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Roberto Restrepo R. rinde homenaje a los anónimos de la calle de Armenia. Evoca al dulzainero, que por enfermedad, trocó su armónica por un tambor improvisado, símbolo de resiliencia.

La compilación de la obra escrita del calarqueño Rodolfo Jaramillo Ángel (1921 – 1980) , publicada en la serie de Biblioteca de Autores Quindianos (BAQ) en su tomo 14 , año 2011 , nos permitió recordar a uno de los más importantes cronistas de la región del Eje Cafetero. Es una delicia releer sus relatos , porque ellos retratan la cotidianidad y nos traen la nostalgia del pasado , así como relievan ellos la importancia de tantos personajes del común. Sin el recuento de las historias de aquellas personas , que caminan a diario por las calles de nuestros municipios , no entenderíamos que ellas son el reflejo de nuestra condición identitaria más clara. Algunos los llaman “seres anónimos de la calle”. Aunque ese calificativo sólo obedece al prejuicio de cada uno de nosotros , ya que los invisibilizamos , al ignorarlos en el transcurrir de nuestra existencia.

Los compiladores de los escritos del recordado calarqueño , José Rodolfo Rivera y Luis Eduardo Marulanda , atinan a considerar a Rodolfo Jaramillo Ángel como “un cronista que supo vivir primero su ciudad para después contarla”. Y esa debe ser la condición del transeúnte , que trasega a diario las calles de nuestros pueblos del Quindío , pues no es posible que despreciemos lo que encontramos a nuestro alrededor.

Los dos compiladores de la obra destacan la razón de ser de lo antropólogico , en la intención que un escritor podría tener al reseñar las historias de los seres de la vida cotidiana. Lo siguiente anotan en uno de los párrafos de la introducción del libro ( página 9) , que ellos titularon “Una vuelta de hoja a la Historia”:

“También , quizá sin proponérselo , encontró lo mítico. Lo popular , el humor y lo mítico , que alimentaron parte de su obra , sobre todo sus crónicas , valen para decir que Rodolfo Jaramillo Ángel fue uno de los que mejor retrató la idiosincrasia de la región: al leerlo , nos descubrimos en muestras raíces , encontramos al hombre marchando al compás de sus más primitivas razones , y nos damos cuenta de que lo provinciano es lo que nos sustenta , nos descifra y nos significa…”

Una de las crónicas que más releo de Rodolfo Jaramillo Ángel es la que lleva por título “DULZAINA ENCANTADA” (página 219). En ella , el autor nos deleita el espíritu al contar , recordar y regalarnos con sus líneas , la descripción de una anciana que tocaba la dulzaina y que él encontraba por las calles de Calarcá. Su prosa nos traslada a esa remembranza y nos hace suspirar:

“….De dónde le venía a la anciana el deseo de tocar? Su juventud , perdida en las nebulosas del pasado , debió ser alegre. Debió , en la flor de los años , ser bella. Debió inspirar y sentir el amor. Gozar , reír , cantar y besar. Esos labios mustios , ya sin calor , sin fuego , debieron muchas veces haber hecho juramentos de amor eterno y de eterna fidelidad. Debieron besar con apasionado ardor y con felinos arranques en los instantes de placer y en los momentos de amoroso abandono , saborear como una dulce golosina los frutos prohibidos de la pasión”.

Más adelante , en su crónica , Rodolfo nos describe la humanidad de la dulzainera callejera:

“…Su rostro estaba surcado de arrugas y las pocas hebras de su cabellera eran lacios hilos blancos que caían sobre sus sienes y sobre su frente , aureolándola de bondad y de respeto….Sus manos , dos sarmientos secos , temblaban como dos hojas acariciadas por los vientos de otoño…”

La parte más lacónica es relatada al final:

“Un día cualquiera la anciana no se volvió a ver por las calles de mi pueblo. Desapareció como la sombra de un sueño , como la imagen de un recuerdo. Emigró hacia otras tierras o se marchó hacia los países de la muerte? Se deshizo en el aire como una burbuja o se desvaneció como un blanco copo de niebla arrastrado por la ventisca?”.

Como le ocurrió a Jaramillo Ángel , yo también puedo contar la historia de alguien que tocaba dulzaina , ese singular instrumento que suena de forma celestial , si así se pueden calificar los acordes de dicho aparato tradicional , también llamado armónica , y que es sencillo , como tan fácil sugiere su forma para arrimar a los labios y arrancarle sonidos de fantasía. Dicen que es tan antigua como la historia europea y fue precisamente de allá , del Viejo Continente , de donde vino en el menaje de alguno de los ibéricos que aquí llegaron en los siglos pasados del encuentro transoceánico.

Cuando , en el año 2012 , encontré por primera vez al dulzainero de mi historia personal , en una de las calles más concurridas del centro de Armenia , ese hombre , con el rostro más arrugado que el descrito en el relato de Rodolfo , me impactó notablemente. Sus manos , con las que sostenía la armónica de metal , también presentaban deformaciones. Tal vez , por alguna enfermedad , en su rostro y en sus manos se evidenciaban lesiones que , a la vista , repulsaban. Solo el sonido celestial que salía de la dulzaina nos permitía sentir la otra sensación de hermosura , la que se produce por los efectos de la sonoridad de un instrumento de viento.

El dulzainero de las calles de Armenia siempre quedó en la cámara de mis recuerdos , como una de las mejores experiencias de la cotidianidad callejera.

El dulzainero de Armenia.
Fotos del año 2012.

Como nos lo transmitió el cronista de Calarcá , del músico de mi historia también se perdió el rastro. Las calles de Armenia seguían ofreciéndonos la gracia de los actores populares. El invidente que canta en la esquina y que todos conocemos como “Guadualito”. El mimo Kukú , que se contorsiona pintoresca mente luego de recibir una moneda. El artista de ocasión , con su instrumento , que es fugaz , porque viaja como un ermitaño por pueblos y veredas. El bailarín que danza con la música de los almacenes cercanos. El popular personaje que conocemos como “Ratón” y su conjunto de ancianos , intérpretes regulares de la música antañona. Pero , el dulzainero del rostro arrugado al extremo?

Nunca más lo ví por la calle 21 , donde se ubicaba regularmente , portando en la otra mano el vasito de plástico receptor de las monedas.

Mientras transcurrían los años , el corredor de la 14 , ya conocido como Cielos Abiertos , se convertía en el nuevo escenario para el arte callejero.

Músicos populares de la Calle de Cielos Abiertos.

Una década después lo encontré nuevamente. Lo ví más gastado en su conformación fisica y ya encorvado por el paso de los años. Como todos los demás que se ganan el sustento diario en Cielos Abiertos , el viejo se acomodaba en el nuevo estrado. Pero no se nos presentaba con su dulzaina. Curioso , me acerqué a su humanidad y me di cuenta que la lesión que desfiguraba su rostro ya había invadido y engarrotado sus manos. Era claro que no podía asir el instrumento para llevarlo a sus labios ajados. Pero me emocioné al verlo. Estaba – y aún lo hace – en la palestra ambulante , con otro modo de supervivencia musical. Con un tarro vacío de pintura , que voltea con su abertura dando al piso , y un ocasional palo de percusión , el viejo nos ofrece sus nuevos toques de música. Escuchándolos , me conformo a recordar la dulzaina del pasado. Que , tal vez , debió vender para sobrevivir. O porque ya sus manos enfermas no pueden acariciar.

Pero la música nos brinda la ocasión de traer a colación las remembranzas. Y es esa la condición que nos regala Cielos Abiertos en la Ciudad Milagro. Un concierto permanente , que se convierte en el mayor placer de la rutina callejera. De los toques de tambor improvisado del dulzainero de mis recuerdos – que solo escucho con respeto y de quien nunca supe su nombre – fácilmente pasamos al músico instrumental de la siguiente cuadra , que ya carga su equipo electrónico , como su maleta de supervivencia. Si avanzamos , los suaves acordes de guitarra y la voz cansada de un viejo intérprete de más de 90 años de edad – que encontramos en el siguiente recorrido – nos hace reflexionar sobre la resiliencia y la fortaleza del artista musical de la calle. Al llegar a la plaza de Bolivar , o al parque de Sucre , hemos tenido la sensación de haber escuchado el mejor concierto polifónico del día.

Otra jornada nos espera al día siguiente , deseando volver a Cielos Abiertos para continuar con el disfrute de la música de ocasión. También comienza , pero más dura , la jornada del viejo dulzainero de mi historia – ahora convertido en tamborilero – pues debe reclamar su tarro y su palo recortado de escoba , que guarda en un negocio cercano. Y así continuar la brega de la vida , pero ya con la música terrenal , la del rebusque.

 


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