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20 años sin ‘Campitos’ en Pijao y la remembranza de otros personajes populares

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domingo, 25 junio 2023

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Dentro de la idiosincrasia de cada municipio existe algún personaje que alegró sus calles y se convirtío al pasar los años, en un referente de su historia. 

No conocí a Campo Elías Espinosa, más conocido como ‘Campitos’, el apodo cariñoso que tenía un simpático hombre del municipio de Pijao. Y no hace falta tener en cuenta la presencia física de alguien que fue amado en el entorno pueblerino, si contamos con la crónica escrita sobre él. Eso da luz a la impresión que tengo de ese municipio cordillerano, porque está ligada a tan singular personaje. Como lo refleja Lilia Pérez (‘Repollito’) con Armenia. O ‘Fabiolita’ y ‘Cobaco’ con mi pueblo natal Filandia. En muchos municipios de Colombia las fotos, caricaturas, óleos o cuadros relacionados con ellos se exhiben en los lugares más destacados -incluso en el despacho del alcalde- para representar con ese gesto que no se puede ignorar la historia de los hombres y mujeres que alegraron la vida de sus habitantes.  

La reseña de ‘Campitos’ (por lo que se nota era el diminutivo de su nombre) fue publicada en un ejemplar de La Crónica del Quindío del mes de mayo de 2003, hace 20 años. Era más bien una nota luctuosa. Su texto dejó ver la faceta del personaje y el reclamo de la ciudadanía por las condiciones en las que murió, así como el triste entierro de sus restos mortales. Como ocurre en muchas ocasiones, esos inolvidables juglares de la vida callejera no reciben los honores ciudadanos, después de su muerte. Pareciera que su vida también le importaba muy poco a las autoridades y a varios fragmentos de la población. 

El escrito redactado por el columnista Vidal Peña, en la sección titulada ‘Trilladora’, tenía el título más desalentador, ‘Muere un personaje típico en Pijao” y ello llenó de indignación a muchos, porque la nota de prensa informaba las condiciones de su hospitalización, a finales de abril, y de su muerte en los primeros días de mayo, todo en medio de una soledad infinita. Señalaba que “duró 5 días sin que nadie fuera a reclamar ni a preguntar por él”. Tremenda realidad que se vive con la suerte de esos gozados juglares, que alegraron, con sus miñocos o expresiones orales y corporales, el escenario de la cotidianidad en todas las localidades – citadinas o corregimentales – de las regiones. 

La última parte de la noticia; sin embargo, alegra a renglón seguido al lector, con la siguiente sentida descripción de su humanidad: 

“…Campitos era de buena contextura física, se lo pasaba haciendo mandados a todos los que lo solicitaban. Cuando no lo ocupaban, él con mucha humildad pedía comida y las gentes bondadosas siempre se la daban. Se caracterizaba porque le gustaba mucho los cunchos de cerveza. Gozaba siempre al lado de los tomadores de trago. A Campitos nunca se le veía triste, siempre estaba alegre y de buen humor, era cantante, poeta y deportista. Cantaba con mucha frecuencia “Guadalajara en un llano, México en una laguna” y las notas de “Ya se cayó el arbolito donde dormía el pavo real”. Cuando competía en ciclismo su camiseta era de un costal. Ahí le colocaban su número respectivo, también jugaba fútbol y marcaba goles. Campitos nunca se fue de Pijao y yo creo que la primera y última salida de Pijao fue el 22 de abril de 2003, rumbo al hospital de Armenia y para nunca regresar”. 

La anterior es una semblanza significativa, muy parecida a la de otros hombres y mujeres de pueblos circundantes. Aunque cada historia pequeña es muy particular, solo endilgada a tan curioso protagonista que la gestó, con gracia o con disparate, como es el mundo del personaje popular. En el caso de Campitos, no podía faltar la descripción de su acompañante, su perro negro. Lo siguiente corresponde al último párrafo de dicha columna de prensa: 

“…Desde hacía unos 10 años para acá había cogido la costumbre de cargar un costal, uno o dos azadones y se hacía acompañar de un perro preferiblemente negro. El último que lo acompañó fue posiblemente la causa de su muerte, lo quería mucho y compartía con él toda su comida. Con él dormía, el perrito se mantenía gordito y cuidaba mucho a su amo. Pero un mal día alguien lo envenenó. Campitos decía que a su perro lo había mordido una culebra y que de eso había muerto, nunca se supo la verdad. A partir de ese suceso Campitos entró en un estado de decaimiento y depresión y murió”. 

Triste final, como también es deplorable la ausencia de una tradición escrita, a manera de crónicas o relatos, para visibilizar la vida de estos personajes. Pocos escritores colombianos lo hicieron. Entre ellos estuvieron José María Cordovez Moure, el gran cronista de las “Reminiscencias de Santa Fe y Bogotá” y Ernesto Vidales, con un importante escrito titulado “Sombras a cincel”. La fuente de estos datos es el ejemplar de Lecturas Dominicales del periódico El Tiempo del 31 de julio de 1988, con uno de sus artículos titulado ‘Locos de pueblo’, escrito por Pedro Claver Téllez, el cronista que, días después, publicaría su libro dedicado a los personajes más emblemáticos de Bogotá y que también tiene un título curioso, ‘Biografía del disparate’. Mientras Cordovez, en 1918, se refiere a Manrique, Susunaga, Chepecillo, Lasso de la Vega y Gonzalón, los simpáticos personajes de la Bogotá de mediados y finales del siglo XIX, Pedro Claver Téllez incluye en su obra las semblanzas agradables sobre el doctor Goyeneche, la Loca Margarita, el bobo tranvías, Cuchuco y otros risibles hombres y mujeres del siglo XX, que trasegaron las calles de la capital de la república. 

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En los 12 pueblos del Quindío y los 4 municipios del norte del Valle del Cauca -Alcalá, Caicedonia, Sevilla y Ulloa, tan quindianos de corazón- sus escritores de monografías han incluido en sus provincianas publicaciones las simpáticas alusiones a sus personajes del gozo y el disparate. Solo dos autores han publicado obras relacionadas exclusivamente a ellos. Son Gloria Chávez, con su novela “Cuajada conde del Jazmín” Universidad del Quindío, Armenia, 1989) y Noemí Pinto Arias con su libro titulado “Perlas del Roble. Personajes típicos de Montenegro” (Editorial Kinesis, Armenia, 2010). El personaje de Chávez es tal vez el más estrafalario de todos los que ha tenido el Quindío. Su nombre de pila era Julio César Cardona, emulaba a otro personaje del humor nacional, el Conde de Cuchicute, se creía abogado, aunque era talabartero. Se vestía con trajes vistosos, colocaba flores en el vestido elegante y usaba pañuelos de colores. De él, Alfonso Valencia Zapata, en el Magazín Satanás (Armenia, julio de 1992) dice lo siguiente: 

“Lo motejaron Cuajada porque era costumbre, en su trabuco de talabartería, revolver la leche y cuajarla. Este alimento que “me pone tenso” le trajo el sobrenombre”. 


El Doctor Cuajada.

Mientras que, en su obra, Pinto Arias se refiere así, en otro de sus libros, a “María Perros”, uno de los 33 personajes referidos en su obra de 2010: 

“…era una mujer de mediana estatura. Llevaba siempre un tabaco en su boca y con el dinero que recibía por oficios de limpieza de pisos de madera, cuidaba los perros callejeros que la acompañaban en su tierra natal (“En: “Montenegro cien años (1890 – 1990)”, Artes Gráficas Don Quijote. Pereira, 1990). 

Mencionar a otros hombres y mujeres del disparate en las localidades de la Hoya del Quindío daría -con sus anécdotas y relatos- el contenido de varias columnas de prensa. Porque ellos hacen parte de la construcción identitaria de sus lugares de nacimiento y habitación. Solo que hay algunos que poseen una carga simbólica enorme en cada uno de los municipios y es necesario nombrarlos: 

Repollito, el personaje más querido de Armenia. Su figura pequeña aparece en el gran mural del artista Antonio Valencia Mejía, en el vestíbulo amplio de la gobernación del Quindío. 

En Filandia Humberto Molina “Cobaco”, un símbolo ecológico y de limpieza, pues barría Las calles de Filandia con su escobita. Y también en este pueblo, todavía vivo, Óliver, simpático hombrecito que camina rápido y agitado. Dos sendos cuadros, pintados por la artista local Adriana Cuartas muestran no solo el talento de la pintora, sino el realismo de los rostros de ambos personajes. 

En Salento, el viejo “Arnello Willyz” posa para todo el mundo, con musarañas y besos que envía a diestra y siniestra

“En Génova, a Bernardo Gutiérrez le dicen “Rey Pereza”. Se trata de un personaje somnoliento que se duerme en cualquier parte, pero cuando está despierto no se para ni siquiera para recibir alimentos (“En Diario de Colombia, separata del año 1998). 

También en Armenia, el más singular, el Mocho Jaramillo, comisionista, al que debieron amputar sus dos piernas y cabalgaba en su rocinante, elegantemente vestido, habiéndole fijado avisos de venta y permuta sobre el lomo del caballo. Sus fotos, muy especiales, rondaron los periódicos y revistas de Colombia en los años cuarenta y cincuenta. 

El Mocho Jaramillo, en Armenia.

En Sevilla y Caicedonia muy conocidos fueron “Margarito” (Ramón Evelio Valencia) y Nicolás Giraldo (“el patojo Nicolás”). El primero, en Sevilla arengaba y pronunciaba fogosos discursos frente al busto de Jorge Eliécer Gaitán en el parque de La Concordia. Y el patojo Nicolás reunía a la población, con una bocina en la mano, para representar el papel de voceador del testamento de Judas en la Semana Santa de Caicedonia.

 


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