Cada 20 de julio, las calles de Colombia se llenan de marchas, banderas y discursos. La patria se representa en uniformes, tambores y salvas, mientras los ciudadanos —entre el fervor cívico y la costumbre— evocan una historia que, en muchos casos, apenas conocen.
Una memoria en disputa
Los primeros esfuerzos por construir una memoria oficial sobre la fundación de la República se remontan a 1819. La Ley Fundamental expedida en Angostura el 17 de diciembre de ese año, que unió a las repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada para formar una nueva nación bajo el nombre de República de Colombia, dispuso en uno de sus artículos: «La república de Colombia será solemnemente proclamada en los pueblos y en los ejércitos, con fiestas y regocijos públicos, verificándose en esta capital el 25 del corriente diciembre, en celebridad del nacimiento del Salvador del mundo, bajo cuyo patrocinio se ha logrado esta reunión».
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Durante la primera mitad del siglo XIX, la conmemoración del 20 de julio tuvo un carácter local. Aunque la efeméride se celebraba de forma casi ininterrumpida en Bogotá y en algunas poblaciones cercanas, no logró consolidarse como festividad en otras regiones del país. En 1842, las élites bogotanas intentaron proyectar el 20 de julio como símbolo nacional de la independencia, promoviendo una ordenanza cuya disposición establecía: «En los días 20, 21 y 22 de julio de cada cuatro años, empezando por el de 1849, se hará en la capital de la República una fiesta provincial consagrada a honrar las acciones virtuosas y, en especial, a conceder premios y recompensas a los habitantes que manifiesten su laboriosidad y honradez».
Uno de los más firmes opositores a la idea de establecer el 20 de julio como fecha fundacional de la República fue el general Tomás Cipriano de Mosquera. El veterano político payanés sostenía que, si el país debía reconocer un hecho como punto de partida de su vida republicana, este debía situarse en los sucesos de Cartagena (14 de julio) o Pamplona (4 del mismo mes), ambos ocurridos en 1810. Para Mosquera, priorizar el 20 de julio implicaba una adulteración de la historia.
En un nuevo intento por fijar una fecha que unificara el relato nacional —en medio de los constantes conflictos entre los Estados Soberanos durante la etapa de los Estados Unidos de Colombia (1863-1886)—, el presidente Manuel Murillo Toro sancionó la Ley 60 de 1873. La norma establecía el 20 de julio como fecha oficial para conmemorar la proclamación de la Independencia Nacional, con el objetivo de consolidar un símbolo de unidad en un país profundamente dividido. Sin embargo, el resultado fue poco alentador: las capitales regionales continuaron exaltando las gestas independentistas ocurridas en sus propios territorios, sin acoger plenamente la fecha promovida por el gobierno central.
En junio de 1907, la Ley 39, firmada por el presidente Rafael Reyes, dispuso que el 20 de julio de 1910 —primer centenario del inicio de la Independencia— se celebrara con la solemnidad que la fecha merecía. Más allá del homenaje histórico, el objetivo era claro: fortalecer un sentimiento de identidad nacional en torno a un pasado compartido. Era una necesidad urgente tras los estragos de la Guerra de los Mil Días (1899-1902) y la pérdida de Panamá en 1903, hechos que evidenciaron la fragilidad tanto de la unidad nacional como de la soberanía estatal. La conmemoración expresaba, además, el interés de la élite conservadora por afianzar la idea de una nación centralista, moderna y profundamente hispanista, amparada por la Iglesia católica y orgullosa de sus próceres.
La herencia marcial del 20 de julio
Los desfiles militares son herencia de la tradición española. El historiador César Torres del Río señala que: «[…] las tropas españolas acostumbraban a desfilar por las exiguas y polvorientas vías de Cartagena, Santa Marta, Tunja o Bogotá para manifestar sus triunfos sobre sectores de la población, para celebrar las fiestas religiosas y cívicas del territorio monárquico europeo, entre otros».
El primer desfile militar oficial con motivo del llamado Grito de Independencia se llevó a cabo el 20 de julio de 1907 en Bogotá, con presencia del general Rafael Reyes. La celebración comenzó la noche anterior con una programación variada que incluyó una marcha nocturna de bandas militares por la avenida de La República (actual carrera 7ª), desde el Parque del Centenario hasta la Plaza de Bolívar. El recorrido finalizó a las 10 p. m. con la interpretación del Himno Nacional por parte de la banda del Ejército Nacional.
Las festividades del 20 de julio iniciaron a las cinco de la mañana con música militar en las calles y salvas de artillería en la plazuela de San Agustín. A las dos de la tarde se celebró un solemne Te Deum en la Catedral Primada, con la participación de la Escuela Militar. Luego, un cuerpo del Ejército desfiló en la Plaza de Bolívar, que permaneció cerrada al público.
Hacia las cuatro y media, el presidente Reyes presidió la inauguración oficial de la Escuela Militar de Cadetes —creada el 1 de junio de ese año— junto al Batallón Modelo de Infantería y una batería de artillería. En su discurso, destacó la labor de los capitanes chilenos Arturo Ahumada y Diego Guillén, encargados de poner en marcha el nuevo centro de formación castrense. También anunció la instalación simultánea de la Escuela Naval Nacional en Cartagena: «[…] en donde se formarán marinos que naveguen nuestros mares y defiendan y hagan respetar nuestros extensos y ricos litorales».
En 1910, con la celebración del Centenario de la Independencia, se consolidó la tradición del desfile. La multitud se reunió en la Plaza de Bolívar la noche del 19 de julio. A la medianoche, una salva de artillería dio la bienvenida al 20 de julio, mientras las bandas militares entonaban el Himno Nacional, acompañadas por el repique de campanas y los silbatos de las fábricas que se sumaron al festejo.
Por la tarde se realizó un desfile desde la Plaza de Bolívar hasta la Plaza de Nariño (hoy San Victorino), encabezado por el presidente Ramón González Valencia. El Ejército marchó en dos hileras que se extendían por más de diez cuadras, acompañado por damas bogotanas y estudiantes. Al llegar, se develó el bronce de Antonio Nariño. Concluido el acto, las tropas regresaron a sus cuarteles. A las siete y media de la noche se llevó a cabo un desfile de representaciones alegóricas, desde la plazuela de San Agustín hasta la de San Diego, precedido por una banda musical y un grupo de soldados que portaban antorchas encendidas.
Como parte de las festividades, el 24 de julio se realizó una parada militar en el campo de Marly, escenario que tomó su nombre de la tradicional casaquinta bogotana ubicada en Chapinero. La ceremonia fue comandada por los oficiales chilenos Pedro Charpin y Francisco J. Díaz, y marcó un hito al ser la primera vez que participaba la recién inaugurada Escuela Militar de Cadetes.
Bronces que murmuran
En 1953, Emilia Pardo Umaña (1907-1961), una de las voces pioneras del periodismo femenino en Colombia, sorprendió a los lectores de El Tiempo con una columna singular titulada Qué piensan los que fueron. En ella, con agudeza e ironía, imaginaba que las estatuas de Bogotá descendían de sus pedestales al caer la noche para compartir confidencias. Antonio Nariño se quejaba de su escultura: «Feo como ese bronce… con aires de demagogo de pueblo»; y la Pola lamentaba haberse dejado fusilar, reprochando que los colombianos eran «unos menguados que ni conservan lo que les dejamos». Más allá de las razones individuales, el sentimiento era unánime: todas estaban descontentas.
Una escena similar podría imaginarse hoy en muchas ciudades del país, incluida Armenia, donde los bronces también parecen guardar silencios y frustraciones. Si la periodista hubiera escuchado las confesiones del Bolívar esculpido por el maestro Roberto Henao Buriticá —ubicado en pleno centro histórico—, tal vez el Libertador habría expresado su inquietud ante la necesidad de renovar el compromiso ciudadano con el civismo, la historia y el patrimonio.
La columna de Pardo Umaña, más que una anécdota literaria, sigue siendo una provocación vigente. Hoy, cuando apenas se izan algunas banderas y los himnos se entonan sin emoción, vale la pena preguntarse si el homenaje a la patria se limita al acto simbólico o si, por el contrario, estamos dispuestos a encarnar el verdadero sentido de la historia que evocamos.
El patriotismo no se expresa en gritos desafiantes, ni demostraciones de fuerza; tampoco se reduce a los desfiles o a las fechas señaladas en el calendario. Se construye en el respeto por la memoria, en la defensa del bien común y en el compromiso cotidiano con una ciudadanía más consciente y solidaria.
Tal vez, solo entonces, las estatuas y los bustos —aquí y en cualquier rincón del país— puedan contemplar desde sus pedestales, con serena esperanza, a un pueblo que no se limita a recordar su historia, sino que la honra con cada acto de justicia, de respeto y de construcción de un porvenir más digno para todos.
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