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El parque de Los Fundadores es una muestra de las aspiraciones que tenían sus habitantes para la ciudad, 60 años atrás, de los cuales varios ideales siguen vigentes. 

Se cumplen 60 años de la inauguración de uno de los parques más bellos de la capital del Quindío, llamado de ‘Los Fundadores’. Y también se recuerda que hace 6 décadas salió a circulación la primera guía turística de la población progresista que llevaba con orgullo el apelativo de la ‘Ciudad Milagro’, como la llamara el poeta Guillermo Valencia a finales de la década de los años veinte. 

La celebración central, la del parque, obliga a recordar fechas y procesos anteriores al año 1963. Es en 1959 cuando el concejo municipal ordena “la construcción de un parque de recreo y ornato, en el sitio conocido como La Divisa, en la Avenida Bolívar que llevará el nombre de Parque de los Fundadores”. De acuerdo con esta anotación, extraída del libro ‘Armenia y su concejo, cien años de vida administrativa’ (Optigraf, Armenia, junio de 2003), vemos que, en el recuento realizado por los autores -en cuanto corresponde a los Acuerdos más importantes del Cabildo de Armenia- esa fecha de finales de los cincuenta determina el comienzo de una etapa importante para la ciudad. Ello, en el sentido de proveer a los ciudadanos de un espacio hermoso y significativo, que además permitiera recordar a los cuyabros la gesta de fundación. En secuencia, a los actos que rememoran la historia, también se da otro en 1962, cuando se emite otro Acuerdo por medio del cual “Se adopta el escudo de la ciudad de Armenia, Caldas”. El emblema que allí se representa es la escultura del tronco y el hacha y que otrora había estado expuesta al interior del cementerio San Esteban. Cuando este espacio funerario fue demolido, esa obra del maestro Roberto Henao Buriticá se trasladaría al parque de Los Fundadores, donde actualmente se constituye en el principal monumento

La adaptación del parque de Los Fundadores obedeció a la iniciativa de la oficina de Valorización de aquella época de 1963, cuando el alcalde de Armenia era don Roberto Restrepo Escobar y el presidente de la junta directiva de Valorización era el doctor Jorge Arango Mejía. La oficina de Valorización había sido organizada por medio del Acuerdo número 22 de octubre de 1943. Además de la construcción de aquel moderno parque de entonces -cuyos anteproyectos estuvieron a cargo del escultor antioqueño Jorge Marín Vieco- esa dependencia tenía otras atribuciones, en el sentido de realizar obras importantes como eran el alcantarillado, la construcción de vías, ensanche de calles y carreras, apertura de avenidas, arborización y cualquiera otra obra que fuera de interés público local. 

En el parque se encuentran, además del citado ‘Monumento a los fundadores’, representado en el tan criticado símbolo del tronco y el hacha (un  antisímbolo para muchos habitantes), los siguientes tres aspectos escultóricos y simbólicos: 

– El monumento a Jesús María Ocampo, el Tigrero-. De su construcción y levantamiento se despertó mucha polémica, además de haberse vandalizado en varias ocasiones. Fue levantado por el escultor Orlando Londoño Hidalgo y en su base estuvieron las cenizas del fundador de Armenia y su esposa Arsenia. En una segunda etapa de levantamiento escultórico, después de una discusión sobre el posible acto irrespetuoso que se cometió con el retiro de los restos cinerarios, uno de los últimos alcaldes depositó de nuevo las cenizas en el sector oriental del parque, donde otras placas recordatorias se muestran en homenaje a la fundación de la ciudad. 

El monumento ‘al árbol del amor’-. Es esta una interesante obra, compuesta por el viejo tronco de un corpulento caracolí, una de esas especies arbóreas que abundaba en los frondosos bosques de la hoya del Quindío en la época de fundación de pueblos. El texto que aparece en una de las placas situadas al lado del monumento, nos indica la posible gestación de una versión de la inventiva popular, consistente en señalar la oquedad del árbol como el escenario de un suicidio amoroso del pasado. Es una historia que pudo resultar de la imaginación mítica y que -real o no- le imprimió el sentido de leyenda al llamado también ‘Árbol de Maravelez’, porque fue traído el talado tronco desde el sector de La Tebaida y reinstalado en la zona norte del parque. Existe un sustento fotográfico de dicho árbol, cuando estaba todavía en el espacio rural, que parece corresponder a la realidad de su verdadero sitio originario. Lo menciona y lo trae a colación el escritor José Jaramillo Vallejo en su libro ‘El reloj de mis recuerdos’ (Imprenta y Editorial Antares, Bogotá,1952) y se refiere a dicho árbol en los siguientes términos, añadiendo que el testimonio fotográfico es notable, pues corresponde a la gran abertura del caracolí que se encontraba en la finca de su propiedad, llamada ‘El Arco’ y es del tamaño que presenta el tronco mutilado del parque de Los Fundadores: 

“En abril de 1920 compré a don Santiago Vélez ‘El Arco’, con un área de trescientas cuadras… El nombre de ‘El Arco’ lo trajo la Naturaleza. Un árbol de poco follaje, que se conservó mucho tiempo después de la tumba, ostentaba, formada por una raíz adventicia, un enorme arco, por donde cabía un hombre a caballo” (página 151). 

– La placa de mármol-. Escondida, por causa de la capa de moho que la cubre -a falta de limpieza constante- en este monumento se imprimieron los nombres de otros fundadores de Armenia. Pero permanece escondida y poco visible en el espacio donde inicialmente se colocó. 

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Otras placas, igual de importantes, así como las magníficas pinturas del artista Henry Villada, ornamentan los muros internos. La ausencia de un reconocimiento permanente de estos símbolos -que podrían divulgarse a través de una visita guiada- los sume en el olvido, pues los transeúntes pasan a su alrededor sin detallarlos e interpretarlos. 

En 1963 salió a circulación la primera guía turística de Armenia. Es en realidad un libro de regular formato, de 216 páginas que -como cosa curiosa- no aparecen numeradas. Pero contienen información valiosa sobre Armenia de ese año. En su portada aparece una foto de la estatua de Bolívar y, al fondo, la antigua catedral de bahareque. En su contraportada aparece la maqueta del moderno edificio del Banco de la República, que se estaba construyendo para la fecha de publicación del libro por parte de su editor, Francisco Luis Gallo y en edición realizada por la Imprenta Departamental de Caldas, bajo la dirección de Miguel A. Capacho. 

En la página inicial, así reza el primer párrafo: 

“La presentación de esta Guía Turística tiene la noble finalidad de entregar a sus lectores, en forma nítida y agradable, las cuestiones sobresalientes que benefician a nuestra ciudad, en los diferentes aspectos del urbanismo, lo cívico, progreso intelectual y moral y el avance en todos los órdenes de nuestra vida municipal”. 

En efecto, trae el libro, a manera de Guía Turística, mucha información, fotos de obras de infraestructura, personajes y reseñas de empresas y locales comerciales de la época, que traslucen el interés de sus editores por mostrar la pujante ciudad. Como también lo señalan las últimas dos líneas del pie de foto de su portada: “…A la sombra de sus símbolos, Armenia avanza hacia el porvenir y afianza su destino en el orgullo vital de su pretérito soberbio”. 

Pero el texto que más llamó la atención de su contenido aparece en dos de sus páginas finales. Es un escrito del humanista Alirio Gallego Valencia, titulado ‘Armenia, ciudad de turismo’ y del cual transcribo dos de sus párrafos: 

“El turista nacional o extranjero encuentra en realidad muchos atractivos para visitar a Armenia. En la vía que comunica al centro colombiano con el occidente, ocupa el privilegio de ser la sede de la mayor zona cafetera, que es la industria básica colombiana. El paisaje que circunda a la ciudad y al Quindío es paradisíaco y los atardeceres son famosos por su particular gama de colores. La carretera que lleva al aeropuerto El Edén hace gozar de un ambiente virgiliano y la campiña, que se extiende al lado y lado de la magnífica avenida, solo es comparable con la belleza de los mejores cuadros de Inglaterra o Francia”. 

“…Hacia el norte, la ciudad se extiende con vertiginoso avance a lo largo de la Avenida Bolívar, que es el paseo ideal para los automovilistas o peatones que deseen gozar de esta olvidada costumbre tan característica en las grandes ciudades y no establecida en las muestras”. 

Cuando el escritor Gallego Valencia publicó estas líneas -que también aparecieron en una columna del diario El Espectador del día 26 de octubre de 1963- Armenia había acabado de celebrar su fiesta aniversaria y todos estaban disfrutando el solaz del recién inaugurado parque de Los Fundadores. Es indudable que la prosa del columnista estaba inspirada en la tranquilidad de su recorrido. Pero algo más refleja dicho escrito. Por primera vez se hablaba del turismo como visión de la región. Aunque esa temática ignorara la otra faceta de la ciudad, la de las casas quintas del barrio aledaño, el Alcázar. O las construcciones tradicionales de bahareque que todavía presentaba el centro de la futura capital del Quindío. 

No era posible concebirlo de manera diferente. El turismo se fundamentaría en la nueva ciudad, la del cemento, olvidando lo vernáculo. Y es por eso que la proyección que tenía la Oficina de Valorización de Armenia -en 1963 y los años posteriores- era la de seguir construyendo la nueva infraestructura, la del tan ansiado “progreso”. Las siguientes líneas fueron publicadas en una edición especial del diario La Patria de Manizales, preparada por Luis Yagari el 12 de octubre de 1969, cuando estaba cumpliendo la ciudad los 80 años de fundación y 3 como capital del nuevo departamento. En el artículo titulado ‘Armenia se ve crecer’, el texto se refiere al criterio del gerente de Valorización de entonces, el doctor Rafael Jaramillo Betancur: 

 “Armenia se ve crecer. Están construyendo el puente de La Florida, en la salida hacia Calarcá, de trescientos metros de largo. La Catedral, con las líneas más puras y en un estilo de Catleya. Sus torres parecen pétalos… El palacio de gobierno está reuniendo los materiales. Más allá están construyendo un teatro… Los ranchos de bahareque que retratamos hace un año, ahora son lindos edificios. Guaduas hacia arriba y obreros pegando ladrillos, forman el paisaje por todas las calles. La locura es colectiva. Armenia es una ciudad en construcción. Han resuelto cambiar el pueblo por la urbe”. 

Expresiones que reflejan el desprecio por lo tradicional -contenidas en las anteriores líneas- pero que siempre han justificado que Armenia fuera llamada la Ciudad Milagro. 


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