Las repercusiones del “bogotazo” también se sintieron en las ciudades de Armenia y Calarcá.
El abogado Luis A. Toro Osorio – quien fuera magistrado del Tribunal Superior de Armenia- fue uno de esos quindianos que se destacó por su capacidad de escritura en diferentes contextos. A mis manos llegaron dos libros de su autoría, ‘Almanaque Político. El 9 de abril, hechos del bandolerismo’ ( Imprenta de Amanecer, 1960) y ‘Narraciones del sur, El Putumayo’ (Tipografía Actualidad, Armenia, 1962). Con relación a la primera obra escrita por Toro Osorio, y por la importancia de los acontecimientos históricos que hoy recordamos, me permito transcribir el relato de los hechos nefastos sucedidos en dos municipios del Quindío ese 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán.
Las repercusiones del “bogotazo” también se sintieron en las ciudades de Armenia y Calarcá. Es polémica su publicación, pero se debe destacar la importancia histórica de este relato, poco conocido en el medio regional.
El fragmento está inserto en el tercer capítulo de ese controversial libro, bajo el título ‘El pavoroso 9 de abril’:
“…Armenia sufrió en carne viva la destrucción y la ruina de su floreciente comercio. Más de 60 almacenes de mercancías al por mayor, ferreterías, abarrotes y comercios fueron saqueados. El cuartel de la policía fue atacado con especial furia y cada minuto estallaban bombas de alto poder, reventando los pavimentos. El fuego de rifles, revólveres y otras armas daba al fatídico espectáculo, en medio de los abajos y de los insultos más soeces y grotescos, la más tétrica visión de muerte.
El capitán Antonio Gaitán, hombre valeroso y sereno, dirigió la defensa de las armas oficiales, muy numerosas porque está en Armenia la sede de la dirección de la policía del Quindío, las cuales de haber caído en manos de las turbas habrían hecho más terrible, más cruento y más salvaje el asalto, y tal vez así la ciudad hubiera sido destruida por completo.
De Armenia partió, al empezar la noche del 9 de abril, el pundonoroso y valiente oficial del ejército en retiro, capitán Pedro González, hacia Pereira a solicitar para su ciudad el envío de tropas del grupo de artillería “San Mateo” acantonado allí. Sabedores los amotinados de que el capitán González había salido en busca de auxilio, lo siguieron hasta Circasia y allí esperaron su regreso. Efectivamente de Pereira se despachó un destacamento de soldados, pero el capitán González, hombre sin miedo pero con notable imprevisión, se adelantó a la tropa, no obstante había sido advertido que debía viajar con el contingente. Y para entrar a la población de Circasia se le dijo que corría peligro al pasar por el poblado, pues se oían los gritos y los disparos constantes. El capitán dio orden a su chofer de seguir adelante y al entrar a la plaza recibió una nutrida descarga que perforó el automóvil y que hirió mortalmente al militar, quien sobre el hombro derecho de su chofer empezó a desangrarse, habiendo sido muerto su otro acompañante. El automóvil siguió su carrera hasta unos dos y medio kilómetros hacia Armenia y en el punto de La Florida, contra una barranca, se estrelló el vehículo. A poco rato el destacamento del ejército encontró el cadáver del capitán González y continuó luego su entrada a la ciudad. Una lápida de mármol blanco, incrustada en el barranco, recuerda el episodio al viajero.
En las calles 20 y 21, aledañas al cuartel de la policía de Armenia, continuó el formidable tiroteo hasta la madrugada del 10 de abril, y se oían con regularidad las explosiones de la dinamita empleada en el soberbio ataque de la revuelta, hasta las cinco de la mañana. Mientras tanto, las gentes asaltaban y robaban los almacenes y sólo se libraron aquellos en cuyas paredes, puertas y ventanas, se trazó una raya roja, distingo mediante el cual la multitud sabía que, siendo de propiedad de un afiliado al liberalismo, serían respetados. Así sucedió en la noche de Herodes, cuando fueron acuchillados los niños por mandato del Emperador.
El sacrificio del capitán González no fue inútil, porque mediante el ejército se salvó la ciudad, condenada a ser implacablemente destruida.
En Calarcá, pocos momentos después de la una de la tarde, las gentes se agolparon en la esquina de la plaza de Bolívar y de un balcón se oyeron las arengas de la multitud. Al poco tiempo se formó la Junta Revolucionaría, para obedecer la orden de Bogotá que pregonaba “Últimas Noticias” y se hizo el nombramiento de alcalde, secretario, jefe de la policía y director de la cárcel. Telefónicamente se exigió al teniente Reinel Gómez A. la entrega del cuartel, pero el oficial repuso: “Aquí estoy para cumplir con todo mi deber, defenderé hasta el último momento al gobierno con las armas que de él recibí, pero si consideran oportuno pueden avanzar hasta aquí. Tendrán que pasar por encima de nuestros cadáveres”, a lo cual siguió una brillante organización. Al poco momento llegó la noticia de que habían sido muertos violentamente dos agentes de la policía entre el Banco de Colombia y la plaza de Mercado, uno de ellos por un poderoso taco de dinamita.
Ya para entrar la noche el oficial Gómez Arbeláez resolvió defender también la ciudad, porque desde las cuatro y media de la tarde se iniciaba el saqueo, habiendo sido rotas las puertas de un almacén de abarrotes y ferretería y sacando armas y objetos de valor. Las puertas de varios almacenes y tiendas de conservadores estaban siendo violentadas por las turbas para ser saqueadas, ante lo cual el propio Oficial, en su jeep, salió al frente de un piquete de policía dirigiendo a los fieles guardianes del orden, recogiendo heridos en medio de las balas. Desplazó a siete agentes en la plaza principal, con orden de hacer fuego, primero al aire, con lo cual los revoltosos desocuparon la plaza para refugiarse en las bocacalles y seguir disparando.
Fuertes detonaciones siguieron por varias horas más y la dinamita dejaba oír su terrible explosión. El alcalde revolucionario y sus hombres se tomaron el edificio de las galerías, donde empezaron a despachar, a dictar decretos, suplantando al legítimo representante de la autoridad. La policía leal permaneció a la altura de su sagrada misión y dominó prácticamente el movimiento más o menos a las once de la noche del 9 de abril. De esa hora en adelante se oían disparos esporádicos de revólver en las afueras de la ciudad, pero la policía mantenía a raya a los revoltosos. El 10 de abril la autoridad empezó a detener a los principales dirigentes del amotinamiento y la Alcaldía fue recuperada a la una y media de la tarde, siendo reducidos a prisión el alcalde revolucionario, su secretario y otros personajes”.
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- Fuertes detonaciones siguieron por varias horas más y la dinamita dejaba oír su terrible explosión.
- Más de 60 almacenes de mercancías al por mayor, ferreterías, abarrotes y comercios fueron saqueados.
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