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La casa quindiana, símbolo de tradición

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domingo, 18 agosto 2024

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Recuperar tradiciones en el campo arquitectónico es la misión que cumple la Fundación Cultural Artesanal y Ambiental Guaicamarintia en varios municipios del Quindío. Lo hace alrededor de la temática del bahareque, el material constructivo más despreciado.

Recuperar las historias del bahareque no es solamente remitirse a profundizar en las características excepcionales de diseño, color primigenio (y no el tono cromático de ahora, el del turismo), espacio, madera o trabajo artesanal y de levantamiento de aquellas primeras viviendas, de uno y dos pisos, que se alzan tan sobrias, todavía, en el marco de las plazas y calles de varios pueblos quindianos.

Recuperar tradiciones es introducirse en el mundo simbólico de la casa quindiana. Ello nos remite al placer de morar, el mismo que se ha perdido desde que la nueva construcción que la reemplazó entró en la dinámica del turismo. Recuperar es identificar los símbolos físicos de sus interiores. Es descubrir el lenguaje que transmitía el color de las fachadas.

Y recuperar tradiciones de la casa, como nos lo recuerda el arquitecto Alberto Saldarriaga Roa, "es entender el sentido de habitar" (En: La dimensión cultural de la vivienda, Memorias del Simposio sobre Antropología de la Vivienda, Universidad Javeriana, Bogotá, 1991).

Para comprender el valor patrimonial de la casa de bahareque quindiana es necesario escudriñar el espacio doméstico rural. Y lo redescubrimos si nos extraviamos en los pasillos y salones de los ya muy escasos caserones de los cascos urbanos, que han sido testigos de la historia centenaria. Lo digo, con nostalgia, porque yo nací y crecí en Filandia, en una de esas moradas. Ella tenía quince habitaciones en su disposición física con forma de herradura y entrábamos y salíamos de ellas en medio de nuestros juegos infantiles, saltando por el corredor de piso de tabla que las comunicaba.

La casa deja en la conciencia una marca indeleble de la vivencia. Y en la grande de nuestro pasado familiar – la de bahareque – identificamos las humildes cositerías en sus rincones. Y hasta el universo y la simbología del firmamento en la cumbrera (el zarzo) que se nos presenta con visos estrellados, pues la luz del día entra por los agujeros, entre las tejas de barro de su pesado techo.

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Nuestra casa quindiana, la tradicional de los abuelos, guarda aún en su estructura el material más útil y versátil de la otrora frondosa manigua de la época anterior a la colonización, la guadua. Se presenta, oculto, convertido en la esterilla que era amarrada, antaño, con bejuco del monte y, tiempo después, con alambre. A ese corazón de la casa lo embardunaban con estiércol de caballo (la boñiga) y después lo cubrían con cal líquida, el estucado riguroso para que la pared exterior tomara el aspecto blanquecino. Color que, además, denota frescura por dentro y por fuera.

El material de la guadua inserto en la casa no solo está en el esterillado. Está en el entramado y entrecruzado del techo, del alero y del zarzo. Ese material se redescubre hoy en un camino que busca desandar los pasos milenarios de los pueblos indígenas prehispánicos, mostrándonos la importancia extrema de esa "bambusa" en todo tipo de arquitecturas. Pues sus bohíos (las casas de la época anterior al contacto con el español), los humildes ranchos de los colonos y las primeras viviendas de las calles fundacionales encontraron en la guadua su principal soporte constructivo. Por eso da tanto dolor al ver – todos los días – cómo las nobles varillas, horcones y vigas de maderas finas se desmontan de las resistentes casas de bahareque, en el paso inexorable de este maremágnum del turismo masivo y depredador. Porque se considera que son casas viejas, que deben sumirse ya al olvido, en la consideración errónea que ellas deben, también, dar paso al progreso.

La casa quindiana en el pueblo era (es) el santuario de la abundancia. Es el código cultural que nos recuerda la amplitud del pensamiento y la exuberancia. Por esa razón, en nuestra memoria, ha quedado el recuerdo de la frase que pronunciaban nuestros padres y abuelos, al preguntarles el significado de los descomunales portones y la altitud de los primeros pisos de las casas de bahareque. Equiparado ello a la pregunta inocente que les hacíamos, cuando queríamos invitar a nuestros amigos y compañeros a la comitiva o al "algo" (o merienda) en la casa. La siguiente era su respuesta:

"…… claro que sí, mijito, donde comen dos, comen tres…."

La anterior respuesta, bondadosa y amplia, como es la grandeza física de la casa.

En la casa quindiana, la de nuestros ancestros, hay lugar para todos los elementos del ornato y la necesidad doméstica. Y sus secretos se esconden bien guardados en rendijas, recovecos y escondrijos de sus paredes y tapias. Las entrañas de sus estructuras terrígenas (pues eso son la esterilla, la boñiga y los amarres) todavía guardan las intrigas de épocas en las que, con sentimiento timorato, también se deseaba, se amaba o se odiaba en familia. Las rendijas son los únicos receptáculos que nos pueden contar la tradición de confabulación y amores furtivos. En los zarzos todavía disponemos nuestros secretos y dialogamos con sus fantasmas en la semioscuridad.

Y qué decir de las sencillas casas de bahareque del campo quindiano. Son todos los días más escasas. Pero las pocas que se resisten a la humillante demolición demuestran la calidez, que comparten con los gestos amables de sus moradores. Inolvidables ellas por sus corredores en forma de L y las chambranas de macana, para conformar la atalaya que permite una mirada al esplendoroso paisaje o a la extensión del cafetal. Fabulosa es la divisa a la cordillera o a la profundidad calurosa del occidente, por donde se esconde el sol y se asoma el viso rojo del atardecer de los "venados". Las estancias son generosas, donde cuelgan las materas con flores y plantas verdes. O donde se colocan los tarros de galletas usados, que se convirtieron en macetas. Y hasta los tarros de guadua que contienen los helechos y las matas de "novios". Las flores son tantas, en bacinillas rotas o en recipientes de tapas de gaseosa, que las casitas parecen mosaicos de colores. Algunas, con su fogón en la parte trasera, con sus mesitas de comedor en los corredores (cubiertas con manteles coloridos de hule), se parecen todavía a las láminas que llegaban en las mercancías de los rescatantes (los mercaderes de antaño) y que adornan las habitaciones interiores. Allí están, también, las vitelas y cuadros religiosos en sus paredes. El espacio es modesto y resplandeciente, pues las piezas (nombres dados a las habitaciones) se iluminan y alegran con la impresión óptica que produce el multicolor de las colchas de retazos sobre las camas y catres sencillos.

Entender lo que se conoce como la Quindianidad tiene sentido por la herencia colonizadora multiregional y por la marca de la casa. En ella se dan los "valores colectivos que encuentran representación en los símbolos físicos" (En: Recorridos del patrimonio arquitectónico colombiano, catálogo número 25, Quindío Bogotá, 1986).

La casa quindiana constituyó, antaño, un conjunto de matices de colores de la naturaleza. O sea, los tonos claros, azul, verde y gris de la época anterior al advenimiento del turismo. Pero, también, son los colores subidos que llegaron con el influjo de sus nuevos dueños. Son de altos volúmenes cromáticos de la actualidad. Pues la casa quindiana actual se acomodó a esa extraña pintura de tonos tropicales, que le gusta al visitante. Así no corresponda a una psicología del color regional.

La casa quindiana sigue siendo el símbolo de las identidades, aunque esta región ha desconocido su valor histórico y vernáculo, los que fueron impresos por el uso constructivo de la guadua. A pesar de estar revestida esta "bambusa" de calor humano, se destruye día a día, tal cual ocurre con la rapiña del patrimonio arqueológico.

La marca de la cultura solo se fortalece con el sentido de morar en la casa de nuestra herencia identitaria. El proyecto de vida centrado en reconocer en la casa quindiana la existencia de un baúl de los abuelos, debe tomar fuerza si nos atrevemos a vivir nuevamente en ella. En esa vivienda se revitalizaría la potencia de la dimensión cultural. Será considerarla como un bien físico adaptado a un medio ambiente, organizado para albergar unas relaciones familiares. Y también como un lugar económico, pero sustentable para fines turísticos.


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