Claudio García Peña, un entrañable personaje de corta estatura, alegró durante décadas las calles de Armenia con su singular humor y nobleza.
Los personajes pequeños de estatura tienen su encanto propio. Y, si son los populares, los que vemos en las calles de pueblos y ciudades, resulta que tienen el don de conservar la magia de sus respuestas singulares, motivantes de la curiosidad por escuchar sus chascarrillos, apreciar sus miñocos y reírse a carcajadas con sus notables muecas.
Todas las estancias del país recuerdan a sus pequeños juglares. Irónicamente, en ellos se condensa la fama de las localidades, y hasta son exhibidos sus retratos en las dependencias oficiales, al lado de otros ilustres. Porque, a pesar de su estatura, son más visibles que otros, por la simpatía que despiertan.
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De allí que, en Armenia, ¿quién no recuerda a Lilia Pérez, la “Repollito”, la pequeña quindiana más famosa de todos los tiempos? El equipo Deportes Quindío la nombró siempre como su insignia, encabezaba desfiles cívicos y entraba sin ser anunciada —siempre en posición de honor— a los eventos públicos.
Pero no fue Repollito la única celebridad en miniatura. Un caballero (¿o caballerito?) se disputaba con ella el sitial de la pequeña fama. Se llamaba Claudio García Peña, más conocido como Claudio. Con una estatura de 1 metro con cuarenta, una voz de bajísimo tono (al contrario de Repollito, que retumbaba con su acento chillón), bigote blanco, arruguitas sentidas en su rostro y su infaltable sombrerito, sin duda alegraba a su paso por las calles de la capital del Quindío.
Cuando, el 28 de diciembre de 1996, el periódico La Crónica del Quindío publicó en una de sus páginas un escrito dedicado a tan gracioso personaje —titulado “Claudio busca una medallita”— muchos creyeron que se trataba de un reportaje del Día de los Inocentes, preparado por una de las periodistas a un imaginado fantástico.
Pero no, Claudio era de carne y hueso, aunque se acomodara su pequeña humanidad en un pantalón juanchón, se pusiera un saquito de segunda y llevara siempre su paraguas, casi tan grande como él.
Le dijo a la periodista Mara Villa (ese sí fue un nombre ilusorio, por el Día de los Inocentes) que había venido al Quindío por la misma ruta que empleó Jesús María Ocampo, el tigrero fundador de Armenia.
Nacido en Anaime (Tolima), liberal de filiación política y con 80 años en ese momento de la entrevista concedida, le comentó a “Mara Villa” que sus padres lo trajeron de 12 años de edad y con solo 60 centímetros, y que se establecieron inicialmente en Pijao. Cuando creció (¿será cierto?), se trasladó a Armenia, donde “dormía en las calles y en los buses, pues en ellos trabajaba haciendo aseo”.
De Claudio se supo que su trabajo más constante fue el de vendedor de billetes de lotería. Y cuentan que se ganó uno entero, pero se derrochó el dinero con los amigos. Averiguaron las “malas lenguas” que, por ese motivo, consiguió novia. Bien enamorado y preparándose para el matrimonio, la pretendiente “se dio cuenta que el hombre ya no tenía la plata que se había ganado en la lotería y decidió abandonarlo”.
Pero Claudio no claudicó. Volvió a la agencia, sacó los billetes de lotería de rutina y siguió en su oficio, guardando estricta soltería hasta que el Instituto de los Seguros Sociales lo jubiló.
Son muchas las anécdotas que se cuentan sobre su oficio de lotero. Su apariencia motivaba en los demás la infinita ternura y, como ocurrió con los personajes populares, muchos lo fustigaban y formaban a su alrededor ambientes de burla y hasta de rechazo. Pero el noble Claudio no se inmutaba. Como cuando tres políticos, que estaban sentados en un café del centro de Armenia (comentando la derrota de un grande del partidismo), ante la llegada de Claudio al escenario de la conversación, le exigieron se retirara. Pero, con su delicada voz, les respondió: “Tranquilos, que yo pago, porque ustedes están no solo derrotados, sino pelados…”.
De todas las simpáticas historias, la que más se comentó fue descrita en aquella crónica de la prensa:
“En cierta ocasión llevaba Claudio un billete de la lotería del Quindío y un hombre caritativo le fue a comprar completo lo que llevaba, pensando en el bienestar del ya anciano lotero. Ante la propuesta de vender todo el billete, Claudio le respondió: ‘No puedo vender sino un solo quinto, porque si se la vendo toda me quedo sin trabajo y yo no quiero ser un vago’”.
Se podría pensar que el disparate fue la esencia de tal personaje. Pero no, algo tenía visos de sensatez. Ante la angustia de quedarse sin empleo, se cuenta que conservaba un billete de lotería que ya había jugado y permanecía con él en la mano, pero sin dejarlo tocar de nadie “por el miedo de quedarse sin trabajo”.
Sin duda, un perseverante lotero que posó de buen vendedor, que no se resistió al ocio. Y tampoco a la condición de buen ciudadano, pues nunca se cansó de pedir que le impusieran una bien merecida medallita por sus méritos, aunque fueran pequeños.
Murió en soledad. No quedó registrada la fecha de su deceso, tampoco los detalles de su sepelio. Y, como ocurrió con el funeral de Repollito, tal vez pocos lo habrían acompañado a su última morada.
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