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“No se puede hablar de decadencia española en sentido estricto, porque para decaer hay que caer desde algún sitio y España no ha llegado a cúspide alguna”: José Ortega Y Gasset, filósofo español.

En este siglo XXI los críticos de la educación han planteado que la academia está en decadencia; incluso hay estudios que indican que las nuevas generaciones han perdido capacidad de pensar. Una crítica frecuente a la formación básicas es que de allí egresan bachilleres sin saber aritmética, y mucho menos sin sabe leer y escribir.  Además, la compresión lectora es muy pobre. Esa debilidad se ve reflejada en quienes ingresan a la universidad. Por eso, en los primeros semestres hay tanta deserción. 

La pregunta por hacer es: ¿los tiempos pasados fueron mejores? Hay qué decir que no. La historia de la humanidad señala que a siglos de “luz intelectual” le han seguido períodos de oscuridad. Por ejemplo, Grecia, que fue faro del pensamiento, vivió su declive: En el año 146 a. C., tuvo una caída dramática por las guerras internas entre las ciudades-estado y la invasión de los macedonios guiados por Alejandro Magno.

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También la guerra del Peloponeso, que ocurrida entre 431 y 404 a. C., debilitó el poderío griego, ya que Atenas y Esparta tuvieron una pugna por el control de las polis, trayendo la paz de los 30 años y la posterior invasión macedónica. Aunque tuvo esplendor cultural, Grecia fue agobiada por la corrupción y faltó inversión en la agricultura, dos males de nuestro tiempo, y asimismo de otras culturas, como la decadencia de los Mayas, que además fue afectada por factores ecológicos, sociales y la invasión española, que culminó en el colapso de sus grandes ciudades y tradiciones.

A pesar de ese ocaso de los Mayas, todavía hay descendientes que mantienen algunas de sus tradiciones. Pareciera que la humanidad no aprendiera, porque en varias zonas del planeta padecieron de los mismos males: sobrepoblación y agricultura intensiva, que ocasionó – como en estos tiempos – la deforestación y la erosión del suelo, contribuyendo a la disminución de la producción agrícola y, por supuesto, trayendo consigo hambre.

El escritor español, Fernando Sánchez Dragó (1936), lo aseveró así: “creo que el mundo está en constante decadencia desde el siglo sexto antes de Cristo. Y, en cualquier caso, tocó definitivamente fondo en 1789. No soy multiculturalista, sino cosmopolita, que es lo contrario. El relativismo multiculturalista es un genocidio cultural contra todas las culturas, porque las disuelve en un gazpacho de ácido sulfúrico. No me interesa que las cosas cambien, sino profundizar en ellas”. El gazpacho es un plato típico español.

Tabacalera que genera dudas 

Precisamente el pasado 31 de agosto el periódico El País de España publicó el artículo: “Cómo se construye (y se derriba) la ignorancia”, escrito por Mar Padilla, escritora y periodista, con estudios de historia y antropología. A manera de introducción, advierte: corremos el riesgo de pasar de la sociedad del conocimiento a la de la incultura, en la que se alimentan falsedades y estereotipos que dificultan el funcionamiento de la ciencia y de la democracia.

Inicia planteando el asunto de la tabacalera Brown & Williamson titulado: “Propuesta sobre tabaquismo y salud”. En uno de sus apartados proponía generar ‘dudas’ y “establecer una controversia” sobre el hecho de que fumar provoca cáncer. El planteamiento fue aceptado y la tabacalera gastó millones de dólares en fomentar la ignorancia sobre un hecho que ellos sí conocían: el efecto cancerígeno de los cigarrillos demostrado en 1964.

El memorándum lo descubrió Robert N. Proctor, historiador de la ciencia en Stanford, (EE- UU.), quien en 1992 bautizó el estudio de la creación y propagación deliberada de la ignorancia por motivos comerciales o políticos, como Agnotología (del griego agnosis, no saber, y logia, ciencia o tratado). Un ámbito de investigación con futuro por delante, tal y como lo relata en su libro, firmado junto con Londa Schiebinger: Agnotología. La producción de la ignorancia.

Más adelante Padilla enfatiza que la ignorancia distorsiona la realidad y aleja a la ciudadanía de los temas que le incumben, dificultando su capacidad de juicio y acción. “Analizar la construcción de la ignorancia, es, ante todo, un ejercicio de higiene democrática”, explica Anna López Ortega, doctora en ciencias políticas por la Universidad de Valencia, España. No hablamos de una simple falta de conocimiento, sino de un procesos activo y deliberado.

La ignorancia se convierte en una herramienta de control diseñada para limitar la autonomía individual y colectiva. Anota la periodista y escritora: el objetivo es simplificar hasta la caricatura cuestiones complejas como la inmigración, el cambio climático o el feminismo, generando desconfianza o rechazo. Así se alimenta el desinterés político, propagando falsedades como “todos los políticos son iguales”.

Es una tarea de distribución de ‘mierda’, como confesó una vez Steve Bannon, jefe de estrategia de la Casa Blanca durante parte del primer mandato de Donald Trump. Son acciones pensadas, producidas y difundidas de forma sistémica por determinados oligopolios de desinformación, redes sociales y bots (programas de software), según David Broncano, cómico y presentador de televisión y radio español.

Padilla, recordándonos hechos pasados, afirma: es una estrategia que está dando frutos: según la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología 2025, elaborada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, la mitad de los españoles cree que las compañías farmacéuticas ocultan los peligros de las vacunas (20 puntos más que en 2022), un 41,6% cree que “se han producido virus en laboratorios gubernamentales para controlar nuestra libertad”, y uno de cada tres está convencido de que “la cura para el cáncer existe, pero se mantiene oculta al público por intereses comerciales”.

El alimento de la ignorancia se da en la política, donde a veces altos cargos alimentan la desinformación institucional (…). Por supuesto que en la economía también. “Antes el sistema financiero tenía cierto control público y se compartía información. Ahora está basado en la ignorancia, el secreto, las criptomonedas, los paraísos fiscales. Es cada vez menos transparente”, alerta Broncano.

La ciencia en primera línea de combate

Por fortuna, como lo recuerda Mar Padilla, la ciencia está tradicionalmente en primera línea de combate contra la ignorancia. Es un sector en permanente estado de revisión y avance, donde nuevas informaciones y descubrimientos relevan a otros. Como dijo el físico Max Planck, la ciencia avanza de funeral en funeral. Pero últimamente muchas universidades y centros de investigación sufren el cuestionamiento de hechos científicos probados, sin que nadie aporte pruebas de refutación.

Se está politizando la ciencia, decidiendo qué áreas del conocimiento se dejan sin financiación, como la decisión del gobierno de Trump de anular las ayudas a las investigaciones relacionadas con el género o con la misma desinformación, denunció Naomi Oreskes, historiadora de la ciencia en Harvard.

La periodista y escritora aquí referida, se une a otras voces para destaca la importancia de unir esfuerzos entre la ciudadanía, las universidades, los medios de comunicación serios y los gobiernos democráticos, con el fin de combatir relatos como el negacionismo de la emergencia climática (…). Según ella, las tecnologías posibilitan una gran esfera pública digital y global, donde se lucha por la imposición de determinadas visiones del mundo en detrimento de otras, una nueva realidad que posibilita un “giro participativo” en ciencia y tecnología.

Es una nueva gran ágora pública a la que deben adaptarse los expertos, lanzando con convencimiento y decisión sus mensajes. Hay que tener esperanza: “los que sepan influir de manera eficaz en la esfera pública digital del presente ganarán autoridad”, considera Agustí Nieto-Galán, coautor – junto Ximo Guillem-Llobat – del libro: “Tóxicos invisibles. La construcción de la ignorancia ambiental”.


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