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Niñez sin afecto, proclive a la guerra

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sábado, 3 agosto 2024

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“Siembra en los niños ideas buenas, aunque no las entiendan… Los años se encargarán de descifrarlas en su entendimiento y de hacerlas florecer en su corazón”: María Montessori (1870-1952).

La guerra es algo que atormenta a la humanidad, excepto a los que controlan el poder económico, la industria armamentística y a quienes ingenuamente se involucran en los conflictos como actores que van de “carne de cañón”. Unos por un sueldo, otros por fanatismos, y están los que se alistan a la guerra por defender una patria, en la que sus dirigentes no han hecho nada por ellos. ¿Por qué la guerra? ¿Por qué hay niños proclives a la guerra? ¿Qué relación hay entre la violencia y los afectos que recibe la niñez? Esos interrogantes tendrán la respuesta de un neuropsiquiatra.

Se trata del francés Boris Cyrulnik (1937), quien el pasado domingo escribió para el periódico El País de España, el artículo que en portada tituló: “Malas hiervas”, y que a manera de introducción expresa: “La falta de amor tiene un efecto devastador en el cerebro del niño, huérfano durante el holocausto -. Y guarda relación con la violencia extrema de la guerra”. En esta entrega dominical nos proponemos presentar algunas ideas expresadas por Cyrulnik, considerado el ‘padre’ de la resiliencia. Es pertinente iniciar con esa idea. 

Afirma: “la clave para crear sociedades altruistas, empáticas y resilientes es la ‘segurización’, es decir, la creación de un entorno seguro y afectuoso para el niño, tanto en su hogar como en la escuela, desde los primeros años de vida”. Tanto en Colombia como en otros países, la escuela se convirtió en un espacio en donde no quieren estar muchos niños, por el problema del matoneo – o bullying -. Hasta suicidios ha habido. El fenómeno se caracteriza por asignar sobrenombres, apodos, dañar sus pertenencias, robárselas o esconderlas; se forman grupos para ejercer poder, e intimidar a los demás. 

Como antesala al artículo, se presentan tres frases de ilustres personajes: Sun Tzu (alrededor del 500 a. C.), militar y filósofo chino; el físico Albert Einstein (1879-1955) y el poeta francés Paul Valery (1871-1945).  “La mejor victoria es vencer sin combatir, y esa es la distinción entre el hombre prudente y el ignorante”: Tzu. “La carrera armamentista es el mejor método para llagar a un conflicto generalizado, no existe compatibilidad entre la lucha por la paz y la preparación para la guerra”: Einstein. “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen, pero no se masacran”: Valery. 

Matar sin sentirse culpable 

Cyrulnik inicia expresando que “no hay nada más natural que una pelea. No hay nada más natural que la guerra. Ante una pelea, los humanos tenemos las mismas reacciones que los animales; cuando un desconocido Aentra sin avisar en casa, cuando un vecino se apodera de un trozo de nuestro terreno, cuando un depredador amenaza a nuestros hijos o cuando entablamos una rivalidad con alguien que posee un bien que nosotros no tenemos”. Los casos anteriores son diferentes a la guerra. 

Al respecto explica el neuropsiquiatra: “una guerra es distinta: hay que planificar, reunir hombres, proporcionar armas de alta tecnología y, sobre todo, encontrar las palabras apropiadas para justificar el fanatismo que haga que los soldados se sientan orgullosos de matar sin sentirse culpables. Esa es la condición humana, la de las herramientas y el lenguaje”. 

Más adelante señala: “mi cerebro humano me permite vivir y habitar en un mundo de representaciones separados de la realidad palpable que, sin embargo, siento en lo más hondo de mi ser. (…). Siento intensamente unos hechos que quizás no existen en la realidad, pero de los que me construyo una representación que me domina. Me pongo en manos de lo que construyo, me lo creo y tomo las medidas correspondientes. (…) un ser humano, con el lóbulo prefrontal – base de la anticipación – conectado al sistema límbico – la base neurológica de la memoria y de las emociones -, tiene la capacidad de vivir en un mundo invisible que le ocupa la mente”.

Según Cyrulnik, “así se instalan los seres humanos en los mundos maravillosos o terroríficos que no dejan de inventar. Cualquiera puede rebuscar su pasado y encontrar motivos para amar al prójimo o para justificar su muerte”. Él cita varios ejemplos, tales como que los protestantes tienen motivos para vengarse de los traidores católicos; los judíos podrían atacar todos los países en los que han sufrido persecuciones y las mujeres están en su derecho de asesinar a los hombres.

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¿No es delito matar?      

En criterio suyo, “esta manera de abordar el problema de la violencia nos lleva a proponer dos posibles orígenes: uno, vinculado al desarrollo del cerebro, indica que un ambiente empobrecido por la falta de afecto provoca una disfunción cerebral en un organismo, que se vuelve incapaz de controlar sus impulsos: ese es el origen de las peleas. El otro nace de una quiebra de la verbalidad o de un lenguaje totalitario que impone la verdad única, la del líder. El mundo de las palabras, también empobrecido, crea una representación sin alteralidad en la que no es delito matar a alguien que no es humano: de ahí surge la guerra”. 

De acuerdo con los argumentos de Cyrulnik, “durante siglos, el discurso colectivo ha plasmado el desarrollo del niño mediante una metáfora vegetal. Cuando un niño se desarrollaba bien, la semilla era buena, pero cuando la evolución era mala, el chico era una mala hierba. Con esa metáfora no se involucraba a la familia ni a la sociedad ay se proponía un remedio posible: arrancar esa mala hierba. Y eso es lo que se hacía con los niños violentos, más con los niños que con las niñas”. El neuropsiquiatra nos recuerda que después de la revolución rusa y la II Guerra Mundial, las calles se llenaron de huérfanos y niños sin familia, y algunos de ellos fueron violentos. 

De esa época son las propuestas pedagógicas de Makarenko y Korezak. Ellos demostraron que bastaba con acoger a aquellos pequeños delincuentes en un programa de acciones constantes y organizar debates denominados la República de los Niños para poder estructurar el espacio activo, afectivo y verbal en el que forjar unos lazos que les diera seguridad. En efecto, se dio una recuperación evolutiva, un desarrollo nuevo y positivo después del caos. Como expresa Cyrulnik: “Hoy ese proceso recibe el nombre de resiliencia”.

Recordó que “el giro epistemológico se produjo en 1951 cuando el pedagogo y psicoanalista John Bowlby (1907-1990), presentó su informe a la Organización Mundial de la Salud. Propuso una explicación que combinaba los datos genéticos con los ambientales, cosa que todavía no era muy habitual”. Sin entrar en los detalles del experimento, cosa que sí hace Cyrulnik, y que él argumenta: “era posible establecer una relación de causa y efecto entre la falta de afectos a edad muy temprana, que introduce en el cerebro un factor de vulnerabilidad emocional y la explosión que se da en la adolescencia, cuando más intensos son los impulsos afectivos”. La actitud delincuencial de los adolescentes tuvo una explicación.                          

Impulsos y armas reemplazan la palabra

Nos dice Boris Cyrulnik: “he partido de la experiencia de quienes han vivido el hundimiento físico y ético que es la guerra. Cuando se pierde la palabra, no queda más que los impulsos y las armas. Cuando una desgracia vital empobrece el espacio afectivo que debe rodear a un niño, su cerebro, mal formado adquiere una disfunción que lo aísla y aumenta su sufrimiento. Cuando los relatos que nos rodean se reducen a una declaración única que nos da la satisfacción de entregarnos a la pereza, el debate desaparece y la democracia sufre y se empobrece”. 

Comenta igualmente en tono esperanzador: “afortunadamente, estos problemas individuales y culturales son remediables siempre que actuemos sobre el entorno que influye en nosotros. Tenemos cierto grado de libertad y, por tanto, una responsabilidad sino hacemos algo. Basta con relacionarnos, hablar, visitar otras culturas y descubrir otras jerarquías de valores. La conmoción antropológica que vivimos hoy nos invita a intentar emprender la aventura”. Aclara la traductora del artículo, María Luisa Rodríguez Tapia, que Cyrulnik escribió este documento al hilo de su libro Cincuenta ladrones con carencias afectivas. Peleas animales y guerras humanas. 


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