se alejaba con caminar rápido hacia algún sitio – como esquivando a quien pretendiera arrimarse, también se tejieron leyendas urbanas. Que era propietario de casas, que su apariencia solo estaba condicionada a la mendicidad. Mientras su mote y sus canciones – por cierto interpretadas con el tono ronco de tanguero bohemio – no se nos olvidarán. Fue otro de los juglares de la vida callejera del disparate en Armenia.
El relato fatídico del mito urbano gardeliano de Medellín, el día anterior al desastre. El porte de un cuyabro, elegante, relojero como su padre, y gardeliano. Y la figura de un “Gardel callejero”. Tres referentes de una leyenda, la del rey del tango, que todas las ciudades conservan en sus reminiscencias. En Armenia, por supuesto, no podían faltar para recordar al ídolo.
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