“Arrayanal” es el nombre que resuena en el Quindío, no solo como un topónimo, sino como el apodo de Juan Fernández, un joven que se convirtió en leyenda en las primeras décadas del siglo XX.
Recorriendo el Quindío -y llegando a la partida que conduce a Salento desde la Autopista del Café- el nombre de un sitio (un topónimo) es mencionado con frecuencia por los conductores. “Arrayanal” o “Arrayanales” no solo es la denominación de tal lugar, que marca el inicio de la falduda y curveada vía hacia el Municipio Padre del Quindío. Es también el mote del personaje más legendario de los alrededores. Se llamaba Juan Fernández, aunque algunos lo apellidaban Hernández.
Fueron las dos primeras décadas del siglo XX, las marcadas por los abusos que cometían los guardas de rentas, quienes controlaban la fabricación y comercialización del tabaco, los que se consideraban delitos de contrabando. Una familia sencilla vivía por esos lares y fue esa una de sus ocupaciones. El núcleo hogareño estaba compuesto por don Manuel Fernández, su esposa y los dos hijos llamados Juan y Asnoraldo. La vida transcurría normal hasta que el mozalbete Juan atentó contra la vida de un arriero que increpó al viejo Manuel, pues este le reclamó porque había tomado, sin su permiso, coles y bolos de la sementera. Juan, el hijo de 16 años, salió en defensa del padre. Pues el individuo, con su machete, había reaccionado, aplicando varios planazos (golpes con la parte plana) en la humanidad del anciano Manuel. El resultado fatal fue el asesinato del agresor.
Este relato, que narra Euclides Jaramillo Arango en su libro titulado ‘Terror’, sobre crónicas de su natal Pereira (Editorial Cosmográfica Ltda., Armenia,1984), parece indicar el principio del peregrinaje del joven Juan Fernández quien, con tan solo 16 años, había vengado la agresión contra su padre.
Anota Jaramillo Arango que, después de la muerte del arriero sangrero, el joven huyó, cayó preso varias veces y otras tantas logró evadirse de la cárcel.
Para entonces ya se le comenzó a llamar “Arrayanales”, tal vez por el nombre del sitio donde vivía con su familia. Crecía su fama de peleador, por las argucias de defensa que debió asumir para evitar ser detenido de nuevo. Y, también, por los planazos certeros que asestaba con su largo machete. Se dice que eso lo había aprendido de su padre, quien era un diestro machetero, practicante de la llamada grima montañera.
Fue tomando fuerza la leyenda de “Arrayanal” o “Arrayanales”, quien vagaba por los parajes boscosos comprendidos entre el lugar de residencia de sus padres y las trochas que llevaban, por El Roble, Cruces y Barbas, hasta La Florida y La Suiza, sectores que ya eran jurisdicción de Pereira. En esa tónica, cuenta Jaramillo Arango que, siendo niño, se lo encontró en una oportunidad por la trocha boscosa de San Bernardo. Y supo de ese contacto porque su padre se lo confirmó:
“…Hijo, ese señor que venía con usted es Arrayanal…”.
Otros cronistas que mencionan las peripecias del legendario aventurero son Bernardo Ramírez Granada (“Dionisio”), Saúl Parra Robledo y Alfonso Valencia Zapata.
El primero, en su libro titulado ‘Crónicas de Dionisio’ (Lito – Editorial Quingráficas, Armenia, 1981), anota otro motivo que lo arrastró a nueva venganza. Fue el asesinato a mansalva de su padre, en inmediaciones del río Barbas. Buscó al asesino, lo encontró en el camino de Boquía, “arrimó el cuerpo agonizante junto a un churimo, le cubrió la cara con hojas de viao y hasta el sol de hoy”.
Pero la historia que lo llenó de un halo de temor fue la más difundida y más patética. Su madre, viuda, se dedicaba en el rancho a fabricar los tabacos rodillones, calillas y cosecheros. Dos guardas de rentas la sorprendieron. Ella, muy asustada, lanzó los tabacos a la olla donde hervía el maíz para la mazamorra. Los dos hombres le introdujeron las manos en el agua hirviente y fue en ese preciso momento cuando “Arrayanal” llegó, desenfundó su machete en defensa de la progenitora y ocurrió la nueva venganza. Así narra el cronista:
“Los cuerpos de los gendarmes, con la cabeza abierta, amanecieron a la orilla del camellón de “Cruces”.
Valencia Zapata, en una de sus crónicas, matiza el relato de la muerte de los guardas con el estribillo que cantaban en esa época, en son de música triste ( En el periódico ‘Claridad’, Armenia, septiembre – octubre de 1989):
“Allí van los celadores,
requisando
las cenizas que ya se
consumieron,
por si en ellas llevaban
contrabando,
aquellos infelices que
murieron”.
Al singular personaje se le atribuyeron poderes, pues de él se decía que era un “ayudado” y tenía pacto con el diablo. Al hombre lo convirtieron en una celebridad casi mítica.
Después de varios meses de haberse escabullido, fue finalmente detenido. Lo llevaron a Circasia y realizaron el curioso recorrido, con él bien esposado hasta Armenia.
Estos apartes son relatados por Dionisio: “…Las gentes hicieron fila para conocer a “Arrayanal”. Venía en medio de Manuel Montes el detective, Guerrero el policía y Manuel Pedraza el alguacil. Eran las dos de la tarde cuando bajaba por la calle real de Armenia, como un emperador… La presencia gitana de Arrayanales se adornaba con un pantalón negro, una camisa blanca y un pañuelo rojo enrollado en el cuello…”
La descripción de su vestimenta, en este último fragmento, concuerda con la foto que encontré, por casualidad, en un álbum familiar de Armenia. Y en verdad no había conocido otra que mostrara su figura. Aparece con los dos guardas, posiblemente Guerrero y Pedraza, y todo indica que es tomada en 1917, la fecha de su detención.
En la cárcel de Trompiliso, carrera 16 con calle 16, protagonizó su última fuga. Eso acrecentó la leyenda de imbatible. Se supo que se radicó en Panamá, porque “enviaba devotamente cada mes, a su madre, unos dólares con una carta filial”, tal cual termina la crónica escrita por Dionisio.
Y eso también lo refiere Euclides Jaramillo Arango:
“…Pasaron los tiempos y era el año 1925. Yo iba a cumplir 15 y me hallaba en Panamá…. Entré a un establecimiento y con gran sorpresa hallé trabajando allí a mi gran amigo de la trocha de San Bernardo. Me reconoció, me saludó con cariño y charlamos un rato… Nunca más volví a saber de Arrayanal. Un bandido por la fuerza del destino. Un hombre que tuvo que matar, una sola vez, para defender a su padre, y al que, huyendo, se le formaron cientos de historias. Un mito. Todo un mito”.
Y en verdad se le inventaron historias fantásticas y poco creíbles. Como una que presenta Parra Robledo en su libro ‘Armenia en sus primeros años’ (Ediciones Gota de Agua, Armenia, 2006) en la que narra que Arrayanal volvió a Armenia sin una pierna y “explicó que lo había mordido una culebra en Panamá”.
La última frase de la crónica de Jaramillo Arango es muy curiosa:
“…Los viejos bandidos a la manera de Arrayanal tenían algo de novela y mucho de romanticismo”.
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