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Germán Pinto Jurado, es ingeniero civil de profesión y numismático de vocación, y ha convertido su pasión por los billetes en una ventana a la historia monetaria de Colombia.

Su historia comienza con un regalo entrañable: unas monedas que pertenecieron a la mamá de su abuelita. Desde niño, aquel gesto sembró la semilla del coleccionismo, pero fue hace unos 35 años cuando Germán decidió sumergirse de lleno en el arte de reunir piezas antiguas. Empezó coleccionando tanto monedas como billetes, pero con el tiempo se decidió exclusivamente por el papel moneda, y finalmente dedicó su atención por completo a los billetes de Colombia, desde los tiempos de bancos privados hasta las primeras emisiones del Banco de la República.

Como notafílico (coleccionista de billetes), Germán comparte un perfil que combina la curiosidad histórica, el ojo crítico y la pasión por conservar vestigios del pasado. En Colombia, esta disciplina no es solo un pasatiempo: existen organizaciones como la Fundación Numismáticos Colombianos (Numiscol), que se dedican al estudio, difusión y comercialización de piezas numismáticas, incluyendo billetes emitidos por bancos privados y por el propio Banco de la República, desde 1923 en adelante. También circulan guías especializadas como el “Catálogo de Monedas y Billetes de Colombia 1616–2022” de Pedro Pablo Hernández, que incluye emisiones privadas y oficiales, imágenes, valoraciones y contexto histórico.

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La numismática combina sentido estético, rigor documental y condiciones de mercado. Por ejemplo, billetes raros de alto valor, como el de $500 de 1923 –de los que solo se conocen dos ejemplares– alcanzaron hasta 64 millones de pesos en subasta. Otros, como el de 1 peso oro de 1938, “la pachanga”, pueden llegar a 900 dólares (aproximadamente 3  millones de pesos)  Estas piezas, al igual que las coleccionadas por Germán, son más que objetos: son testigos de épocas, medios primarios de historia económica y cultural del país.

 

Germán ha acudido incluso a subastas en Estados Unidos para asegurar piezas únicas que enriquecen su colección y conectan lo local con lo global. Detrás de cada billete antiguo hay una historia de diseño, de contexto político o de emisiones urgentes (como los primeros billetes provisionales del Banco de la República en 1923).

 

Algunos numismáticos viven con esta pasión. Como él comenta: “Muchos coleccionamos como hobby, pero hay personas que realmente viven, que dependen económicamente de la comercialización de los billetes”. Es una realidad: subastas, avalúos, encuentros y redes especializadas constituyen una economía cultural al servicio del patrimonio.

 

Así, don Germán Pinto Jurado no solo resguarda fragmentos del pasado monetario colombiano: con paciencia, conocimiento y admiración, preserva memoria, arte y legado. Su historia nos invita a mirar un billete no solo como herramienta de cambio, sino como fragmento de nuestra identidad nacional.


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