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Historia de amor, separación y reencuentro marcada por la fe, la distancia y la lucha contra la enfermedad que apagó prematuramente la vida de Solita, madre de trece hijos.

El 3 de marzo de 1976 (hace 50 años), en la madrugada, falleció mi madre en nuestra casa de Filandia. Su deceso marcaría el primer dolor para la familia, compuesta por una pareja de esposos que habían protagonizado un amor de insondables dimensiones y sus trece hijos.

Ese día lúgubre, la sencilla comunidad de Filandia, el compungido padre y los hermanos, todos llorábamos la partida a la eternidad de la mujer abnegada.

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Mis padres, Soledad y Carlos Emilio (más conocido como Carlos E.), nacieron en Filandia en días de carácter religioso. Ella, un 20 de abril, el Sábado Santo de la Semana Santa; y él, un 16 de diciembre, cuando comenzaban las novenas de Navidad. Los abuelos maternos, en cumplimiento de la costumbre de colocar los nombres del santoral católico, pensaron que el nombre de la niña debía ser Soledad, en remembranza a la procesión mariana de esa noche.

Los separaban nueve años de edad cuando contrajeron matrimonio. Ella, con tan solo 13 años, y él con 22, se unieron en secreto en el templo del pueblo, pues no se contaba con la aprobación de esa relación por parte de los padres de Carlos E.

Solo los acompañaron los abuelos maternos y los testigos, bien de mañana, en la ceremonia oficiada por el sacerdote.

Lo cierto es que su noviazgo, y también su matrimonio, habían transcurrido en medio de las circunstancias de un amor prohibido.

Mi padre la llamaba cariñosamente Solita. Nos quedan sus cartas de enamorada y las que él le respondía en el año 1940, cuando se cruzaban las misivas entre Filandia y Bogotá, mientras él estudiaba Medicina en la Universidad Nacional.

Pero esa correspondencia no se detuvo con la realización de su matrimonio, el 17 de marzo de 1941, sino que siguió hasta principios del año 1946, cuando Carlos E. regresó de Chile para “rescatar” a su amada, quien estaba como novicia religiosa en un convento de Manizales.

Podría parecer extraño lo escrito en el párrafo anterior, pero es la realidad de un matrimonio que se volvió ilusión, pues mi padre decidió partir a tierras extrañas para terminar sus estudios superiores el mismo día de su boda.

No fue una decisión fácil. Dejaba a su amada Solita tan sola y confundida que dolía en lo más profundo de sus corazones cada uno de los detalles de la despedida: el viaje en barco desde Buenaventura y la llegada a un país lejano. La tristeza de las cartas de Solita, desde varios municipios del norte del Valle del Cauca —donde sus padres decidieron radicarse con ella y sus hermanos después del matrimonio—, atestiguan la angustia de una recién casada que veía cómo se esfumaba la esperanza.

En realidad, fueron cinco años de larga espera. Lo único que llenaba su ser eran las cartas que recibía de su amado, quien estaba en Santiago de Chile. Leyéndolas, uno puede entender cómo él también soportaba el peso de la lejanía. Solo los aliviaba la alegría del momento en el que recibían las cartas y leían ávidamente sus líneas.

La vida de los dos, en destinos tan distantes, está todavía descrita en esas letras de las hojas añejas, algunas escritas en lápiz, como lo debía hacer mi madre; las que repasamos con lágrimas en los ojos.

Foto 1948.

Sin embargo, desde su regreso a Colombia para el reencuentro, Carlos E. le cambió el rumbo a una relación que se creía rota, razón por la cual mi madre había decidido ingresar a un convento de religiosas. Estaba decidida a seguir con la vida piadosa si él no volvía del destierro que les había impuesto el destino. Pero no fue así: gracias a la perseverancia y al amor, les cambió rotundamente el rumbo de sus existencias. Se radicaron en Quimbaya, donde él ejerció su primer año de profesión en condición de practicante. Allí nació mi hermana mayor y la dicha rebosaba en ellos después de tantos años de separación.

Viajaron nuevamente al sur del continente para tramitar las últimas gestiones de su diploma en la Universidad de Chile. En ese país nacieron otras dos hermanas. Cuando regresaron a Filandia, con tres hermosas niñas y disfrutando de su romance —que se había aplazado por un lustro—, mi madre volvía a la dicha plena en la tierra que los vio nacer y crecer. Y cumplieron el sueño que habían descrito en sus cartas: levantar una familia numerosa en el terruño de sus orígenes.

Pero la desventura, por la enfermedad que nos sumió en profunda tristeza a todos en 1975, obligó a mi padre a utilizar todos los recursos médicos de la época y hasta acudir a posibilidades no convencionales para detener la leucemia que devoraba el frágil cuerpo de Solita. Falleció a sus 47 años de edad y nunca olvidaremos su agonía.

En la lápida del cementerio de Filandia, donde hoy reposan sus restos, al lado de los de mi padre, él hizo imprimir las siguientes sentidas palabras en la losa fría de su tumba. Recordó, para que se mantuviera con perennidad, el nombre de Trinidad, el que se le había asignado a mi madre en su corta estancia conventual:

“Soledad, esposa y madre, cual Trinidad augusta: tres palabras y un solo nombre. Por los martirios y sufrimientos que santificaron tu existencia, ruega por todos nosotros, que vivimos de la fuente de tus entrañas y nos diste felicidad”.
Como una curiosa coincidencia, la fecha de su muerte también tuvo cariz religioso: fue el Miércoles de Ceniza.


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