«El Ejército es una móvil semblanza del pasado, una fuerte vibración de fe en el presente, una esperanza de días en que Colombia habrá de reencontrarse a sí misma, en un silencio de fusiles que aproxime los espíritus. Días en que el tricolor desgarrado vuelva a flotar sobre la paz reconquistada». —Gr. Álvaro Valencia Tovar
Soldados sin coraza
La noticia del triunfo en Boyacá, el 7 de agosto de 1819, precipitó la huida del virrey Sámano. El Libertador, Simón Bolívar, acompañado por parte de sus tropas, ingresó a Santafé en la tarde del 10 de agosto. Al día siguiente, llegó otro contingente del Ejército y, el 12, hicieron su entrada los batallones Cazadores de Vanguardia y Rifles, precedidos por bandas de músicos que entonaban dos contradanzas: La Vencedora y La Libertadora.
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No obstante, fue solo hasta el 18 de septiembre —por iniciativa del Gobierno de la Provincia de Cundinamarca— que se llevaron a cabo los actos oficiales en homenaje a las tropas libertadoras. Aquel día, Bolívar, sus oficiales y un puñado de soldados sin coraza desfilaron desde la Plazuela de San Diego (donde hoy se levanta el Hotel Tequendama) hasta la Plaza Mayor (actual Plaza de Bolívar).
En una de las ceremonias programadas, una fina corona de laurel fue colocada sobre las sienes del Libertador. Él repitió el gesto con los generales Anzoátegui y Santander, y luego la arrojó sobre las tropas del Batallón Rifles, pronunciando estas palabras: “Son estos soldados libertadores quienes merecen estos laureles”. Nada más cierto. Fueron humildes patriotas —de quimbas, alpargatas o pies descalzos— los verdaderos artífices de la victoria. Pero, una vez silenciadas las armas y envainadas las espadas, sus nombres fueron olvidados, y con ellos, sus hazañas.
Tal vez las historias anónimas protagonizadas por indígenas, pardos, negros, criollos, esclavos y mestizos, o por las ‘Juanas’, las ‘chisperas’ y las ‘vivanderas’ —mujeres del pueblo, partícipes de la gesta independentista— no tengan la resonancia que se ha dado a otros personajes. De ellos poco o nada se sabe: ni sus sacrificios, ni las penalidades sufridas, ni las privaciones incontables. Mucho menos su desprendimiento y entrega a la causa de la libertad, lejos de prebendas, galardones, riquezas o tierras para heredar.
Pascasio, Anatolio, Juan, Pedro, Casilda… son algunos de los nombres de la patria en las guerras de independencia. Hijos de una tierra que apenas comenzaba su tránsito hacia la república, por un camino abonado con la sangre de los caídos y heridos en combate. Hoy, como entonces, sus nombres solo los conoce Dios.
La patria “insuficiente”
A lo largo del tiempo, han sido, en su mayoría, los hijos del campo y de los barrios populares quienes, con contadas excepciones, han servido bajo banderas. Mientras en muchas naciones el servicio militar admite pocas excepciones, en Colombia se recurre a todo tipo de influencias para que los hijos de ciertos sectores eludan su cumplimiento.
En esa línea, vale la pena recordar la respuesta del general Fernando Landazábal Reyes a una pregunta del historiador Medófilo Medina, en la última entrevista que concedió poco antes de ser asesinado, en 1998:
—¿Quiénes integran el Ejército? —preguntó Medina. Y el general respondió: “[…] Lo que no hay en el Ejército es la clase política alta. Distinto a Inglaterra, donde el primero que se incorpora a las filas es el hijo de la Reina. En Colombia, la clase política no está integrada con el Ejército. No consideran la educación de sus hijos en sus filas, pero sí afirman que el Ejército tiene la obligación de cuidarlos. En los Estados Unidos, por ofrecer un ejemplo, el presidente Kennedy fue oficial de la Armada y héroe de guerra. Aquí no. El requisito para ocupar un cargo es no haber prestado el servicio militar. Eso hay que cambiarlo.”
Así las cosas, quedan para la reflexión las palabras de un destacado militar colombiano: “[…] El exceso de patrioterismo es frecuente en quienes, habiendo evadido ir al cuartel, invocan la guerra para librar batallas… con hijos ajenos.”

Revista militar – Estadio de la Salle – Bogotá, 7 de agosto de 1928.
Un ejército de confianza
En mayo de 1975, desde los pasillos oficiales se orquestó una versión según la cual el comandante del Ejército, general Álvaro Valencia Tovar, estaría fraguando un «golpe de Estado». Detrás de esta maniobra se escondían crecientes tensiones que venían deteriorando la relación entre el presidente Alfonso López Michelsen y el alto oficial. Primero, por la férrea oposición de Valencia Tovar a permitir que se «oxigenara» al ELN, luego de que el grupo fuera diezmado durante la exitosa Operación Anorí, conducida por el Ejército entre agosto y octubre de 1973. Luego, por los traslados inconsultos de oficiales clave, como el brigadier general Gabriel Puyana García.
Tras su retiro del servicio activo por decisión del gobierno, el general Álvaro Valencia Tovar concedió una entrevista a la periodista Olga Duque, publicada en El Tiempo el 8 de junio de 1975, bajo el elocuente título: Soy rebelde, pero no golpista. Entre líneas, emerge una respuesta serena y profesional a una pregunta inquietante que vale la pena citar:
—General, ¿qué diferencia encuentra usted entre la confianza del país en el Ejército y un Ejército de confianza?
Valencia, hombre culto y lector consumado, evocó un concepto formulado por don Tomás Rueda Vargas en su obra El Ejército Nacional (1944), y respondió:
—Descartando el juego de palabras que parece configurarse en la pregunta, pienso que la confianza del país en el Ejército implica una aceptación generalizada de que la fuerza armada entiende su papel y lo cumple de manera acorde con la voluntad nacional, que es, en nuestro caso, la de respetar y hacer respetar un orden constitucional y cuanto de este se desprende.
El «Ejército de confianza» da la impresión de ser una fuerza incondicional, puesta al servicio de intereses particulares que, de una u otra forma, no obedecen al sentir colectivo de un pueblo. Confiar en el Ejército supone conocer su pensamiento, su filosofía, sus orientaciones fundamentales. Tener un Ejército de confianza es, pienso yo, disponer de una guardia pretoriana dispuesta a servir propósitos ajenos al interés nacional.
Adenda. Que estas letras sean un homenaje al Ejército Nacional y a los héroes ignorados de todos los tiempos: soldados provenientes de todos los rincones de la geografía colombiana, caídos en combate o afectados en su integridad física o emocional. A esos hombres y mujeres cuya existencia silenciosa no inmortaliza el bronce… Colombia, agradecida.
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