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Cada 10 de septiembre se conmemora el Día mundial de la prevención del suicidio, este es un día para recordar la importancia de la salud mental; aunque el fenómeno registra una leve disminución en el último año, sigue siendo una de las principales causas de muerte.

El Día Mundial de la Prevención del Suicidio se conmemora cada año desde el 2003, cuando la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP), en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS), instauró la fecha como un espacio global de sensibilización. Con esta elección se buscaba establecer un momento en el calendario para visibilizar un fenómeno rodeado históricamente de silencio, estigmas y prejuicios.

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Cada año, la conmemoración se organiza bajo un lema orientador. La OMS y la IASP insisten en que hablar abiertamente sobre el suicidio es una herramienta de prevención, dado que permite reconocer señales de alerta y derribar barreras culturales que dificultan buscar ayuda. El llamado global se resume en una idea poderosa: “la prevención es posible y empieza con la conversación”.

El objetivo es triple, es decir, reducir las muertes, sensibilizar a la sociedad y fortalecer las políticas públicas en salud mental. Por ello, el 10 de septiembre se ha convertido en un espacio donde gobiernos, instituciones sanitarias, colegios, universidades, medios de comunicación y comunidades se movilizan para visibilizar la problemática y ofrecer el apoyo necesario.

La dimensión internacional del problema

Según la OMS, cada año más de 700.000 personas mueren por suicidio en el mundo, lo que equivale a una muerte cada 40 segundos. En el grupo de 15 a 29 años, constituye la tercera causa de muerte, solo por detrás de accidentes de tránsito y violencia interpersonal.

Sin embargo, las américas contemplan una situación particular; la Organización Panamericana de la Salud (OPS) informó que en 2021 se registraron más de 100.000 muertes por suicidio en el continente. Aunque algunos países han logrado estabilizar o reducir sus tasas, en otros los números continúan creciendo, especialmente en naciones de ingresos medios y bajos, donde los sistemas de salud mental enfrentan limitaciones estructurales.

Entre otras cosas, factores como el desempleo, la precarización laboral, el acceso desigual a servicios de salud, las violencias de género y el consumo problemático de alcohol y drogas influyen en los comportamientos suicidas. La OPS ha señalado también que la pandemia de COVID-19 agravó los problemas de salud mental en la región, intensificando cuadros de ansiedad, depresión y crisis personales que en algunos casos derivaron en conductas suicidas.

En este contexto, el llamado internacional es claro, el suicidio no puede tratarse solo como un asunto individual, sino como un problema de salud pública y de derechos humanos.

Cifras y tendencias en el país

En el caso colombiano, las estadísticas del Boletín Estadístico Mensual del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (INMLCF) son la principal fuente para el seguimiento de las muertes violentas. Allí se evidencia el periodo comprendido entre enero y julio del 2025, el país registró 1.594 muertes por suicidio, cifra preliminar que muestra una reducción de 83 casos (-4,95%) frente al mismo lapso de 2024, cuando se contabilizaron 1.677 muertes autoinfligidas.

Aunque la baja puede interpretarse como una señal positiva, el número sigue siendo alto, ya que el suicidio representó el 9,26% de todas las muertes violentas registradas en el país en ese periodo, consolidándose como la cuarta causa de este tipo de muertes, después de homicidios, muertes en eventos como accidentes de tránsito.

Un análisis comparativo muestra que, mientras el suicidio descendió, otros indicadores de violencia aumentaron: los homicidios crecieron un 8,72%, y los fallecimientos en accidentes de transporte un 4,41%. Esto configura el panorama de la violencia en Colombia, donde la letalidad no depende únicamente de los conflictos armados o la delincuencia, sino también de factores relacionados con la salud mental y el bienestar psicosocial.

¿A quiénes afecta más?

En el boletín estadístico mensual al realizar un desglose por edades se revelaron patrones preocupantes:
Niñez: entre 0 y 9 años se reportaron 10 casos (cifra baja, pero alarmante por el rango etario).

  • Adolescencia (10–17 años): 167 casos en total, con un aumento en la franja de 15 a 17 años.
  • Juventud (18–28 años): 430 casos, lo que convierte a este grupo en uno de los más vulnerables.
  • Adultez temprana (29–44 años): 439 casos, el grupo con mayor incidencia en 2025.
  • Adultez intermedia (45–59 años): 257 muertes.
  • Adultos mayores (60 años en adelante): cifras menores, entre 4 y 211 casos dependiendo de la categoría etaria.

Estos datos confirman que los jóvenes y personas en la adultez temprana concentran la mayoría de los suicidios, un hecho con profundas repercusiones sociales y económicas. En diversos casos, las muertes ocurren en personas que atraviesan situaciones de desempleo, rupturas afectivas, problemas de salud mental sin atención o crisis financieras.

El suicidio, entonces, no solo afecta al individuo, sino que golpea el tejido social y económico del país, privando a las familias de miembros en edad laboral y a la sociedad de ciudadanos en plena etapa productiva.

Cifras desde una mirada regional

En el Quindío, el Boletín de Medicina Legal reportó 24 suicidios entre enero y julio de 2025. Aunque la cifra representa solo el 1,5% del total nacional, adquiere relevancia en un departamento tan pequeño y densamente poblado , donde cada caso repercute de manera directa en comunidades cercanas.
El análisis comparativo muestra que, en el mismo periodo:

  • Los homicidios sumaron 108 casos.
  • Los eventos de transporte, 84 muertes.
  • Las muertes accidentales, 41.
  • Los suicidios, 24.

Esto confirma que, tanto a nivel nacional como departamental, el suicidio ocupa el cuarto lugar entre las muertes violentas. Sin embargo, los especialistas insisten en que su impacto es desproporcionado, pues a diferencia de otras formas de violencia, el suicidio refleja fragilidades profundas en los sistemas de salud mental y en las redes de apoyo social.

Si se compara con otros departamentos, las cifras del Quindío parecen menores: Antioquia reportó 286 suicidios en el mismo periodo, Bogotá 185 y Valle del Cauca 139. Pero el tamaño poblacional hace que la proporción en Quindío resulte significativa; además, aunque no se cuenta con el desglose por edades y sexo para el departamento, se presume que la distribución sigue la tendencia nacional, es decir se presenta una mayor afectación en hombres y en jóvenes de 18 a 44 años.

Las señales no deben ignorarse

Los psiquiatras y psicólogos coinciden en que la mayoría de las personas que atraviesan una crisis suicida emiten señales previas. Entre ellas:
Aislamiento social y pérdida de interés en actividades habituales.

  • Expresiones verbales o escritas sobre no querer vivir.
  • Cambios drásticos en el comportamiento, como irritabilidad, apatía o abandono de responsabilidades.
  • Conductas de riesgo o consumo problemático de sustancias.
  • Despedidas explícitas o indirectas.

Un aspecto relevante es que, según los registros, en casi el 90% de los casos la persona misma pide ayuda antes de consumar el acto, ya sea a través de llamadas, mensajes o hasta gestos. Esto demuestra que la existencia de líneas de atención 24/7, programas comunitarios y servicios accesibles de salud mental puede marcar la diferencia.

En Colombia, existen esfuerzos como la Línea nacional de Tele orientación en salud mental 106, que ofrece atención telefónica y por chat las 24 horas, y los 7 días de la semana.

De igual manera, en el departamento del Quindío, se encuentran líneas coordinadas por las secretarías de salud, entre ellas la Línea celular del Centro de Regulación de urgencias y emergencias, Crue, 3117306678, y la Línea de ayuda para la salud mental- Fundación construyéndonos (606) 7359950.


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