Córdoba cumplirá 113 años de fundación el 1 de noviembre de 2025. El origen de la fecha es incierto, según detalla Jair Londoño Torres en “Córdoba. Sus gentes y sus hechos”.
El cordillerano municipio de Córdoba cumple, el primer día de noviembre de 2025, 113 años de haber sido fundado. La asignación de la fecha ha sido la constante, sin determinar por qué es el primer día del undécimo mes del año. Tal vez se deba a la concordancia con la fecha de inicio de las sesiones del Concejo Municipal. Pormenores de esa circunstancia histórica son anotados por uno de los habitantes más ilustres, don Jair Londoño Torres, en su libro “Córdoba. Sus gentes y sus hechos” (Real Editores, Armenia, diciembre de 2019):
“Corría el año de 1912, cuando la administración de Calarcá elevó a la categoría de caserío a las pocas viviendas que habían logrado levantar los señores Paulino y Julio García, don Manuel Bermúdez y don Nemesio Peña. Estos caballeros ya estaban aquí radicados en el caserío que con el nombre de Córdoba iniciaba su avance hacia el progreso”.
La guadua es el símbolo reconocido en este municipio, lo cual se refleja en su Patrimonio Humano y en sus manifestaciones arquitectónicas, artesanales y turísticas, así como en lo rural por la profusión de muchos guaduales. Es precisamente don Jair el personaje que más se referencia en este campo del Patrimonio Inmaterial – lo que concierne al trabajo del bambú guadua – extendiendo su fama a lo artístico. Don Jair se constituyó en un referente simbólico del municipio. Murió en el 2016, pero su marca se representa en el minucioso y delicado trabajo de réplicas de monumentos religiosos en bambú, que se exhiben en un bello espacio de exhibición llamado “Flor de café”, una galería que guarda las obras artesanales, los cuadros pictóricos y la memoria de este gran hombre, quien también fue líder agrario, poeta y compositor.
Los detalles históricos de su fundación, recogidos en entrevistas realizadas a los habitantes de mayor edad, también fueron descritos por tres estudiantes de la Universidad del Quindío, Alexander Valencia, José Fernando Ospina y Luis Ángel Giraldo. Ellos, en su Monografía de Córdoba, año 1998, presentada para optar a su título de economistas, anotaron lo siguiente:
“Los colonos de Córdoba eran campesinos que, durante la guerra de los Mil Días, emigraron de Antioquia a Risaralda y de allí a la región de Río Verde Alto. No es claro quién dio posesión a los colonos”.
La mención anterior, en cuanto a Risaralda, debe entenderse desde la posible llegada de los colonos a lo que hoy es Pereira y que se trasladaron luego a las montañas del Quindío. En un párrafo posterior de la monografía de grado, los autores sugieren unos determinantes de economía de autosubsistencia, al establecerse en el lugar de asentamiento:
“…Quienes llegaron primero, no más de 10 familias, tumbaron el monte en convites y comenzaron a cultivar maíz y fríjol. Además, criaban animales y cazaban venados, que fueron parte de la alimentación normal, hasta que se extinguieron junto con los osos. El pueblo en sí, más allá de Río Verde Alto, fue fundado en 1912. A medida que la producción alimenticia aumentó, los residentes pudieron organizar un mercado y de esa manera evitar largos viajes a las principales ciudades, en busca de las provisiones semanales…”
Más adelante se refieren a datos interesantes, en cuanto a otros aspectos del avance colonizador, basados en la información relatada por don José G. Bravo:
“Entrar al corazón florecido de los guaduales era correr el riesgo de contraer “los fríos y las fiebres”; se cuenta que los primeros colonos que llegaron a Caicedonia murieron de esta enfermedad. Por eso, los pueblos se construían alejados de los guaduales y del agua contaminada con las flores de los písamos… …Contaba Jesús Molina que hacia 1925 no existían en Córdoba más de 40 casas. Lo había descubierto bellamente: todas las mañanas, desde el lugar en que habitaba – un alto cercano al caserío – se empeñaba en contar los chorros de humo que surcaban al aire. Eran 40″.
El pueblo, organizado entonces alrededor del mercado de alimentos básicos, veía aumentar la producción, de tal manera que se podían evitar los viajes de aprovisionamiento al municipio vecino, esto es, Calarcá.
El Concejo Municipal de Calarcá lo elevó a corregimiento mediante acuerdo número 07 de abril 12 de 1914.
No obstante, y así lo anota don Jair, la provisión de otros artículos necesarios les obligaba a emprender camino a las poblaciones cercanas:
“Con las dificultades propias de la época, tanto los fundadores, como las demás familias que fueron llegando, tenían que salir por trochas y atravesar los ríos Quindío, Santo Domingo y Río Verde para ir a Calarcá y Armenia, a proveerse de elementos que les eran indispensables para su labor, algunos artículos para su alimentación, vestido y demás, y a la vez llevar al mercado algunos elementos y productos de los que lograban producir y que podían vender en los mercados de Armenia y Calarcá”.
La Asamblea Departamental del Quindío lo erigió en municipio mediante ordenanza número 022 de marzo 5 de 1967.
En cuanto al turismo, durante un tiempo se referenció a partir de un espacio llamado Centro Nacional de la Guadua. Ahora, otros empoderamientos se dan paso y el ámbito natural perfila a Córdoba en la modalidad de turismo de naturaleza.
La arquitectura tradicional de bahareque se afectó bastante por el terremoto de 1999, lo que representó la desaparición de muchos inmuebles y la transformación de su perímetro urbano, que tiene en gran parte un amoblamiento contemporáneo de material.


No obstante, algunas casas se conservan y pocos cielorrasos son todavía visibles, permitiendo mostrar un detalle que se pierde en otros pueblos del Quindío. Se debe a la hermosa figuración en la ornamentación de partes superiores de las habitaciones de las casas de bahareque, lo que se lograba delicadamente aplicando y superponiendo recortes de madera, que se fijan al techo para formar diversos diseños.
En una de las esquinas de la plaza principal se encuentra un café tradicional, otrora uno de los más populares sitios de encuentro, llamado Bar de Aquilino. Aunque ya un poco refaccionado, conserva todavía algunas puertas de rejas metálicas forjadas y son visibles las baldosas multicolores en el piso.
Una cuadra arriba de la plaza, su Casa de la Cultura todavía presenta una arquitectura en guadua. Lleva el nombre de uno de sus más destacados escritores, Horacio Gómez Aristizábal.

Hace unos años, dos cuadras arriba de la Casa de la Cultura, encontré una casa de una planta, con los detalles de la disposición campesina, dentro del poblado. Es una esquina ensoñadora, porque aprecié los rasgos más especiales del andén grabado. Su motivo reproduce una jarra o recipiente en forma de florero. Un motivo único en el Quindío, sin duda alguna. Sus moradores me invitaron a ingresar. Descubrí allí las supervivencias del pasado: más motivos del andén grabado, pero, ya, en el patio interior de cemento. Materas rústicas con flores. Cuadros y vitelas que presentan la marca del tiempo, pues muestran un color azulado, por permanecer en las paredes del humilde corredor de tablas añejas. La cocina con fogón de leña. Habitantes de la casa, familiares de don Pantaleón, uno de los viejos tradicionales de Córdoba, que rumian sus recuerdos. Y otros objetos de adorno que despiertan nostalgia.
Ojalá esa casa se mantenga, en medio del embate inexorable del llamado “progreso”. Porque es, como pocas en la región, una supervivencia del hogar campesino dentro de la configuración urbana. Será, sin duda, un testimonio de la vida provinciana, para el turismo cultural e histórico. O sea, una casa campesina de la Quindianidad en pleno casco urbano de Córdoba. Una muestra de la cultura popular del Paisaje Cultural Cafetero Colombiano (PCCC) en la tierra del bambú y la guadua.
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