El 12 de febrero de 2009, en poco más de una hora, las llamas consumieron uno de los referentes arquitectónicos y espirituales de Circasia. Hoy, su ausencia sigue habitando la memoria colectiva de un pueblo que no olvida su historia.
El 12 de febrero de 2009, en poco más de una hora, las llamas consumieron uno de los referentes arquitectónicos y espirituales de Circasia. Hoy, su ausencia sigue habitando la memoria colectiva de un pueblo que no olvida su historia.
Eran las 7:30 de la mañana de aquel 12 de febrero del año 2009, cuando desde la casa de mis padres en Filandia —en un paraje contiguo al Mirador Colina Iluminada— observábamos una columna de humo que se levantaba hacia el oriente. Entendimos que aquello no era normal cuando avistamos, segundos después, una llamarada en la explanada correspondiente al municipio de Circasia.
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Muy presto me dirigí al centro del pueblo y tomé el transporte intermunicipal. Cuando llegué, todo era confusión y llanto. Me encontré con algunos alumnos de las universidades donde yo tenía contacto docente y solo veía en sus rostros la tristeza plasmada: exclamación e impotencia. El incendio estaba llegando a su fin y nos parecía increíble que en tan poco tiempo se esfumara una preciosura de arquitectura.
Solo se veían las ruinas humeantes de un monumento que había estado en la presencia identitaria de todos los circasianos. Ahora se esfumaba y se convertía en memoria.
Incluso estaba en las entrañas más profundas de mis reminiscencias, porque allí habían transcurrido momentos especiales, como mi matrimonio y las visitas a su nave interior, observación constante que hacía yo con frecuencia en compañía de los visitantes de otras regiones del país que llegaban al Quindío.
En la ruta de conocimiento de este departamento no podía faltar el templo de Circasia; era una visita obligada para mirar la marca del tiempo, junto con el otro ícono del poblado, llamado el Cementerio Libre.
Resaltaba su hermoso y sencillo frontis, sus emblemas sagrados y las ornamentaciones religiosas de sus paredes, en especial unos retablos de madera que mostraban el paso del Viacrucis.
El templo Nuestra Señora de las Mercedes de Circasia solo tardó un poco más de una hora en desaparecer. Las llamas consumían las maderas relucientes y retorcían las láminas que lo cubrían en su parte exterior. Había sido levantado, como todos los monumentos religiosos de la época de la colonización, con mucho amor y pericia por sus ebanistas, sus albañiles y sus obreros de ocasión.
La desaparición de un templo religioso, en cualquier lugar del planeta, es equivalente al dolor que produce la falta de un ser querido. Su recuerdo es todavía perenne en la vivencia de los habitantes, y especialmente en un municipio como Circasia, donde el templo era una de las edificaciones más apreciadas, un referente de la historia. Había sido levantado totalmente en madera, traída de sus bosques cercanos. La Curia, en los años 20, había importado lámina gruesa de cinc para forrar la parte exterior y así proteger de la humedad el fino maderamen.
Durante mucho tiempo quedará en el imaginario esa sencilla construcción y, en el imaginario colectivo, estará siempre presente el templo. Su evocación persistirá porque era el vehículo que nos llevaba al origen de los primeros y tenaces fundadores de un terruño.
De momento, el templo de Circasia nos hará recordar los constructos literarios que se han gestado alrededor de las materializaciones simbólicas de la cultura. Como ocurrió con la escritura de la famosa y bellísima “Oración del Incendio”, pronunciada por el doctor Aquilino Villegas el 29 de abril de 1929 en Manizales, reproducida muchas veces. Porque ella no sumió en el olvido el incendio de la catedral de la capital de Caldas, en el año 1926.
Un incendio destruye lo físico, pero reaviva el fulgor de la memoria. Y eso ocurrirá con el templo de Circasia, el principal símbolo de los habitantes de un pueblo pujante que hace honor a su historia de tolerancia religiosa.

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