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Su legado vive hoy en el Museo Casa de los Abuelos.

La foto que se publicó en el ejemplar de un semanario del Eje Cafetero (“Café 7 días”), ya fuera de circulación, me trajo el recuerdo de un humilde personaje de mi pueblo natal, Filandia. Con el título de “Melodía de calle”, un reportero gráfico de ocasión reseñó en pie de foto la siguiente leyenda:

“En un país como el nuestro el rebusque es una actividad cotidiana que ejercen miles de personas que no tienen la oportunidad de trabajar y estudiar. Muchos aprenden, sin embargo, el arte de hacer música agradable a los oídos, buscando obtener ayuda, como este acordeonista de calle, con la mirada perdida”.

 

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Recorriendo la carrera octava de Pereira, en una tarde del mes de septiembre de 1998, en medio del bullicioso trajín, el fotógrafo obturó su cámara profesional hacia el sitio donde se encontraba el personaje sentado en el andén. Frente a él, su maleta sencilla, mientras interpretaba el acordeón. Lo mira de soslayo un transeúnte, tan modesto como el acordeonero. Su nombre, Ginel Aguirre.

Quien no recuerda en Filandia al inolvidable Ginel? Hijo de don Pablo Aguirre y miembro de una familia ilustre, entre los cuales sobresalen varios escritores, nuestro músico popular escogió el más modesto de los oficios, centrado en entretener a su público en su tierra natal y en parques y avenidas de las poblaciones vecinas a Filandia. Porque, además, durante algunos fines de semana, sacaba a la calle un singular y colorido aparato de madera, que guardaba al interior de su casita. Soportado en un trípode, el curioso objeto se colocaba en algún parque, llamando la atención de todos. Se veían tarjetas de colores en dos cajoncitos, que Ginel abría a modo de receptáculo de sorpresas. Pero, oh fantasía! Sobre la simpática caja retozaba un lorito, verduzco y pequeño. Los curiosos arrimaban al ver el animalito, y comenzaba la sesión de encanto. Pues se trataba de la “cajita de los loritos de la suerte”, una especie de baulito mágico, cuya misión era guardar tarjetas que contenían mensajes y ofrecerlos, tal cual un oráculo, a los interesados, que esperaban leer en ellos el futuro amoroso y de fortuna que les deparara el destino. Con una moneda que recibía Ginel, esos escritos eran sacados por el lorito con su pico y entregados al ansioso solicitante.

El acordeonero Ginel Aguirre.

Ginel, como mensajero de la suerte de los demás – algo que hacía muy bien – había optado por ese curioso oficio como algo complementario. Porque su verdadera pasión era la música. Sacaba su caja fabulosa los fines de semana y los días de mercado. Y el resto del tiempo lo destinaba a la interpretación del acordeón, su compañero permanente y fiel en las calles.

Ginel había pertenecido en Filandia a la banda de música, en los años 60, la cual era integrada por otros caballeros recordados. Ellos eran José Leonel, Gabriel y Jesús Benítez, Ernesto Salazar y José Encinten Ocampo. De ese grupo solo sobrevive el último mencionado quien interpreta todavía la trompeta. Las fotografías antiguas de la banda municipal muestran a Ginel tocando el tambor. Era un virtuoso para diferentes instrumentos musicales. En los años anteriores se había destacado como acordeonero de un conjunto típico, el trío Los Pirolos, conformado por otros dos músicos populares, Álvaro Páez y un hijo de don Domingo Murillo.

La foto del semanario “Café 7 Días” muestra al taciturno Ginel en el andén de la carrera más transitada de Pereira. Ella me recordó dos momentos. El primero, el inolvidable hecho que marcó la historia musical de Filandia, esto es la existencia de la banda de los Aguirre, también llamada Banda de Cera, que había conformado don Pablo Aguirre, su padre, a principios del siglo XX. El segundo hecho es remembranza familiar. Pues en los años 60, mi papá había adquirido un acordeón y un piano, esperanzado en que mi hermano mayor se convirtiera en intérprete acordeonero y que otra de mis hermanas mayores lo hicieran con virtuosismo con el piano. Pero ninguno de los miembros de la familia siguió ese camino, aunque sí se dedicaron a cultivar los senderos de sus profesiones universitarias.

Banda de Música de Filandia.Año 1965.

Don Pablo Aguirre, muy recordado por su actividad cotidiana como zapatero, contaba con un talento musical innato, que lo llevó a conformar con sus hermanos Arturo, Bernardo, Ceno y Nicolás, y con otros amigos, la más famosa banda que alegrara el ambiente filandeño de entonces. Ensayaban e interpretaban en las noches, en un kiosco que se levantaba en el parque antiguo llamado de los Novios. Y lo hacían siempre en horas vespertinas y nocturnas, porque los instrumentos, todos de viento, estaban unidos en sus partes con cera. Si sus retretas formidables se hubieran ofrecido al aire libre, podían correr el riesgo de ver cómo se derretía la cera y se truncaran las maravillosas presentaciones, que los abuelos nuestros todavía comentan.

Ginel heredó el talento musical de don Pablo y eso lo demostró con su toque de la música de acordeón. Sin embargo, no podía contar con uno de carácter permanente en Filandia. Ya se había radicado en Pereira y solo llegaba de visita al pueblo, con su cajita de loritos de la suerte. Lo que motivó a mi padre cederle el de la familia, el cual permanecía guardado en un viejo armario. Ginel lo tomó prestado varios años, cuando visitaba a los amigos y familiares en Filandia. Recuerdo una melodía especial que él nos regalaba, porque lo hacía con mucho sentimiento. Se trataba de “Puñal sevillano”, que también le encantaba a mi madre. Al fallecer ella, en 1976, el acordeón quedó definitivamente en posesión de Ginel y ya se lo llevó para Pereira, al lado de otros instrumentos musicales. Los tenía en su hogar, con su esposa e hijos, quienes siempre vieron en ellos la base del sustento diario, pues con el producido con la música de su padre crecieron en regular bienestar económico.

Me dio mucha alegría ver el instrumento antiguo de la casa nuestra, reseñado en la foto del periódico, pues siempre supe que sus notas y su corazón de madera conservaban el espíritu de mis padres. Ahora estaba en buenas manos.
Había perdido el contacto con Ginel desde los 80, hasta la emoción que me produjo ver el testimonio gráfico. De Ginel nunca olvidé su rostro sufrido pero noble, su humildad y su mirada de ojos claros y hermosos. Hace unos meses recibí un presente que me satisfizo enormemente. El acordeón regresó a nuestras manos, pues los hijos de Ginel decidieron entregarlo al Museo Casa de los Abuelos de Filandia, al morir el progenitor. En este lugar estará siempre, pues también allí reposan los objetos más representativos de la historia del terruño. El instrumento emite todavía los acordes, a pesar de lo gastado de sus fuelles y parece reflejar la bondad del apreciado Ginel.

Nunca supe si Ginel continuó con el oficio de la cajita de la suerte callejera. Y por supuesto, tampoco me enteré de la existencia física del aparato singular, ya sin la ternura del lorito. Aunque presumo que tuvo que abandonarlo, debido a la restricción que se impuso a muchos oficios callejeros, que no les permitía tener un animalito en la brega de la calle. En este caso, un lorito entrenado para asir con su pico una tarjeta de la esperanza.

El acordeón de Ginel Aguirre.

Por tal razón, me permito transcribir una significativa crónica que tomé de la obra del escritor John Jaramillo Ramírez, en su libro La pieza del reblujo (Alcaldía de Armenia, 2006), donde él incluye una crónica fabulosa relacionada con esa labor en las calles de Armenia antiguo. Leyendo sus líneas, también llega a mi mente la imagen bonachona de Ginel. La presento a continuación:

Los loritos de la suerte
“…… Cómo eran de comunes hace tiempo! Por las calles del Armenia de ayer se desplazaba un hombre portando en sus manos un trípode, coronado en su parte superior por una caja de madera pintada de vivos colores.

…La parte de arriba de la caja tenía puertas y era el habitáculo de los loritos. La inferior era un cajón donde iban las papeletas de la suerte impresas en papel de colores: blanco para las señoras casadas, amarillo para las solteras, gris para los hombres casados, azul para los solteros, rosado para las niñas y verde para los niños.

…Previo el pago de diez centavos, el negociante de la suerte abría el compartimento de los loritos, sacaba uno que se posaba en su dedo índice derecho, y abriendo el cajón de las papeletas, le decía al lorito amaestrado y que identificaba los colores que entregara el mensaje, lo cual hacía sacándolo con el pico y entregándoselo al ilusionado comprador.

…Los mensajes eran vaguedades similares a las de los horóscopos de cualquier revista: a un soltero le decía “la mujer de tus sueños te está esperando”, o a una soltera le anunciaba “un hombre moreno está en tu porvenir”.

…La caja de madera remataba en una sombrilla pequeña, de cuyos bordes colgaban, sostenidos con pinzas de madera, de las de tendedero de ropa, ejemplares del Cancionero Tangón, que también vendía.

…Impresos en papel periódico y con un costo de cuarenta centavos, en los cancioneros encontrábamos, además de las fotos de algunos cantantes de moda (Alberto Granados, Juan Legido, Leo Marini, Eva Garza, Betty Meléndez “La Gitanilla”), las letras de las canciones que estaban en boga (“Riske”, “En la palma de la mano”, “La carta”, “Solo”, “El jinete”, “El beso”, “Claveles de Medellín”, “Sombra verde”, “Bésame morenita”). Las empleadas del servicio doméstico eran voraces compradoras de cancioneros, guardando cantidad de ellos debajo del colchón y, cuando había paseo de olla, era imprescindible empacar con la gallina y el revuelto para el sancocho, la pelota de letras y los cancioneros de la “guisa…”

La foto de una cajita de los loritos de la suerte, autoría de Julio César Hoyos y que lleva por título Altar de un vendedor de ilusiones — que encontré en el libro titulado Armenia, un milagro de ciudad (Editorial Colina, Medellín, 1989) — es la más bella muestra de este objeto artesanal de antaño.


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