Desde Filandia, se impulsó la creación de colegios dirigidos por las religiosas Bethlemitas en las ciudades de Armenia, Pereira, Marsella y Anserma.
En 1959, cuando yo solo tenía tres años de edad, parte de mi infancia transcurrió en los corredores de un colegio, el regentado por las religiosas Bethlemitas en Filandia, mi pueblo natal.
Los niños de la población fuimos privilegiados porque esta institución nos acogió de manera especial, ya que el Kinder había iniciado solo para las niñas y, tiempo después, se determinó admitir a los varones. Aprovechando aquella circunstancia, nuestros padres ingresaban a sus hijos al plantel para que una maestra abnegada, la Madre María de Jesús Baquero, nos dedicara lo mejor de sus enseñanzas y, lo más importante, nos condujera por la senda de las primeras letras y las iniciales sesiones de lectura.
Gracias a esa religiosa santandereana, que llegó joven a Filandia en 1908 —un año después de iniciado el funcionamiento del colegio—, Filandia entró en el sendero de la enseñanza dirigida por religiosas. Porque antes solo existía una escuela privada, regentada por la profesora Margarita.
Para mí fue más que familiar entrar, todas las mañanas, a esa gran casa, porque había nacido y crecido en otra de bahareque, en el marco de la plaza principal. Esa construcción tenía 15 habitaciones; su disposición era en forma de herradura y, en el centro, había un patio de tierra. En los años cuarenta, mi papá cerró el techo del patio y convirtió la casa en el teatro Bengala, lugar donde hoy se levanta la Casa de la Cultura.
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Por eso me sentía cómodo en el colegio de mis tres añitos y mi espíritu infantil se rebozaba. Igual que ocurría en esa casa inmensa de la plaza de Filandia —donde podía correr por sus largos pasillos y esconderme cuando, con mis primos, apostábamos a cuál llegaba primero a la ventana de uno de sus extremos—, el colegio nos ofrecía también la oportunidad de jugar. En la casa del teatro nos asomábamos por una ventana del corredor trasero y veíamos una palma que había crecido en el patio de atrás, espacio que recibía el nombre de solar.
¡Qué sorpresa para mí cuando llegaba al colegio! Porque, en el recreo, jugábamos también en el corredor de atrás. Pero ya allí el paisaje se engrandecía, ya que mirando a la cordillera veíamos árboles diferentes, entre ellos los yarumos plateados.
La estancia en este colegio se convirtió en mi segundo hogar.
Cuando, ya adolescente, regresé a visitarlo en 1972, mi sorpresa fue mayor al notar que escasos cambios habían ocurrido en su interior y, sobre todo, los espacios donde habían sucedido los momentos pedagógicos con la hermana María Jesús, todavía estaban.
Ingresar a este plantel es para mí volver a la fantasía del bahareque, el material constructivo que está desapareciendo poco a poco en los municipios del Paisaje Cultural Cafetero. Por eso me motivó conocer la historia educativa del colegio, que, por fortuna, encontré en un libro, el que mejor cuenta la aventura de las primeras religiosas bethlemitas cuando llegaron al municipio.
Todo comenzó en febrero de 1907, cuando unas religiosas pernoctaron en la única posada de Filandia, pues venían de Palmira rumbo a Bucaramanga. Cuando el cura de la población, Francisco de Paula Montoya, se enteró de su estancia, les propuso abrir una sede educativa en el municipio.
Entre febrero y agosto fueron intensos los trámites del curita hasta que logró su cometido al obtener la licencia del obispo de Manizales. Se lo hizo saber a la superiora de la congregación en Colombia y, a mediados de agosto de 1907, las primeras religiosas salieron desde Palmira. El día 28, el sacerdote viajó hasta Piedra de Moler (hoy Alcalá), con varios caballos que reemplazarían las recuas que habían salido del punto inicial. Y el 29, muy temprano, partió la caravana hasta Filandia.
Fueron recibidas con vítores por los pobladores. Lo que vendría después es el contenido de otra historia fabulosa, que comprende el desarrollo de los primeros días de fundación del colegio Sagrado Corazón de Jesús de Filandia.
Los inicios históricos
Esta institución ha marcado uno de los más destacados capítulos de la historia local por varios aspectos. Fue la casa matriz en todo el departamento de Caldas. Desde Filandia se promovió la fundación de colegios de religiosas Bethlemitas en Armenia, Pereira, Marsella y Anserma. Desde el primer día de su llegada a Filandia, las monjas emprendieron la labor educativa. Primero lo hicieron en la Casa Cural y, en septiembre de 1907, se trasladaron a la sede donde hoy está el colegio, que todavía se encontraba en proceso de construcción. Siempre tuvo personal de alumnas internas y externas y allí se formaron niñas de todos los municipios del entonces departamento de Caldas y hasta de Cali y Bogotá. El colegio comenzó con 250 alumnas y, en 1934, la estadística del colegio dio un total de 10.390 alumnas. En 1957, el Ministerio de Educación aprobó la primaria de 5 años. En su Kinder, no obstante, desde los años 20 del siglo XX, muchos niños y niñas habíamos estudiado en sus aulas.
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Anselmita Márquez Riaño , la acompañante de las monjas
Fue la mujer sencilla que, sin ser religiosa Bethlemitas, acompañó a las monjas desde Palmira hasta Filandia, en el penoso recorrido por el Camino del Quindío.
Cuando se celebraron los 50 años del colegio, Anselmita era la única sobreviviente de aquella travesía y así contó la llegada a Filandia el 29 de agosto de 1907:
"Había mucha gente que nos aplaudían y felicitaban. Las Madres se formaron a caballo y a mí me echaron por delante con la carguita que traíamos. Aquí nos recibieron muy bien, sobre todo misiá Fulgencia Osorio, esposa de don Lucio Ospina; misiá María Antonia Hernández; misiá Lorenza, no recuerdo el apellido; don Miguel Arias y misiá Rosario Osorio. Allí nos tenían el almuerzo muy bien preparado."
La estructura física del colegio
Desde el punto de vista arquitectónico, este colegio ocupa toda una manzana y su estructura antigua se conserva en finas maderas alrededor del patio central, con cuatro corredores. No obstante, desapareció la cúpula de su capilla, construcción única, levantada también en madera y con pequeñas columnas de barcino, un árbol que abundaba en los bosques cercanos y cuyo empleo también se había dado en la construcción del templo de Filandia entre 1895 y 1905.
Ocurrió que los primeros pobladores descuajaron las montañas cercanas y cargaron los pesados barcinos hasta el centro del poblado, con el objetivo de colocarlos sobre grandes piedras que constituyeron sus cimientos.
El resultado constructivo no pudo ser más que fabuloso, como todo lo que correspondió al levantamiento de las casas de dos pisos del parque principal. Hoy, el templo de Filandia ostenta una nave central soportada por columnas redondas —que en realidad son los barcinos originarios—, las que tienen un redondel precioso que a la vista confunde al visitante, pues debe motivarse a tocarlos para constatar el material de la madera del bosque profundo.
Mientras tanto, la capilla del colegio, desde 1907, fue ideada con el mismo estilo. Para lo cual se trasladaron barcinos más pequeños para destinarlos a ser sus columnas. Cuando se refaccionó el templo principal en 1928 —lo que generó que se levantaran las tres torres románicas que actualmente tiene ese monumento religioso de bahareque y madera—, se determinó añadir una torre a la capilla del colegio. Fue similar a la del templo principal. Se levantó también una gruta en piedra escogida de río, con una imagen mariana, la cual estuvo en la esquina sur del patio interno.
Lamentablemente, la única cúpula de la capilla y la gruta fueron desmontadas después del año 1958.
Hoy, el colegio del Sagrado Corazón de Jesús de Filandia, junto con su capilla, es el mayor testimonio de construcción educativa levantada en materiales vernáculos.
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