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“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”: Jorge Luis Borges.

El cerebro es sin lugar a duda la parte más importante de los humanos, y de cualquier ser viviente. Sin embargo, no lo protegemos, y mucho menos lo ejercitamos. Nos preocupamos por estar bien del cuerpo, lo cual está bien, pero prácticamente poco por cuidar de la razón de ser de nuestra existencia. ¿Qué seríamos sin el cerebro? Y lo asociamos con la memoria, y no con el olvido.

En esta ocasión vamos a escribir sobre eso. Para ello nos soportamos en un artículo publicado el 11 de enero 2026 en el periódico El País de España, cuya autoría es de Enrique Alpañés Buesa y que tituló: “La ciencia ilumina los secretos de la memoria”. Como especie de sumario, se pregunta: “¿Cómo afectan los celulares a los recuerdos? ¿Qué porcentaje tienen estos de imaginación? Además, apela a un experto, el neurocientífico Charan Ranganath, para justificar sus afirmaciones.

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Alpañés es un periodista que, como él mismo lo expresa, le gusta contar historias y que últimamente se ha especializado en el tema de la salud.  Al principio manifiesta que en la formación de la memoria también es importante el olvido. Por su parte, Ranganath en su libro: Por qué recordamos, señala que el cerebro está programado para olvidar, como lo explica en conversaciones con El País. El neurocientífico explica que hay tantas razones para hacerlo que realmente es un milagro que podamos recordar algo.

El aludido comunicador menciona que el estudio científico de la memoria a menudo se centra en cómo aprendemos, cómo los recuerdos a corto plazo se consolidan en memorias endebles. Se presta poca atención a la importante capacidad de generalizar y olvidar. A la forma en que nuestro cerebro desecha información menos relevante. Y a cómo las nuevas tecnologías están transformándolo todo, también nuestra capacidad de recordar. 

Resonancia magnética para estudiar el cerebro

De Ranganath hay que decir que es pionero en el estudio de esta técnica, que – entre otras cosas – investiga cómo recordamos eventos pasados. Él ha comprobado que lo hacemos de forma cambiante. Nuestro presente modifica de alguna forma cómo leemos nuestro pasado. 

“Cada vez que recordamos un evento, lo vemos desde nuestra perspectiva actual”, relata Alpañés, agregando que cada vez que recordamos un evento, lo vemos desde nuestra perspectiva actual. “El olvido y la distorsión de lo vivido son filtros por los que pasa la realidad antes de grabarse en nuestra memoria. La memoria es mentirosa y cambiante; se actualiza con el tiempo”.

En criterio de Ranganath, cuando se trae a la memoria un evento complejo, el acto de recordarlo puede cambiarlo. Ello lo complementa Alpañés exponiendo que hay una zona en el hipocampo, una zona del cerebro clave para la memoria. Son el esqueleto de la memoria. La base que hace que grabemos algunas de nuestras experiencias, en un proceso que tiene mucho de imaginación y no tanto de reproducción fiel de la realidad.

Plantea estas inquietudes: ¿por qué guardamos un vivo recuerdo de unos acontecimientos y no otros? ¿Dónde estaba cuando sucedió el 11-S?  ¿Qué estaba haciendo minutos antes de que te propusieran matrimonio o te comunicaran la muerte de un familiar? La mayoría de las personas podrían contestar a estas preguntas.

“En nuestra vida, los momentos importantes no ocurren de forma aislada”, enfatiza el experto. “Forman parte de un flujo de experiencias cotidianas”, complementa Alpañés. Un equipo de científicos demostró que eventos relevantes afectan a los recuerdos neutrales cercanos. Hacían que los grabáramos con fuerza. Y así nuestros recuerdos se encuentran lleno de recuerdos banales.

No somos meros agentes pasivos

En todo este proceso no somos meros agentes pasivos, aclara Alpañés. Hay cierto margen de voluntad, complementando que podemos garantizar que dure para siempre, pero sí podemos inclinar la balanza, prestar atención profunda, atribuirle un significado personal y revivir el evento poco después y dormir bien ayuda. Para ello, una de las cosas que deberíamos hacer es guardar el celular. 

La tecnología a afecta la forma en la que vivimos el presente y modificará la forma en la que lo recordaremos en el futuro. Desde la aparición de los celulares y la popularidad de las redes sociales, muchas personas se han obsesionado con documentar las experiencias y han dejado de vivirlas. Son los que graban un concierto en lugar de bailar al son de la música.

Están quienes van de vacaciones parapetados tras un celular, estableciendo un filtro entre la realidad y su persona. Al grabar cada momento, dejan de concentrarse en la experiencia con suficiente detalle como para formar recuerdos que puedan retenerse. Recopilan toneladas de videos y fotos, guardan una réplica del pasado. Pero es incapaz de vivir lo importante y desechar lo superfluo.

Reflexiona Ranganath que cada vez más externalizamos la información a teléfonos y nubes, lo que puede reducir la presión para codificar algunas cosas, pero también nos reencontramos con fotos y mensajes que pueden reactivar y remodelar recuerdos. En palabras suyas, el patrón de lo que revisamos – y, por los tanto específico, lo que se estabiliza – podría estar cambiando debido a esto. “Creo que esto sería una pregunta muy importante curiosa y válida y debería estudiarse en la vida real”.

Los recuerdos, de alguna manera, nos dicen quiénes somos, quiénes fuimos, cómo nos entendemos y nos narramos. “Construir nuestra identidad a partir del subconjunto específico de experiencias que el cerebro ha elegido conservar y resaltar, por lo que cambiar los recuerdos que se estabilizan puede cambiar la historia que nos contamos sobre nosotros”, resume Ranganath.

Funes el memorioso 

Hablando de recuerdos es bueno citar al escritor argentino Jorge Luis Borges, que también lo señala el autor del referido artículo. Narra la historia de un gaucho uruguayo (Funes) que tras un accidente de caballo desarrolla una memoria absoluta. Recordar un día le llevaba un día entero, pues en su mente se acumulaban todos los detalles en su más detallada trascendencia.

La memoria, hoy muy olvidada por las nuevas generaciones, está haciendo daño en el proceso de formación de la niñez y la juventud. Esta es el soporte en el que nos apoyamos cuando se plantea una discusión de un tema cualquiera con los compañeros del colegio y la universidad. Es sano reivindicarla. 


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