“Mientras la mirada del mundo se desvió hacia las recientes hostilidades entre Israel e Irán, Israel ha continuado con su genocidio incesante en Gaza (…)”: Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional.
Cuando la guerra es un negocio, como sucede en Gaza, no importan las víctimas, y mucho menos cuando la intención del agresor (el gobierno israelí) es eliminar a una población inerme. Por eso el poeta francés Paul Valery expresó que la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen, pero no se masacran. Por eso, Francesca Albanese, relatora especial para los territorios palestinos, expuso ante la ONU que diversas compañías extranjeras participan directa o indirectamente en la maquinaria económica que sostiene el conflicto.
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La experta nombró a más de 60 empresas, incluidas importantes fabricantes de armas y de tecnología, en un informe que las acusa de estar implicadas en el apoyo a los asentamientos israelíes y a las acciones militares, lo que calificó de “campaña genocida”. La funcionaria compiló el informe basándose en más de 200 presentaciones de Estados, defensores de derechos humanos, empresas y académicos. Ante esta denuncia, EE. UU. e Israel reflejan su ira ante los detalles de dicho informe. Se debe aclarar que el conflicto en Gaza no es una guerra, poque el pueblo palestino no tiene medios para un enfrentamiento con el invasor.
Por otra parte, el historiador israelí Gadi Algazi, profesor de la Universidad de Tel Aviv, afirma tajantemente que el primer ministro de Israel está ejecutando un plan premeditado de hambruna para arrinconar a la población palestina en el sur de la franja. El 20 de julio de 2025 escribió para el periódico El País de España: “Netanyahu usa el hambre como arma de guerra”. Apartes de este escrito se presentan en esta entrega dominical.
En la portada y a modo de introducción escribió: enterrar la cuestión palestina bajo los escombros de Gaza. Los Estados que conceden la impunidad a Israel – en su mayoría, del norte global – son cómplices de su guerra colonialista y de los desplazamientos masivos. Si sostienen a Netanyahu es porque el colonialismo no es cosa del pasado.
Narra que en muchas ciudades de Israel se pueden oír las explosiones o sentir la sacudida de los bombardeos israelíes. Las edificaciones tiemblan. Al fin y al cabo, este es un mismo país que comparten dos pueblos y es muy pequeño. Los ruidos cuentan la historia de familias enteras asesinadas y de casas demolidas una tras otra. El enclave de Gaza está siendo destruido. Para ahorrar dinero el ejército contrata a empresas privadas para que las derriben con excavadoras.
Ahora sabemos – reseña él – cuánto se les paga por cada casa y que muchos de ellos son colonos radicales de Cisjordania, convencidos de que tienen la histórica misión de aprovechar la oportunidad de arrasar Gaza y colonizarla. Pero todos nosotros, israelíes, compartimos la responsabilidad de lo que está sucediendo. El profesor, para dejar claro lo que está ocurriendo, menciona con cierta frustración: sé que las matanzas y la decisión de dejar morir de hambre a la población civil y retener el combustible, el agua o la comida para los bebés, han dejado de ser noticia. Las atrocidades actuales se ahogan bajo el ruido continuo de las informaciones sobre las atrocidades pasadas.
Según su propia reflexión, cada vez es más difícil comprender el significado de lo que sucede y la guerra está pasando a un segundo plano, pero debemos ser conscientes de que lo que está ocurriendo tiene una trascendencia histórica y no es meramente otra ronda más de asesinatos sin sentido. Si dejamos que continúe, definirá el futuro tanto de los palestinos como de los israelíes y sus repercusiones no sólo se harán sentir entre los pueblos de Oriente Próximo.
Limpieza étnica
¿Qué se busca con este conflicto tan cruel? De acuerdo con el historiador Algazi, lo que está en juego es la expulsión de los palestinos de Gaza; en otras palabras, una limpieza étnica. Según análisis, tenemos tendencia a pensar que la expulsión es un instante dramático en el que se obliga a la gente a abandonar su hogar en camiones, autobuses o a pie, pero es la culminación de procesos más largos como podemos ver con las comunidades palestinas de Cisjordania, que se ven obligadas a huir de sus hogares después de años de terror a manos de los colonos y el ejército.
Enfatiza que el desplazamiento de un pueblo es un proceso, no un hecho aislado, y ese proceso ya ha comenzado. En criterio suyo, todavía se puede parar, pero para ello es necesario que tengamos claro lo que está pasando bajo la cortina de humo de la guerra: el expolio y la expulsión masiva de corte colonialista. Y se hace la siguiente pregunta: ¿cómo se lleva a cabo un desplazamiento forzoso?
Por supuesto, mediante la destrucción de infraestructuras vitales, los bombardeos implacables, el hambre y la privación de los elementos esenciales para la vida, pero también mediante el “reparto de alimentos”, camuflado como ayuda humanitaria. Esa situación confunde, sin embargo, es crucial comprender que lo que a primera vista puede parecer un “trágico fallo logístico” es una estrategia deliberada. Las constantes matanzas de cientos de palestinos que buscan comida en los nuevos “centros de distribución de ayudas” han causado conmoción.
Pero – aclara – no deben desviar nuestra atención del cambio estructural que ha habido: en vez de cientos de puntos de distribución en toda la Franja de Gaza, gestionados por organizaciones internacionales con experiencia, Israel no ha instalado más que cuatro para más de dos millones de personas. Esa no es la mejor forma de satisfacer las necesidades de una población que lleva meses sufriendo devastación y privaciones. Es una forma de matar de hambre y arrebatar la dignidad a los supervivientes, al mismo tiempo que se les obliga a depender de forma insoportable de sus carceleros armados.
Algazi también plantea que Israel emplea tácticas de ocultación: ha expulsado a las organizaciones humanitarias más experimentadas que podrían proporcionar ayuda de manera eficiente, y ha externalizado el reparto mediante contratos con entidades opacas como la Fundación Humanitaria de Gaza patrocinada por EE. UU.
Benjamín Netanyahu, el gran verdugo
Human Rights Watch (Observatorio de Derechos Humanos), documenta cómo las autoridades israelíes han negado intencionalmente a la población el acceso a agua potable para beber, y las condiciones mínimas de saneamiento necesarias para la supervivencia humana básica. Entre las acciones documentadas, las autoridades y fuerzas israelíes cortaron y posteriormente restringieron el suministro de agua por tuberías.
“El agua es esencial para la vida humana, y sin embargo, durante más de un año, el gobierno israelí ha negado deliberadamente a los palestinos en Gaza el mínimo necesario para sobrevivir”, declaró Tirana Hassan, directora ejecutiva de Human Rights Watch. “Esto no es simple negligencia; es una política calculada de privación que ha causado miles de muertes por deshidratación y enfermedades, constituyendo el crimen de lesa humanidad de exterminio y un acto de genocidio”.
La entidad que vela por los derechos humanos denunció: la devastación del sistema sanitario, incluida la capacidad para realizar un seguimiento adecuado de la salud, ha impedido el registro y reporte sistemático de casos confirmados de enfermedades, dolencias y muertes posiblemente vinculadas a enfermedades transmitidas por el agua, deshidratación y hambre.
No obstante, basándose en entrevistas con profesionales de la salud y epidemiólogos, se estima que miles de personas han fallecido como resultado de las acciones de las autoridades israelíes y las cuales se suman a las más de 44.000 personas que, según el Ministerio de Salud de Gaza, han muerto directamente debido a las hostilidades. La privación de agua afecta especialmente a lactantes, mujeres embarazadas y en período de lactancia, así como a personas con discapacidad.
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