Todos los días es más difícil encontrar, en los recorridos callejeros de ciudades y de municipios, el oficio del zapatero. Es ese hombre curtido, y generalmente anciano, que se dedica a reparar el calzado usado de la gente.
Así se refiere el poeta Carlos Castro Saavedra a la zapatería, y a esos personajes que muy generosamente permanecen sentados en pequeños locales o en el espacio público. Están allí, siempre, clavando pequeñas puntillas, rebanando tacones y pegando suelas de los zapatos ajenos:
“… Los zapateros pertenecen al mundo de la más vieja artesanía. Forman una familia numerosa e incansable. Hay entre ellos un remoto parentesco que no se rompe con el paso de los días, ni con las fronteras que se interponen entre los países. Están por encima de las fronteras. Parecen unidos, a través de bosques y mares, por la piola encerada que utilizan para coser la suela de los zapatos….
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... Las calles donde hay un taller de zapatería, sobre todo las de los pueblos, tienen un encanto especial, tienen vida propia, tienen una extraña fuerza congregante. En las zapaterías hay siempre picaresca, conspiraciones ingenuas, imágenes populares, poesía local. Mientras el zapatero hace su oficio, con una puntilla entre sus labios apretados, los visitantes, casi siempre vecinos sin trabajo, clientes que esperan, simplemente, desinflan falsos personajes, pinchándolos con una ironía, relatan historias de aparecidos y fantasmas, o ponen pedacitos de dinamita cerca de las columnas que sostienen el mundo”
Leyendo estos párrafos, de una publicación interesante titulada “Elogio de los oficios”, que contienen bellas reseñas sobre diferentes profesiones humildes, en la hermosa prosa del poeta Carlos Castro Saavedra (Servicio Nacional de Aprendizaje SENA, Editorial Bedout, Medellín, 1965), y con fotografías de Pablo Guerrero, piensa uno que lo allí descrito ya son imágenes y relatos de la memoria.
Pero no fue así.
Descendiendo de la buseta que conduce a los pasajeros desde la capital del Quindío hasta el municipio de Calarcá, la primera escena que uno encuentra es ensoñadora: un zapatero, sentado en su banquito, en el andén de la cuadra opuesta a la plaza de mercado. Todavía se dedica al oficio legendario. Se llama don Alejandro Arias.
Recuerdo que, en el año 2007, cuando realizaba una indagación sobre la suerte de los adultos mayores en el Quindío, encontré, en el mismo sitio, un puesto de zapatería que me llamó la atención. Y ello ocurrió por el título tan curioso que tenía el carrito rodante donde posaba el calzado. Como estaba anotando términos de toponimia en calles y locales de los municipios quindianos, éste sí que despertó mi curiosidad. A mi vista encontraba el letrero más singular, “El Bandejiado”.
¿A qué origen podría corresponder tal leyenda comercial, y extraña a toda correspondencia con el oficio?
Lo cierto es que el curioso nombre no se compagina con la labor del zapatero. A menos que se refiera a una bandeja donde guarda los clavos y puntillas. Más bien debería estar en un local de comidas.
Pero así es la compilación de la toponimia curiosa. Uno encuentra los más desparpajados nombres en todos los lugares.
Muy inquieto, después de tomar las fotos de don Alejandro y de su entable, previo permiso suyo para registrar las imágenes, y también las de su carrito rodante, llegué a mi casa y me propuse buscar la fotografía de 19 años atrás. Comparé las dos y me di cuenta que el humilde zapatero había cambiado el aviso de su carrito por el de uno más preciso: Reparación de calzado.
Puede ser don Alejandro el último zapatero callejero del Quindío. Al entablar conversación con él me enteré que estaba allí desde 1999, después del terremoto del 25 de enero. En medio de la charla corta, me manifestó que su deseo es permanecer en ese lugar, donde su clientela todavía acude a solicitar, de sus encallecidas manos, los arreglos maravillosos que hace. Utiliza las herramientas que ya podrían estar en un museo de los oficios. Ellas son la lezna, el pequeño martillo, el pegante y la remachadora de calzado.
Las calles de Calarcá todavía nos regalan las escenas de los antiguos oficios. Es como si se hubiera detenido en el tiempo para que relojeros, tenderos y vendedores de cositerías ocupen los primeros pisos de las casas antiguas de la época de la colonización, que aún se conservan en el centro histórico.
El oficio del zapatero ha llamado la atención de los cronistas legendarios de Calarcá. Uno de ellos, Humberto Jaramillo Ángel, en su agradable libro titulado “Viaje a la aldea” (Talleres de Editorial Quingráficas, Armenia, 1983), dedica sus páginas a relatar aspectos vivenciales de la “Villa del Cacique”. Y en las que van desde la 46 a la 48, bajo el título de “Zapateros”, se refiere a dos calarqueños que rondan sus recuerdos.
Fueron ellos don Juvenal Herrera, padre de dos hijos, hombre y mujer, siendo ésta última una agraciada niña llamada Paulina, la “más hermosa, elegante, fina y encantadora de aquellos años”.
“El segundo zapatero calarqueño se llamó Jesús Hurtado. Tenía su pequeño taller en un local situado frente al actual templo San José, en los bajos de la casa de Santiago Giraldo.
Relata Jaramillo Ángel que Hurtado murió trágicamente. Salió súbitamente de su casa, en medio de un movimiento telúrico, cargando una niña de pocos meses de nacida, y pisó en la calle, equivocadamente, un cable de luz eléctrica que los electrocutó a él y a su hija de brazos.
Pero los dos párrafos más interesantes de este relato del cronista son los que aseveran que el oficio de zapatero en Calarcá también fue desempeñado por personas ilustres. Uno de ellos, Fernando Arias Ramírez, “notable escritor, un agudo político, un soberbio e inteligente parlamentario y distinguido ciudadano”.
Así termina la crónica de Humberto Jaramillo Ángel, para demostrar con ello que el oficio de zapatero es indudablemente el más noble de todos:
“…Fuera de Fernando Arias Ramírez, también ejercieron el oficio de la zapatería, en el Calarcá aldeano a que se refieren todas las crónicas de este libro, nada menos que F. Mario Patiño y Carlos Tobón Flórez…
… Tobón Flórez ocupó una curul en el Senado de la República. A F. Mario Patiño le ocupó la honra de ser el más grande orador, no ya de Calarcá ni del Quindío, sino del Caldas de aquella época. Fue, de igual modo, F. Mario, poeta, escritor, periodista, y dueño de exquisito humor cáustico”.
No puedo terminar este sentimental artículo sin mencionar que, en mi pueblo natal, Filandia, también tuvimos un zapatero noble. Se trató de don Pablito Aguirre, director de una de las primeras bandas de músicos, la que el populacho llamaba cariñosamente la “Banda de Cera”, porque los instrumentos de viento no podían sonarse al sol, ya que sus partes estaban pegadas con cera de abejas. Por esa razón, fueron muy recordadas las veladas que ofrecían los músicos bajo el kiosco del desaparecido Parque de los Novios, o Parque Viejo, en horas de la noche.
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