Artista versátil, sosegada y notablemente sensible que ha vuelto al Quindío, después de permanecer durante muchos años en Medellín.
Hace 25 años -en 1997- una inquieta mujer de Montenegro realizó en todos los municipios del Quindío una labor admirable, cuya marca ha quedado impresa en un conjunto de serigrafías que logró y que ella tituló con una frase evocadora. Porque esa colección de grabados es (y será) el testimonio de un pasado plasmado en los dibujos y trazos que tenían (o tienen todavía) los andenes, pisos de patios y zaguanes de algunas viviendas del departamento, a manera de una impronta iconográfica, que pocos han sabido valorar.
La colección de serigrafías ‘Anden y recuerden’, de Elena Vargas Tisnés, está precedida por una introducción textual, que debe leerse necesariamente para entender el contexto en el cual se desarrolló la tarea emprendida por ella. El epígrafe del texto es muy significativo: “Ofrezco este trabajo a los artistas, urbanistas y artesanos que quieren seguir dando sentido a nuestro andar diario”.
El sentido al que se refiere Vargas Tisnés es el que durante muchas décadas ha permanecido figurado allí en el andén de los pueblos centenarios, que recorremos a diario. O en las superficies que pisan los moradores de las estancias interiores de sus casas antiguas.
Elena Vargas Tisnés es una artista versátil, sosegada y notablemente sensible que ha vuelto al Quindío, después de permanecer durante muchos años en Medellín, desplegando su labor docente en la Universidad Nacional. Regresó a contemplar los guaduales y cafetales de su tierra natal, pero sobre todo para acompañar a sus padres y -con ellos- seguir recopilando las vivencias del terruño, para transmitirlas en los mensajes profundos de sus realizaciones artísticas. Nació en el hogar conformado por el patriarca de 97 años de edad, don Jaime Vargas Giraldo y su señora madre Miriam Tisnés Sierra, ambos con profundas raíces en la región. Tiene once hermanos. Conoce la importancia de la tradición y quiere terrenalmente al Quindío, al que volvió con esperanza y muchos deseos por cumplir. Porque ella sabía que algún día esos grabados nos contarían la historia, a pesar de su destrucción por el avance del “progreso”, acometió la labor que hoy nos ha permitido entender qué se proyectaba en las mentes sanas y amplias de los viejos y humildes constructores que los plasmaron. Fueron los mismos que levantaron las casas de bahareque, pues ellos también soñaban, fantaseaban, amaban y se dedicaban a labores nobles. Por eso -tal vez- en dos andenes de mi natal Filandia, todavía los diseños en forma de lira se conservan, frente a las fachadas de casas que hace décadas fueron habitadas por músicos e intérpretes de instrumentos de cuerda.
O en el zaguán de una casa en Génova se ven, todavía lustrosas, varias figuras de patos, una de las pocas marcas zoomorfas de la inspiración de dichos personajes, que tenían alma de artistas. ¿Será acaso ello la remembranza del pato de las lagunas de páramo de aquella población cordillerana?
Los viejos pobladores, en algún momento de inicio de fundación poblacional -hace un siglo- no solo construyeron el entramado de esterilla de guadua, listones de madera, estucado de paredes con boñiga (estiércol de caballo) y cubierta de tejas de barro de las casas del Quindío. También se portaron como artífices, al idear y elaborar los rodillos de madera, a los cuales les tallaron figuras geométricas, rostros, animales o flores. Y luego los rodaron sobre el cemento fresco de las superficies que iban configurando el trazado urbanístico.
Elena Vargas Tisnés comprendió todo ello y por eso se le vio, agachada (o en actitud reverencial), tomando la impresión de los diseños antiguos. Utilizando un equipo elemental, así lo mencionó en el texto que describe el desarrollo de su trabajo de campo:
“…Se buscaban los grabados que se presentaran en buen estado en los andenes de cada casa y se procedía a limpiar con cepillo y trapo; después se les calcaba en papel bond número 16 y se friccionaban con lápiz número 6B para copiar sus improntas y huellas, tanto del diseño como de la textura. Se sugiere tener a la mano varios lápices con puntas largas. También se indagó al interior de las casas y se encontró que la mayoría de estos grabados habían desaparecido y en su lugar solo quedó el cemento y la baldosa….”
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Una técnica elemental – también llamada “frottage” – que, lo confieso, yo también recibí de esta maestra de la vida. Pues – como ella – la puse en práctica con mis estudiantes universitarios, rescatando esas huellas del pasado. Entendimos – como ella lo manifestó en un video académico de la Universidad de Antioquia -que esos diseños también hacen parte de una vivienda que se construyó con amor, la cual se amplía al espacio que trasegan los caminantes de los andenes. Y como incita el título artístico del conjunto de serigrafías, ello nos invita a andar y recordar.
También, en extensión a su planteamiento, Elena Vargas Tisnés sitúa la órbita de los grabados del andén, del zaguán o del patio, en función del significado amplio de la casa. Así lo trabajó vivencial y artísticamente en otra propuesta estética desarrollada en el idílico corregimiento de Medellín, Santa Helena, donde ella vivía. Lo llamó ‘La casa de Elena y Orlando’ y fue su tesis de maestría en Artes Visuales en el año 2016. Así presentó a su vivienda, como un refugio, que “es también como el cuerpo y la entrada a otro mundo”, donde penden del techo los elementos de la tradición: “…Una casa son sus paredes, pero también son sus habitantes, son la historias e historias recordadas y vividas por ellos mismos”.
Cuando, hoy, me encuentro y hablo con esta gran artista, en medio de una plática serena y matizada por la suavidad de su voz, siento que quiero más al Quindío. Y también entiendo el arte -su arte- porque, como ella lo acota, “es darle sentido a la vida, es mi soledad, mi tristeza, mis amores”.
La colección artística de ‘Anden y recuerden’ corresponde a 219 serigrafías elaboradas -de un total de 350 grabados tomados en los municipios- a mediados de 1997. Aunque señaló en la introducción de la exposición artística que “solo en Pijao, Génova y Circasia registran figuras de animales en sus andenes”, con mis estudiantes, en Filandia, encontramos otro diseño zoomorfo. Y pudimos constatar (como ella también lo anota) que existen diseños repetidos en varios municipios. La rama de vid y las uvas, por ejemplo. Ello pudo ser el producto de uno de aquellos rodillos de madera que peregrinó de pueblo en pueblo. A propósito de esos artesanos, la artista pudo conocer, hace 25 años, a tres maestros de obra que aún trabajaban en esa inscripción de andenes y conservaban sus rodillos. Eran José Faustino Molina y Pablo Millán, de Montenegro; José Vargas, de Calarcá, y Leonidas Flórez, de Pijao.
Gracias, maestra Gloría Vargas Tisnés, por enseñarnos. Cuando nos agachamos para frotar un nuevo diseño de andén -y así nos tilden de locos como a ella también la señalaron- entenderemos que esa es la locura asociada al rescate de la tradición gráfica de la historia de un departamento que marcó en la superficie de sus calles su espíritu ancestral, el de nuestros antepasados.
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