Petroglifo Piedra del Indio, La Tebaida. Cubierto por una borrasca en 2010.
El municipio de La Tebaida, “el Edén tropical del Quindío”, arriba a sus 108 años de fundación el próximo 14 de agosto de 2024. A don Luis Arango Cardona y sus hermanos, quienes se dedicaban a la guaquería (saqueo de las sepulturas indígenas), se les atribuye la instalación del nuevo caserío, que fue corregimiento de Armenia hasta el año 1954, cuando se elevó a la categoría de municipio por Decreto número 547 de la Gobernación de Caldas.
Es curioso que en La Tebaida, que cuenta con un historial de intensa destrucción de las tumbas indígenas (pues don Luis lo reseña en su libro “RECUERDOS DE LA GUAQUERÍA EN EL QUINDÍO” en 1924), todavía se registren noticias a ese nivel. Pero ya con otras características, que acuden a lo arqueológico, el aspecto antagónico de la expoliación y destrucción de los yacimientos históricos de las planicies donde hoy está levantado el municipio. Porque esa serie de anécdotas y notas de saqueo fueron las que conformaron el compendio documental de tan curioso libro del guaquero Arango Cardona.
En La Tebaida se han generado dos hechos arqueológicos de importancia en los últimos 50 años. El primero, en la década de los setenta, fue el hallazgo fortuito de una “punta de proyectil”, nombre dado a la evidencia de piedra que atestigua la presencia —o mejor, el tránsito— de pueblos cazadores y recolectores hace más de nueve mil años por el territorio. Así lo registra la publicación de la revista científica “Ñawpa Pacha”, número 14, del Instituto de Estudios Andinos de Berkeley, en el año 1976. En esa lectura se comprueba cómo fue el hallazgo del objeto lítico, avistado casualmente por los arqueólogos Óscar José Osorio y Karen Olsen Bruhns, quienes estaban presentes en el terreno, donde se descapotaba para construir una vía adyacente al Aeropuerto El Edén. Mientras observaban la destrucción que se producía al paso del buldócer, que sacaba a la superficie cientos de fragmentos de cerámica arqueológica quebrada, ellos hallaron entre los pedazos una punta de piedra lascada, retocada y de bordes aserrados. Se trataba de una especie de arma que utilizaban aquellos nómadas en acciones de cacería de grandes mamíferos, hoy extintos, como fueron los mastodontes. Las puntas de proyectil halladas en el territorio americano son artefactos de piedra de origen volcánico y de textura fuerte, generalmente de sílex u obsidiana. Fueron fabricadas para colocar en los extremos de lanzas de madera, que amarraban con lianas fuertes. Remataban con ellas a los animales que previamente habían conducido a un gran foso, al cual se les llevaba cuando se encontraban en manadas. Desde el borde del foso, los cazadores hundían las puntas de piedra en sus carnes.
El otro aspecto arqueológico de La Tebaida lo constituye la existencia de varias piedras que presentan grabados en su superficie. Son llamadas petroglifos. El más conocido de ellos era llamado la “Piedra del Indio”, que fue cubierta por el lodo que produjo la borrasca en un brazo del río Espejo, tras un vendaval ocurrido en el mes de octubre de 2010. No obstante, se han encontrado otras evidencias de petroglifos en territorio de La Tebaida, también en inmediaciones del río Espejo y algunas quebradas tributarias. En arqueología, a esas evidencias se les conoce como el arte rupestre. Los dos petroglifos más conocidos son los de la “Piedra de San José”, cerca de la desaparecida “Piedra del Indio”, y la “Piedra de La Familia”, en el sector de la estación de policía de La Herradura.
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Así se reseña el descubrimiento de la “Piedra de la Familia”, en una de las páginas del libro titulado “VISIÓN ANTROPOLÓGICA DEL QUINDÍO”, publicado en 2005:
“Este petroglifo fue descubierto a finales del año 2001, gracias a la información brindada por un estudiante de La Tebaida quien recibía, junto con otros promotores turísticos, un curso de sensibilización sobre el patrimonio cultural municipal. Al divulgar su existencia, se conformó una comisión de reconocimiento del sitio, en la que estuvieron presentes los arqueólogos Erik Poveda e Ivonne Guerrero, y quienes a la postre realizaron el respectivo registro del yacimiento”.
La “Piedra de la Familia” fue así nombrada por una circunstancia curiosa. En el petroglifo se perciben diseños zoomorfos que representan salamandras. Se le preguntó al niño descubridor un nombre para la asignación toponímica y su respuesta fue muy particular:
“…se ven tres salamandras, dos grandes y una pequeña, o sea la familia, compuesta por los padres y la pequeña…”
Ante la inocencia de la respuesta, el equipo, con gracia, así denominó a tan bello yacimiento de piedra. Satisfecho quedó el estudiante, quien había manifestado que todos los días pasaba por el contorno del yacimiento de ida y regreso a su colegio en La Tebaida. Y solo cuando escuchó hablar sobre la “Piedra del Indio”, se interesó en examinar la superficie de la otra roca del camino veredal, por donde transitaba regularmente.
Pero una noticia entristeció al equipo dos años después. En uno de los pasos, atravesando la carretera central, cerca del petroglifo, el niño fue arrollado por un automotor.

Dos registros de arqueología para un municipio que, no obstante poseer tan importantes informaciones sobre su pasado, quedó excluido de la jurisdicción del Paisaje Cultural Cafetero de Colombia (PCCC).
Mientras tanto, la punta de proyectil reposa en una colección universitaria del exterior. Y la “Piedra de la Familia” se encuentra a la intemperie, en constante riesgo de ser vulnerada por el turismo invasivo. Pues el petroglifo se encuentra en la vereda La Herradura, finca Jamaica; es de fácil acceso y ello lo coloca en peligro constante de destrucción vandálica.
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