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Cobaco, el personaje más querido de Filandia, cumple 15 años de su partida.

Hace 15 años, el 28 de febrero de 2011, en el templo parroquial del municipio de Filandia, estábamos despidiendo a la eternidad al personaje más querido que ha tenido esta población en toda su historia. Lo llamábamos “Cobaco”, o “Cobaquito” y se convirtió en toda una celebridad. No era solo por su singularidad sino que él fue el símbolo de la armonía ciudadana.

Era muy común verlo en las calles con su escobita, porque su labor de barrendero “de vocación”comenzaba a cualquier hora, regularmente al atardecer y a veces terminando al amanecer. Mientras dormíamos, escuchábamos el arrastre de su caminar y el de la escobita por sus calles. Fue el único instrumento de su vida, imposible imaginarse a Cobaco sin ese pequeño accesorio.

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Afortunadamente, en los años 80, le tomé una foto que es para mí una de las mejores imágenes del Patrimonio Visual del Quindío. Porque no solo aparece el más bello personaje sino que,al fondo, se aprecian las casas que se incendiaron el 20 de febrero de 1995 en la madrugada, donde se habían grabado las escenas más importantes de la telenovela “Café con aroma de mujer”.

Con las dificultades propias de comunicación interpersonal,pues Cobaquito no podía hablar, se tornaba furioso cuando veía que, en horas del día, alguien arrojaba basura en las calles.

Para él la basura debía estar en el lugar pertinente, simplemente la llevaba hasta su casita. Y esa modesta morada se convirtió en depósito basuriego. Se cuenta que, a veces, el alcalde de turno enviaba los operarios del aseo a limpiar el interior de la vivienda y que en alguna ocasión encontraron dinero entre el arrume de desechos.

Era un ser muy especial. Tan importante para la dinámica pueblerina, que su despedida se convirtió en la ceremonia de exequias más acompañada. Y, también, en la que más discursos y oraciones funerarias se pronunciaron al interior del templo.

Las nuevas generaciones de Filandia merecen que dichos fragmentos se conozcan, para mostrar con ello el sentimiento popular. Son páginas para la historia y, sobre todo, para comprobar que las mejores prosas salen del fondo del corazón.

De Cobaco guardo la fotografía más emotiva. Se encuentra él, con su inocente y contagiosa sonrisa, al lado del féretro donde se encontraban los restos mortales de mi padre.

Se le veía en todos los escenarios posibles, el pueblo no era vistoso sin su presencia callejera, su tongoneo al caminar y sus murmullos.

El poeta Héctor Uribe Saldarriaga pronunció – y después publicó en el ejemplar número 54 de su revista El Faro – las siguientes líneas:

“… Se dice ordinariamente que el mundo, para ser mundo, tiene que tener de todo. Por eso en nuestro pueblo, un hombre humilde, quizás el más humilde, nos dio por muchos años lecciones de orden,de aseo y de civismo. Tanto en su normal indumentaria, sino por la forma como debía presentarse su pueblo a los visitantes, que ya estaban empezando a llegar.

… Cobaco: con su escoba compañera que lo identificó, y le sirvió para conformar el binomio del aseo, pasó gran parte de su sencilla vida preocupado por la buena imagen del pueblo que lo vio nacer, hasta convertirse en un ícono de humildad y aseo municipal.

… Además tenía Cobaco el arte de agradecer, de ser querido y respetado por propios y extraños, dándonos inclusive lecciones de convivencia, cuando los alimentos o golosinas que recibía, las compartía con otros que, como él, no podían conseguir.

… Hombre inofensivo, inocente y bueno, que nos dio entonces el ejemplo que muchos de los estudiados no han podido dar.

… Para nosotros nació el verbo cobaquiar: barrer la calle”.

Marta Inés Sierra, filandeña que se declara “admiradora y preocupada siempre por este sencillo personaje”, hizo una descripción interesante de su casita:

“… Recuerdo que una tarde, siendo yo muy niña, jugaba desprevenidamente con mis amigos por las calles del pueblo. Al pasar por la “calle de la Cruz”, corriendo y gritando, me percaté que allí en esa calle estaba la casa de ese viejito que yo tanto observaba. Al cruzar, justo al frente de su casa, todos paramos como por arte de magia. La curiosidad se apoderó de cada uno de nosotros y sin decir una sola palabra nos fuimos acercando poco a poco a la humilde casita, que parecía estar envuelta en un encanto misterioso, que nos causaba intriga. Y que además nos llenaba de adrenalina, de solo imaginar cuántas cosas raras e increíbles encontraríamos allí…

… Recuerdo que aquella pequeña casita parecía más bien un cajón colosal, fabricado con los más simples materiales y con la mayor de las improvisaciones. Eso que parece ser una casa o vivienda, estaba construida en su totalidad por rústicas esterillas, con grandes rendijas que permitían observar fácilmente lo que había en su interior. La parte superior del techo estaba cubierta por oxidadas y ruidosas hojas de zinc, no se notaba ventana alguna y menos una puerta de entrada por algún lado. Me pregunto todavía,cómo hacía Cobaquito para ingresar a su casita?…parece que por debajo de las esterillas él tenía un medio túnel por donde se metía entre un pequeño matorral…

… Sigilosos pero muy decididos a entrar a la casucha e interrumpir o quebrantar la privacidad del querido personaje, mis amigos y yo, con pasos constantes pero cortos, nos acercábamos. Con la mente abierta, las pupilas dilatadas y el corazón a mil por segundos…. dispuestos a encontrar lo más aterrador de nuestra inexperta vida. La piel se nos puso como de gallina por tanta expectativa y tanto miedo creado en unos pocos segundos de intrepidez, como si fuera una de las mejores películas de misterio. El tiempo se detuvo unos instantes antes de poner nuestros curiosos ojos en una de las grandes rendijas, entre las esterillas. Y así pudimos observar el interior de la habitación de mi enamorado Cobaquito…

… Mis amigos y yo quedamos estupefactos al descubrir lo que allí había…era la más grande montaña de basura que jamás nosotros habíamos visto, esa era toda la basura que nosotros mismos habíamos tirado a las calles de nuestro pueblo, sin condolencia alguna,y que cada día, y hasta en las noches, Cobaquito recogía con paciencia, para regalarnos una Filandia limpia y hermosa, que no nos diera pena mostrar a los visitantes…

… Él mismo, como si fuera un duende cuidando la montaña esa, como el tesoro más valioso y apreciado. Y cuentan que se enojaba cuando alguien trataba de sacar de allí el basurero”.

A la anterior página sencilla de interesante descripción provincial, que se arranca de lo más profundo de la conciencia de una persona, le siguió el turno a otro valor cultural de nuestro pueblo, el psicólogo, poeta y escritor Danilo Gómez Marín. Es la más profunda semblanza de despedida para un ser sencillo, que yo haya escuchado. Y que, además, es ejemplar en lo que corresponde a su moraleja:

“Cobaco de Filandia, el amigo cordial, el hombre cívico y sonriente, El caballero de las buenas relaciones humanas.
Cobaco, un ser humano que a pesar de sus limitaciones y dolencias sufría con paciencia y nos daba grandes lecciones de vida y de humildad.

… La comunidad de Filandia siente un gran vacío sin la presencia de Cobaco. Todos nos acostumbramos a sus gestos para poder comunicarse, a su risa contagiosa, a la serenidad y disgusto cuando las personas arrojaban papeles y basuras en el parque y las calles de su pueblo.

… Cobaco fue el maestro de la cívica que hemos olvidado. El señor de las relaciones humanas que poco practicamos. El amigo que saludaba a todos cuando a todos se nos olvidó saludar.
Saludo significa desear el bien al otro, al que pasa por nuestro lado en los caminos de la vida.

…Cobaco, el profesor de la calle, el que madrugaba a recoger papeles y basuras. Cobaco es ejemplo de sencillez, de bondad y de humildad.
En alguna ocasión observé a Cobaco sentado en un andén del pueblo, donde almorzaba el plato cariñoso que le obsequiaba una vecina. De repente pasó otro mendigo y lo saludó, Cobaco lo llamó y le regaló la mitad del almuerzo que le quedaba.
Hombres así necesitan todos los pueblos de Colombia para calmar el hambre de los que no tienen nada que comer.

…”Cobachuela” significa agencia ministerial de antigüedades. Y “Cobachuelo”, jefe de una agencia ministerial. Cobaco fue sin él saberlo “el primer ministro del medio ambiente de Filandia”.

Ya estás en paz caballero inolvidable, tus amigos te recordamos con respeto y admiración.
Buen viento y buena mar, Cobaco del alma”.

Nada transcurre en Filandia sin que se mencionen las anécdotas del inolvidable Cobaco. Hasta los niños y los jóvenes, que no lo conocieron,han recibido de sus padres, sus abuelos y sus tíos un relato agradable y sentimental sobre el “viejito cariñoso”.

Siempre despertó curiosidad el origen del apodo de Humberto Correa Molina, el nombre de pila de este renombrado personaje. Versiones mencionadas por los adultos mayores,recuerdan que en el hogar vivían dos hermanos, ambos con dificultades en el habla y en el modo de comunicarse. Se cuenta que su señora madre los enviaba a la tienda vecina a comprar los artículos cotidianos y especialmente los tabacos. El hermano mayor, quien se comunicaba mejor, pronunciaba el término”cobaco”,al pedir un tabaco. Naturalmente, los dos se ganaron el apodo de “los cobacos”. El hermano mayor falleció y fue Humberto quien inmortalizó el mote,que ya hace parte de la identidad filandeña.

Desde hace años,un óleo que nos muestra el rostro de Cobaco se exhibe con orgullo en las paredes principales internas de la Casa de la Cultura. Curioso es, pues ha desplazado las fotos e imágenes de otros personajes importantes, como escritores, docentes y poetas. Allí, comprobando que es el más destacado del pueblo, lo acompañan dos óleos más, todos de la artista filandeña Adriana Cuartas.

El de Cobaco es el cuadro más grande. Los otros dos reproducen las imágenes de Fabiolita y de Néstor. La primera, una pequeña y simpática mujercita, ya fallecida,que recorría las calles de Filandia con su palito protector. El segundo, vive todavía, es antiguo artesano y permanece sentado en los andenes, gesticulando amigablemente.

Cobaco,para siempre, se ganó la gracia de los filandeños.

 


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