En la década de 1930, Filandia vivió una época marcada por la leyenda de Jesús María Ocampo, el talabartero apodado Chum.
En la década de los 30 del siglo XX, en Filandia, se vivió una época interesante que fue signada por algo que se ha convertido en leyenda. Es la vida y los acontecimientos generados por un ciudadano llamado Jesús María Ocampo, un homónimo del fundador de Armenia. Como todos los filandeños, este personaje tenía su apodo y el del famoso talabartero era Chum.
A don Alfonso Valencia Zapata, en sus pesquisas de los fines de semana en los municipios del Quindío, le relataron muchas historias interesantes. Pero la que más llamó la atención de este investigador nato fue el de “la cometa de Chum”. Una historia única que se convirtió en leyenda y que tiene muchas aristas, en lo que corresponde a los matices diferentes de la cultura popular en ese municipio.
Gracias al relato recogido por Valencia Zapata en los años 80 – y que fue cedido por su autor para la publicación del libro “Filandia Historia Humor”, de Gustavo Ocampo Chica (Quingraficas , Armenia,1984) – hemos venido construyendo los filandeños la versión más fabulosa de nuestra historia. Porque también se ha dicho que esa cometa fue en su momento la más grande del mundo. Si hubiese existido en esos años el concurso de los Premios Guinness, la de Chum habría ganado mérito mundial como la más descomunal de todas. Don Alfonso Valencia Zapata mencionó varios personajes de la vida filandeña y configuró un contexto interesante que nos permite ver cómo se desarrollaba la cotidianidad del municipio en épocas pasadas.
Sin duda, la crónica de “la cometa de Chum”, escrita por don Alfonso Valencia Zapata, es la más emocionante de todas. Es un escrito en donde se cuentan, además, los acontecimientos desarrollados en unos días, en los que la modorra y la rutina envolvían a los parroquianos. Alrededor de la fabricación de la cometa más grande del mundo, Filandia se muestra en una de sus facetas históricas más relevantes. Porque en verdad la fabricación del gigante barrilete, para hacerlo volar por los aires, dio lugar a que décadas más tarde se realizara un festival que rememora no solamente a Chum sino a la Filandia gloriosa de las décadas pasadas.
La siguiente es la transcripción del relato, en la pluma de don Alfonso Valencia Zapata, con un título sugestivo, y que también fue reproducido en 1999, en una serie que el diario La Crónica del Quindío entregó en varios fascículos para sus lectores, conocido como “LA HISTORIA DE UNA REGIÓN”:
“LA CÉLEBRE COMETA DE CHUM”
Por Alfonso Valencia Zapata.
“Esos calzoncillos fueron hechos con un pedazo de la cometa de Chum”, fue una frase que se volvió popular en la población de Filandia. “Ese delantal de misiá María, la que vende rellenas los domingos en la plaza de mercado, fue hecho con un pedazo de la cometa de Chum”, decía una de sus vecinas. Y fue que Chum, Jesús María Ocampo, era un célebre personaje raizal de Filandia, cuya diversión consistió en su gran cometa que hizo la alegría de las gentes hace varios lustros.
La localidad de Filandia cuenta con bellos altos en su cercanías, sobre los cuales el viento de la cordillera sopla con gran intensidad. El aire frío llegado del páramo del Quindío es intenso en aquella altura. Cruza a gran velocidad y Chum, dándose cuenta de ello, ideó construir una cometa en el campo de fútbol, que fuera tan grande y que no cupiera por la puerta de la iglesia parroquial.
Fue así como se trasladó a la finca de Don Julio Ocampo, que tenía el privilegio de producir unas guaduas tan delgadas que parecían varillones. Si en ese entonces hubieran existido los televisores, de seguro que todo su guadual lo hubiera vendido para construir antenas. De allí trajo nuestro constructor, o incipiente astronauta, las finas guaduas, tan delgaditas que parecían más bien “cañabravas” de tierra fría y con ellas hizo el esqueleto para su gran cometa. Fabricado el armario con gran maestría, entró en la tarea de conseguir el género.
Recorrió el comercio de Filandia pero no pudo encontrar el género que resistiera el fuerte viento de la colina “El Patudo”. Resolvió entonces trasladarse a Armenia y de almacén en almacén llegó hasta un negocio de venta de carpas, resolvió comprar dos para camiones de 20 toneladas. Las añadió con una aguja de “arria” y luego procedió a tomar las medidas para cortarla. La lona quedó más parecida a la carpa de un gran circo que tela para un aparato volador. Fabricada ésta, el problema estribaba en la “cola”. Pensó en la cola que tenía Rogelio el exnotario cuando lo cambiaron, pero allí la cosa fue al contrario. Había más cola que cometa. Alguien le dio la idea, recoger pantalones de segunda e irlos pegando, así fueran de diferentes colores. Bernardo López Vallejo le entregó dos que tenía en la casa y uno en la finca donde lo había llevado por si acaso. Gustavo Ocampo le entregó dos medios pantalones porque no se los había alargado. Rogelio Martínez le suministró una ruana, un abrigo viejo y unos calzoncillos de amarradera. Miguel Jaramillo, dos pantalones y medio de su época de maestro de escuela. Don Santiago López, un abrigo desteñido por el tiempo y tres chalecos. El padre Valencia, dos sotanas y una camándula. Horacio Naranjo Martínez, tres pantalones de dril. Quico Elejalde, un talegado de retazos. Rafael Cifuentes, dos ruanas viejas. Antonio Ruiz, dos pantalones de segunda sin rodilleras. Jesús Rincón Serna, dos chalecos y medio suéter. Ernesto Ceballos Ramírez, tres medios pantalones porque eran corticos. Y así por el estilo, hasta que se formó la cola que pesaba tres arrobas, la que arrastraba al más fuerte elevador de cometas. Le colocó un rumbador, que al pasar el viento parecía un avión en picada. pero Chum no abandonaba su idea. Le faltaba la piola para elevarla. Como no había hilo en Filandia que resistiera el peso de esta nave interplanetaria, se fue a Pereira y allí le recomendaron comprara pita para cinchas. Así lo hizo y se fue al Alto de “El Patudo” y detrás de él gran número de gentes que querían ver cómo se elevaba este aparato cuando los vientos del páramo del Quindío soplaran en dirección a La Tebaida. Gustavo Ocampo y otros compañeros se encargaron de trasladar la cola hasta el alto.
Chum hizo los preparativos para la elevada y finalmente se amarró el último metro de piola a la cintura. Comenzó a elevarla con tal maestría que todos los presentes lo aplaudieron y le gritaban “vivas”. Le colocó un gran letrero que decía “Viva Olaya Herrera”. Esta fue la primera y última intervención que Ocampo (Chum) tuvo en política.
La cometa subía y subía, pedía más cuerda – como dicen algunas señoras – o más que los diputados del Quindío a la Gobernadora, solicitándole aumento de dietas. Pero llegó el momento en que la cuerda se acabó, precisamente cuando una especie de ciclón soplaba sobre el cerro donde se encontraban. Como no quedaba más cuerda que la que Chum tenía envuelta en la cintura, fue tan fuerte el jalón que no se pudo soltar y salió arrastrado manga abajo, por entre “boñigas” frescas, avisperos “quitacalzones” y fue a quedar sobre un hormiguero de “chispas”, engarzado en un alambrado donde se reventó la piola. La cometa siguió hacia el abismo para ir a caer a la vereda de Argenzul, precisamente de donde había traído los varillones. Nuestro cosmonauta seguía insistiendo otra vez en elevarla, pero ahora desde la manga de don Ramón Hurtado. Se elevó y con su peso fue a caer sobre la casa de don Efraín Vallejo, ocasionando daños que el científico cosmonauta tuvo que pagar.
Chum no desmayaba. A los quince días tenía todo listo para una nueva elevada. Para evitar otra arrastrada, había construido una manigueta y en ella envolvió la cuerda. Comenzó a elevar la nave y a soltarle el grueso hilo. Esta vez lo hizo desde el alto de Ramón Hurtado, que en el fondo llegó a tener el primer centro de nudismo que hubo en el país, porque allí al chorro iban todos los muchachos a bañarse a escondidas de sus padres.
La “manigueta” volteaba como si estuviera sacando agua de una bomba o lavando una guaca. El viento arreciaba. La cometa pedía piola y Chum le soltaba; en su afán le llegó hasta soltar la madeja, porque con los tirones le quemaba las manos. Agotó toda la reserva del grueso hilo. Como eran los tiempos de julio, el viento arreció. Arrancó la manigueta, reventó la piola y la fina tela para carpa pegada a los varillones de don Julio Ocampo y se perdió por el occidente. Cuando algunos arrieros que se dirigían a Filandia la vieron por última vez pasaba a gran altura sobre Quimbaya, en dirección a “Piedra de Moler”.
Nunca más se volvió a saber de la cometa de Chum que pasó a la historia de Filandia como un recuerdo.
Y todavía, cuando los parroquianos toman licor, hablan de la célebre cometa. En cierta ocasión un contertulio hacía el elogio de los finos calzoncillos que había comprado en el comercio de Armenia y esto lo repetía a cada momento. Hasta que un compañero, ya fastidiado con tanto autoelogio a la prenda íntima, le dijo: “no hable tanta paja que sus calzoncillos no rebajan de ser pedazo de la cometa de Chum”… Desde ese entonces, para opacar a quien hable mucho en Filandia de sus prendas íntimas, dicen:
Si son de alguna señora, que se queja porque le tallan, que “los hicieron con un pedazo de la cometa de Chum”.
Pero si son los pantalones de algún caballero, que los alaba por nuevos, le dicen: “no hable tanto que esos pantalones no rebajan de haber sido de la cometa de Chum”.
Su hijo, José Encinten Ocampo, un recordado trompetista de la antigua banda de músicos de Filandia, todavía tiene mucho para contar sobre esta historia fabulosa que protagonizó su padre.
En próxima entrega brindaré nuevos datos sobre la historia más espectacular del municipio de Filandia.

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