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Un recorrido por los agüeros y supersticiones de fin de año en el Eje Cafetero revela cómo estas creencias, heredadas de la tradición popular, siguen vigentes en la vida cotidiana y reflejan la relación entre cultura, memoria, religiosidad y prácticas simbólicas que acompañan el cierre y el inicio de cada ciclo anual.

El fin del año y el comienzo del nuevo ciclo de 365 amaneceres están cargados de emociones, de esperanzas y de algo que ha acompañado a la humanidad por siempre: el deseo de permanecer con bienestar y fortuna.

Esto se explica a través de la superstición. Y es precisamente este estado de ánimo el que ha llevado a las generaciones a un estado de paroxismo que ni la misma ciencia y el razonamiento han podido desterrar.

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Se volvió costumbre que, a finales y principios de cada año, los periódicos y las revistas publiquen cuáles son esas supersticiones que marcan la tradición de los pueblos. En el periódico El Colombiano de Medellín, del sábado 29 de diciembre de 1973, se publicó un curioso artículo titulado “HISTORIA MILENARIA DE LA SUPERSTICIÓN”, escrito por la italiana Edvige Bernasconi. No solamente hace alusión a las creencias que dan lugar al origen de las supersticiones, “un fenómeno tan antiguo como el mundo”, sino que trata de explicar por qué los amuletos y los talismanes alimentan las situaciones humanas. Portarlos es vital en la vida de muchos personajes. Y, así, hace una relación de muchos personajes célebres de la humanidad que acuden a esos menesteres. Y, por supuesto, a quienes los acompañaron las supersticiones:

“Julio César no se separaba nunca de un amuleto que representaba a la Venus Armada. Napoleón confiaba en los poderes sobrenaturales de un escarabajo encontrado en Egipto, en la tumba de un faraón. Sarah Bernhardt dormía en un lujosísimo ataúd. Alejandro Dumas escribía solo en papel azul y Schiller trabajaba teniendo los pies sumergidos en un platón lleno de hielo, mientras que Rousseau se cubría la cabeza con heno fresco. Durante la Segunda Guerra Mundial, el general Eisenhower mantenía en el bolsillo una moneda de oro y la tocaba antes de iniciar cualquier acción. Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, se liberó de una estatuilla a la que atribuía increíbles desgracias ocurridas en su familia desde el momento mismo en que la adquirió”.

Y más adelante entra a mencionar la etimología de aquel término, el que lleva a que se tenga en cuenta otro, el agüero, ya este muy regularmente pronunciado en nuestro medio tradicional del Eje Cafetero:

“El vocablo superstición proviene del latín arcaico ‘superstitare’, o sea, ‘estar por encima’ de las cosas naturales, librarse en el mundo de lo desconocido. El fenómeno nace de la exigencia humana, de la interpretación de lo que es sobrenatural y, por consiguiente, de origen divino”.

Es natural, después de entender el carácter supersticioso y agorero, que no podemos desprenderlo de nuestra vida cotidiana. Y que todos los pueblos del mundo, desde sus inicios, han tenido que ver con esa manifestación insólita de encontrar interpretación a las cosas que para ellos son sobrenaturales.

Alguna vez el filósofo Voltaire escribió lo siguiente:

“La superstición es a la religión lo que la astrología es a la astronomía: una hija muy loca de una madre muy cuerda”.

La frase anterior nos lleva a tratar de comprender cómo no se pueden establecer fronteras entre la magia y la religión, y entre la razón y la fantasía.

En otro interesante artículo, publicado en la sección titulada LECTURAS DOMINICALES del periódico El Tiempo, precisamente el 31 de diciembre del año 1972, el historiador Hernando Vega Escobar anotaba lo siguiente sobre la superstición:

“El fenómeno tiene fácil explicación. Desde el momento mismo en que el ser humano adquirió conciencia, su mayor preocupación —tal vez la única— ha tenido por base el deseo irreductible de rasgar los velos del Arcano. Apenas el hombre supo de la existencia del Bien y del Mal, quiso, en su afán temeroso de descifrar los secretos que le rodeaban y siguen rodeándole, buscar —aun a costas de su perdición— la línea de menor resistencia, la más ligada a él, y valerse de ella, por medio de sus representantes más conspicuos, para obtener la cristalización de sus anhelos”.

Por esa razón, en nuestra región, el Eje Cafetero, el término superstición está básicamente ligado al del agüero. Y qué mejor época para acudir a la fuerza de los deseos que la de fin de año y principios del otro. Porque es en esos días cuando se exacerban las situaciones que los sustentan. Son las emociones que se manifiestan a través de muchos simbolismos. El primero de ellos se representa de una manera muy curiosa: quemar el muñeco de año viejo. Se cree que prenderle fuego al atado de trapos representa un ciclo de nuevo comienzo. Es una figura grotesca fabricada durante varios días, o el mismo 31 de diciembre, con la ropa más vieja, preferiblemente la de las faenas de trabajo del año que termina, y con la cual se rompe un pasado que se quiere sumir al olvido. Se rellena de aserrín y, antes de la prohibición de la pólvora, se quemaba a la medianoche, mientras se escuchaban los sonidos de las papeletas que estaban insertadas al interior del monigote. Quemarlo y verlo consumirse es como una danza de la muerte, la que invita a renovar las expectativas para el año que comienza.

Pero hay otras creencias, en el mundo encantado de la superstición, que no pueden faltar a finales del año, explícitamente el 31 de diciembre. Las calles se llenan de un solo tono cromático, pues los comerciantes sacan sus mercancías a las calles, donde uno de los elementos de venta es infaltable: los calzoncillos o prendas íntimas femeninas de color amarillo. Se volvió tradicional que los “cucos” o prendas íntimas sean regaladas por el sexo contrario, para que surta el efecto deseado.

Otros agüeros o creencias se desarrollan durante el último día del año, dándole un cariz aromático. A un lado de las prendas amarillas se vende el incienso para sacar los malos olores del hogar, pero también para exorcizarlo. Mientras tanto, al interior de la casa, y mientras se compra en la calle lo necesario para el ritual de la noche, las encargadas del aseo están trapeando y barriendo, porque la limpieza también aleja las malas influencias.

En muchos hogares de origen antioqueño se depositan, en un pebetero, pequeños trozos de carbón prendido, con incienso y ruda. Con él se recorren los cuartos de la casa; es una especie de ceremonia de tipo religioso para purificar el ambiente. Si no hay ruda se acude a una rama fresca de albahaca y se unta de amoníaco.

Las calles bullen con el tumulto de personas, que corren en todas direcciones, preguntando también por productos esotéricos. Como ya se acercan las 12 de la noche, hay que estar preparados para la buena ventura que se evoca. Y por esa razón se compran uvas y se escogen 12 de ellas para comer cuando suenan las campanas de las 12 de la noche. También se debe estrenar, pues se cree que la nueva ropa traerá la fortuna.

El profesor Octavio Hernández Jiménez, en un compendio interesante de tradiciones culturales del Viejo Caldas, que hizo para el periódico La Patria de Manizales, en una serie de fascículos titulados “CALDAS PATRIMONIO Y MEMORIA CULTURAL”, en el mes de enero de 1995, añade las siguientes supersticiones y agüeros de fin de año (tal cual una curiosa relación de recomendaciones), que también están complementadas con creencias, las leyendas y los mitos propios de estas regiones colonizadas por antioqueños y por otros pueblos migrantes de Colombia:

“…Se debe estrenar zapatos.
… A las 12, cómase una uva por cada mes del año.
… Eche un huevo, a las 12 de la noche, en un vaso con agua. Al mediodía del primero de enero lea el huevo que dirá si en el año que se inicia habrá muerte, viajes o matrimonio.
… Con anticipación lance tres papas debajo de una cama. Una pelada del todo, otra a medio pelar y la tercera déjela intacta. A las doce de la noche, y a oscuras, tome a tientas una de ellas. Si cogió la que tiene completa la cáscara, tendrá éxitos y fortuna; si le echó mano a la que está a medio pelar, habrá una situación difícil; si cogió la totalmente pelada, la situación será de pobreza absoluta.
… Si la primera persona que llega a tocar la puerta es mujer no se le debe abrir, porque trae la mala suerte. Si es hombre se le debe abrir de inmediato: llegó el éxito”.

Con relación a esta última mención, el autor hace la siguiente acotación: “se nota a la lengua que este agüero fue inventado por mujeres que no quieren que a la fiesta les llegue competencia”.

Y yo opino que, con dicha manifestación sexista, la tradición del paternalismo de nuestra región sigue vigente, hasta en las manifestaciones verbales.

Y continúa la curiosa relación del profesor Octavio:

“…Si desea viajar en el nuevo año coja una maleta y, a las 12 de la noche, déle una vuelta corriendo a la manzana.
… Sería conveniente que cambiara la ropa vieja que lleva puesta por ropa nueva apenas el reloj dé las 12 de la noche.
… Quienes no quieran salir a dar lora en la calle con una maleta pueden quedarse en la fiesta para bañarse con champaña. Este baño aleja las energías negativas acumuladas en el año anterior. También debe bañar todas las joyas en champaña.
… Pida regalado un ramito de espigas para que haya abundancia en la comida, en el año que se vino encima.
… Pida monedas a alguien. Así no le faltará dinero a usted, aunque le falte al otro.
… Báñese con las siete ramas: azahares, albahaca, cedro, eucalipto, sábila, sándalo y sígueme”.

Colocando atención a esta lista de creencias y agüeros del fin de año, que el profesor Octavio Hernández recopiló en varios municipios del departamento de Caldas, en trabajo de campo, vale la pena anotar lo que acaba de ocurrir con una aerolínea de Colombia y que se ha convertido en una noticia curiosa divulgada en las redes sociales. Una familia cumplió con su vuelta a la cuadra utilizando un avión de cartón para alimentar su deseo de realizar un viaje.

Lo curioso, que ha sido tendencia en estos días, es que la aerolínea Avianca les ha ofrecido sus boletos para viajar en el destino preferido.

En el medio quindiano tenemos una constante pesquisadora de la cultura provincial. Se trata de la docente, poeta y escritora Noemí Pinto Arias. A ella le debemos la publicación de artículos interesantes sobre los municipios del Quindío y la compilación de frases, perífrasis, curiosidades, refranes y otras manifestaciones del Patrimonio Inmaterial. En los últimos años se puso en la tarea de recoger los agüeros más tradicionales del Quindío. Los categorizó como los de buena suerte, los de mala suerte y los del 31 de diciembre. Pudo recuperar bastantes, lo que nos muestra que la creencia en los buenos augurios todavía está en el corazón de la gente.

Me ha permitido la amiga Noemí publicar la lista de los agüeros del 31 de diciembre, por ella compilada, la que pronto será publicada en uno de sus cuadernillos de su famosa revista titulada CARTELERA EN HOJALATA, que tanto esperan los lectores asiduos que ella tiene en todas las localidades del Quindío. Los relaciono a continuación:

Abrir puertas y ventanas el último día del año, a media noche.

Encender todas las luces de la casa.

Barrer hacia afuera.

Barrer la casa detenidamente.

Colocar en un florero 12 espigas de trigo.

Colocar un vaso de agua detrás de la puerta principal de la casa.

Construir un tablero de sueños.

Dejar caer un utensilio de cocina.

Derramar un trago de aguardiente y ofrecerlo a las ánimas.

Depositar canela en polvo en un sobre y guardarlo en la billetera.

Portar el centavito de la suerte.

Encender velas verdes a medianoche, en un lugar tranquilo.

Lucir, sobre la mesa del comedor, el centro de la abundancia.

Pasar una vela encendida por debajo de un tazón hasta ahumarlo completamente y dejarlo, la noche del 31, bajo una cama.

Portar ramas de laurel para ser enterradas en el jardín o matera, colgadas en algún lugar de la casa, o poner algunas hojas en la billetera.

Tener en los bolsillos lentejas o arroz.

Poseer en los bolsillos, billetera o en las manos un poco de dinero.

Usar esencias de la prosperidad.

Lucir una prenda de color rojo el primero de enero.

Luego de asimilar esta curiosa lista de la investigadora cultural solo nos resta seguir creyendo que el destino también nos puede favorecer a todos nosotros, sobre todo a los que nos preocupamos por la recuperación de las tradiciones. Y por esa razón no podemos olvidar una costumbre que nunca se anulará en las festividades de fin de año: la de disfrutar de la buena mesa los 365 días venideros. Porque es una comida que incluye pavo o pollo y velas de diferentes colores. Además, se convoca a que ellas se apaguen con devoción para que no haya oscuridad en el futuro.

Y, finalmente, así queramos entrar en razón, por cuenta de la intelectualidad que muchos presumimos, nunca faltará el abrazo de año nuevo. Y termino esta mención con otra creencia bien acendrada: la que ese abrazo debe ofrecerse en primer lugar a un hombre, porque se cree que ello es símbolo de éxito, tranquilidad y buenas relaciones.

Y, otra vez, con la mención anterior, el sexismo y la discriminación se imponen en estas creencias que todavía acompañan a las poblaciones nuestras


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