“Debería agradecer a Mussolini haberme declarado raza inferior, ya que esta situación de extrema dificultad y sufrimiento me empujó a esforzarme todavía más”: Rita Levi-Montalcini
‘Navegando’ contra la corriente y con un ambiente familiar muy favorable, Rita Levi-Montalcini pudo superar las dificultades y construir una brillante carrera científica. Su hermana gemela, Paola, se destacó como artista, en tanto que que su hermana mayor Anna, despertó en su madre el interés por la escritora sueca Selma Lagerlöf, por lo que estuvo a punto de que la futura Nobel se inclina por literatura.
Gino, el hermano mayor, se ganó el respeto como arquitecto; su madre Adele, fue pintora y su padre, un ingeniero eléctrico con inclinación por las matemáticas. Pero su espíritu independiente la inclinó a estudiar medicina, saliendo adelante pese a que tenía en su contra al fascista y gobernante italiano Mussolini, quien le prohibió investigar y trabajar en la universidad; además, su origen sefardí fue la ‘marca’ que la haría más vulnerable.
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Así que ella lo tenía todo en su contra. El régimen político lo único que no le podía prohibir era soñar y trabajar en la clandestinidad de su dormitorio. Esa fue su forma de enfrentar al referido dictador. Con ‘equipos’ improvisados y huevos de gallina usados como material de estudio, hizo el descubrimiento del factor de crecimiento nervioso, elemento que le permitió entender el desarrollo de nuestras neuronas.
Levi-Montalcini, además de científica, enseñó la rebeldía con prudencia, fue una mujer valerosa que no se amilanó ante los peligros que implicaba ir contra el régimen, enseñando que la ciencia se puede hacer en las peores circunstancias. Para ingresar a la universidad tuvo que convalidar matemáticas, griego y latín. Por su cuenta, fortaleció su formación en matemáticas y aprendió esos idiomas, logrando un cupo que le permitió estudiar medicina en la Universidad de Turín.
Como neuróloga obtuvo el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1986, compartido con Stanley Cohen por sus descubrimientos de los factores de crecimiento de las neuronas. El hallazgo de estos científicos ha sido fundamental para la comprensión de los mecanismos de control que regulan el crecimiento de las células. En la universidad hizo amistad con dos compañeros: Salvador Luria y Renato Dulbecco, quienes recibirían el premio Nobel en Fisiología o Medicina algunos años antes que ella.
Los tres fueron alumnos del célebre histólogo Giuseppe Levi (no tenía parentesco con ella), quien ejerció sobre ellos una gran influencia, principalmente al transmitirles el rigor con el que se deben abordar los temas científicos. Rita se licenció en 1936 e inició los estudios de especialidad en neurología y psiquiatría. En aquel momento aún no sabía si ejercería como médica o iba a dedicarse a la investigación. En cualquier caso, se quedó en la universidad como asistente de Giuseppe Levi.
Escapó de la persecución
Ante la ‘mirada’ inquisidora de Mussolini, y las leyes que negaban el acceso a puestos de investigación, la llevó a trasladarse a Bélgica en 1937, con el propósito de trabajar como investigadora invitada en un instituto neurobiológico de Bruselas. Le tocó estar huyendo de quienes perseguían a los judíos, como Mussolini en Italia, y Hitler en Alemania. En 1940, ante la inminencia de la invasión de Bélgica por los alemanes, regresó a Turín con su familia.
En su dormitorio instaló un pequeño laboratorio. Un artículo del zoólogo alemán, Viktor Hamburger, sobre los efectos de la extirpación de miembros en embriones de pollo, le sirvió de inspiración para estudiar el crecimiento de las fibras nerviosas en estos animales. En septiembre de 1943 tuvo que huir de nuevo. En un pueblo al sur de Florencia ella y su familia sobrevivieron hasta el final de la guerra, con ayuda de amigos no judíos.
El trabajo que desarrolló en estas condiciones tan precarias sobre sustancias que hoy se conocen como factores neurotróficos, fue la base de gran parte de su investigación posterior. Finalizada la guerra, volvió a Turín y a su trabajo en la universidad. Puso en marcha y dirigió varios laboratorios y centros de investigación en Roma. En 1947 Viktor Hamburger le ofreció un puesto de investigadora asociada en la Universidad de Washington en St. Louis, (EE. UU.), postulación que ella aceptó y en el que se mantuvo durante 30 años.
Allí descubrió la proteína que liberan las células nerviosas y que atrae el crecimiento de las ramificaciones de las neuronas vecinas. En 1952 logró su resultado más relevante: aisló el “factor de crecimiento nervioso”, una sustancia liberada por el tumor que estimula el crecimiento de los nervios. En los años 1990, fue uno de las primeras investigadoras que señalaron la importancia de los mastocitos para la patología humana.
En esa misma década identificó el compuesto endógeno palmitoiletanolamida como un importante modulador de estas células. Además del Nobel, recibió muchos honores, no sólo científicos sino políticos y relacionados con valores humanos. Ejerció cargos políticos honoríficos. En 2001 fue nombrada senadora vitalicia por el presidente de la República Italiana, Carlo Azeglio Ciampi.
El 22 de abril de 2009 se convirtió en la primera persona premiada con un Nobel que alcanzaba una centuria de edad. En ese momento manifestó: “a los cien años, tengo una mente que es superior a la que tenía a los 20, gracias a la experiencia”. Como si fueran poco sus galardones, en 1999 fue nombrada embajadora de buena voluntad de la FAO.
No todo fue perfecto
Un solo suceso enturbió su extraordinaria trayectoria como científica y persona comprometida en objetivos humanitarios. El episodio está relacionado con la empresa farmacéutica italiana Fidia, con la que Rita Levi-Montalcini colaboró contribuyendo a una mejor comprensión de los gangliósidos. En 1975 ella apoyó un fármaco basado en estas sustancias, obtenido a partir de tejidos nerviosos bovinos, y que algunos años más tarde tuvo efectos secundarios graves en unos pacientes, hasta el punto de tenerse que retirarse del mercado el citado medicamento.
Se acusó al ministro de sanidad de haber aceptado sobornos de Fidia a cambio de acelerar el proceso de autorización; se criticó a la investigadora por haber colaborado con la empresa y se llegó a poner en duda la limpieza de la decisión de otorgarle el premio Nobel. Dicho episodio se distanciaba del 30 de diciembre de 2012, día en el que murió en Roma a los 103 años, ocasión en la que los medios de comunicación del mundo pusieron el acento en sus trabajos científicos al igual que sus aportaciones humanas, en particular sus esfuerzos por contribuir a la formación de las jóvenes científicas.
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