La guerra no está en el aire, está en las mentes y los cuerpos de las personas que la sufren. Lo que está en el aire son los misiles. Y como dice Marta Gómez, ¡¡¡Para la guerra, nada!!!
*Crónica de la Historiadora Quindiana, residente en Israel
Hasta hoy la guerra había sido siempre para mí un tema ajeno que no me pertenecía, siempre era la historia de otro, el cuento de otro, el problema de otro. Hoy la guerra me toca cerca y aún no encuentro excusas ni razones para los conflictos armados. Será porque antes no había sido víctima o será todo lo contrario, en este momento en Israel todos somos víctimas.
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Eran las 3 de la mañana del jueves 14 de junio cuando sonó la llamada de extrema alerta del teléfono celular, casi inmediatamente me llamó mi hijo para decirme que debía buscar refugio de bombas aéreas y si quería me fuera para su casa, que queda a dos cuadras. Me vestí y caminé rápidamente; cuando llegué a su casa encontré a toda la familia en el cuarto antibombas. Habían cubierto el piso con tres colchones y cada niño tenía su cobija. Yo reorganicé un poco pues se veía que los colchones habían sido tirados de afán y estaban uno sobre otro. Al rato unos de los niños ya se habían vuelto a dormir y los otros seguían conversando. Mi hijo se había puesto el uniforme militar y estaba atento a ser llamado en cualquier momento y mi nuera también vestía su traje de rescatista de MDA (Magen David Adom – Estrella Roja de David) institución similar a la Cruz Roja que existe en Israel, ya que la Cruz Roja aquí solo sirve en las poblaciones palestinas. Mi nuera es una de las líderes para la respuesta médica en nuestro pueblo en caso de emergencia. Para entonces ya sabíamos que la alarma extrema se debía a que Israel había atacado a Irán, habían asesinado a la cúpula militar y a unos científicos vinculados al programa de energía nuclear y también habían dañado algunas de las plantas y laboratorios. Hacia las 4 de la madrugada se levantó la alarma y regresé a mi casa, una cabaña o apartaestudio que da al jardín de la casa de una familia amiga y que alquilé desde enero, cuando me vine a vivir a Israel.

El refugio o cuarto antibombas tiene concreto reforzado en las paredes y en el cielo raso, y las ventanas y la puerta son de hierro. Para obtener permiso de ocupación, el código exige que todas las construcciones deben tener su refugio, bien sean casas particulares o edificios residenciales y comerciales.
El viernes transcurrió relativamente normal, nos juntamos para cenar al atardecer. Mi hijo casualmente estaba en casa para el fin de semana pues había sido llamado como reservista del ejército israelí, para servir en Gaza del 4 de junio al 4 de julio. Hacia las 9 o 10 de la noche sonaron de nuevo las alarmas de los teléfonos y nos dirigimos al cuarto de refugio, ya entonces vi que habían llevado la cuna del bebé y la distribución de los colchones era más amable. En la casa de mi hijo han designado ese cuarto, como el cuarto de juegos, allí tienen los juguetes accesibles en estanterías y el área del centro siempre está vacía. Luego sonó la sirena, los niños tomaron sus cobijas y se metieron al cuarto y lo mismo hizo mi nuera, más no mi hijo, quien salió al jardín del frente y yo salí detrás de él. Irán había respondido con misiles balísticos al ataque de Israel la noche anterior. Los misiles de Irán se demoran entre 8 y 10 minutos para recorrer los 1.500 kilómetros para llegar a Israel. El objetivo del ataque iraní fueron las ciudades de Jerusalén y Tel Aviv. Aunque no estábamos cerca de ninguna de las dos ciudades, nuestro pueblo quedaba en la ruta de los misiles que venían del este hacia Tel Aviv.
Era una noche despejada y con una luna preciosa. Vi unos de los fusiles aproximarse. Pensé que eran muchos, más mi hijo me explicó que estaban lejos y que además no eran tantos, sino que estaban pasando por entre nubes. Los cohetes parecían una polilla gigante, el centro o cuerpo de los misiles era naranja rojizo brillante, como una cápsula con los extremos redondeados y podía verse claramente delineadas las alas negras que iban a lo largo de la cápsula formando un triángulo. A los pocos minutos aparecieron del lado opuesto, del Oeste, los misiles israelitas del domo de hierro que interceptaron los misiles iraníes. Los misiles israelitas parecían bolas de fuego que se movían a gran velocidad. Cuando ya no vi más los unos ni los otros, le pregunté a mi hijo si ya habían sido interceptados y destruidos los misiles iraníes, a lo que me contestó: “No mami, espera y está atenta a lo que vas a escuchar cuando eso suceda”. En efecto, a los pocos minutos empezaron las detonaciones a lo lejos, como truenos en una noche de tormenta, uno tras otro, a cuál más fuerte que el anterior.
Aunque seguíamos en estado de alerta, pero ya no había misiles en el aire, hacia las 11 de la noche me fui a mi casa, hice un poco de meditación y me quedé dormida. Hacia las 5 de la mañana me despertó la sirena pero decidí quedarme en mi cabaña, pues ya había luz en el firmamento y las explosiones habían sonado inmediatamente después de la sirena. No me di cuenta que esa noche habían sonado las sirenas otras dos veces y que en mi teléfono también habían sonado las alarmas. Durante el día hablé con la señora dueña de la casa donde está la cabaña, quién me mostró una puerta exterior al refugio de su casa y me ofreció entrar cuando lo necesitara si no quería caminar hasta la casa de mi hijo.
La noche del sábado volvió a sonar la alarma extrema en el teléfono. Eran las 3 de la mañana de la madrugada del domingo cuando sonó la sirena, me vestí y mientras oía las explosiones causadas por los misiles interceptados y los que cayeron en vecindarios cercanos a Tel Aviv caminé al refugio, a 10 pasos de mi cabaña. Allí me encontré a dos familias en un espacio de menos de 10 metros cuadrados, la madre y las niñas de los propietarios de la casa y el hermano del señor de la casa y su esposa con sus cinco hijos; uno sentados y otros acostados estuvimos en un espacio tan pequeño por más de media hora. Los adultos siguieron los detalles del ataque en sus teléfonos celulares, los chicos adolescentes y pre adolescentes simplemente estaban allí, y las más pequeñitas se movían y abrazaban a sus madres. Yo observaba y pensaba que definitivamente no hay excusa que valga, para tener tantas poblaciones sometidas al temor físico y emocional.
Y así han seguido los días y las noches durante una semana. En cualquier momento del día o de la noche suena la alarma en el teléfono celular que literalmente dice que hay misiles aproximándose al espacio aéreo de Israel, que esté atento para ver si su lugar está en emergencia; unos pocos minutos más tarde suena la sirena del pueblo y suena de nuevo la alarma en el teléfono que dice que se debe entrar al refugio; y todos corremos a los refugios y desde allí escuchamos las detonaciones de los misiles interceptados; después de 30 ó 45 minutos llega el mensaje de fin de la emergencia y que podemos regresar a nuestros hogares. Y todos volvemos a lo que estábamos haciendo antes… o no. Es muy fácil distraerse después de haber sido perturbado de esa manera.
El área donde vivo no está en la mira de los misiles iraníes, más si está en la vía de los misiles que van al este, a Tel Aviv o al sur, a Beer Sheva, por lo tanto si los misiles son interceptados sobre nuestro territorio, caen del cielo partes de los misiles destruidos; algunas pequeñas como el tamaño de un balón de fútbol, pero otras pueden ser tan grandes como un carro. En cada región del país se vive un riesgo diferente.
El impacto físico y emocional de la incertidumbre constante es palpable, tanto individualmente como en las comunidades enteras. Se necesita mucha entereza para no perder la cordura y mantener la esperanza de paz. Para la guerra no hay excusa que valga, y más, para aterrorizar poblaciones enteras.
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