La guaquería es, infortunadamente, un ingrediente identitario de la región quindiana, pues ella estuvo entroncada en los acontecimientos que acompañaron los procesos fundacionales de sus municipios.
La dañina práctica de la guaquería -o saqueo de yacimientos arqueológicos prehispánicos- en el centro de Colombia no es solo un hecho contemporáneo. Está en el registro histórico de esta región desde finales del siglo XIX, cuando transcurría el proceso de colonización multiregional que llevó a la fundación de muchos municipios, en la región que hoy se conoce como el Eje Cafetero.
A finales de ese siglo -y simultáneamente con la fundación de Montenegro– ocurrió el evento de guaquería más conocido, consistente en el hallazgo de ricos ajuares funerarios de orfebrería en dos tumbas de un sitio llamado La Soledad, en territorio del entonces caserío de Filandia y hoy jurisdicción de Quimbaya. Es un hallazgo que ha pasado a la historia vergonzosa de este país, con el nombre del ‘Tesoro Quimbaya’. Lamentable suceso, no solo por la destrucción de los yacimientos arqueológicos, sino porque las piezas fueron obsequiadas a España por el gobierno colombiano (su propietario) en 1893, luego de haber sido exhibidas en los actos conmemorativos de los 400 años del mal llamado descubrimiento de América.
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La guaquería es, infortunadamente, un ingrediente identitario de la región quindiana, pues ella estuvo entroncada en los acontecimientos que acompañaron los procesos fundacionales de sus municipios. El más curioso tiene que ver con La Tebaida, pues sus fundadores, en 1916, fueron guaqueros, los hermanos Arango Cardona. Su cabeza más visible fue don Luis, quien escribió el polémico libro titulado ‘Recuerdos de la guaquería en el Quindío’, una obra singular, que no tiene parangón alguno, donde el autor describe con lastimoso realismo los hechos de saqueo en varios lugares de la hoya y la cordillera y, también, en los terrenos de propiedad de su familia, los mismos que fueron distribuidos a los colonos para conformar la estructura urbana de La Tebaida. Es un libro icónico que -no obstante ser único en el panorama bibliográfico de la época de su tiraje- presenta textos desordenados y sin ilación en gran parte de su contenido. Don Luis Arango Cardona aborda temas disímiles, tratando de referirse a la guaquería como un hecho necesario en su época y que debería compaginarse con la arqueología, generando así una postura curiosa, la cual confunde al lector de nuestros días. Lo que contrasta con la aceptación que generó su lectura en la época de publicación de su primera parte, a principios de la segunda década. Dentro de sus anotaciones, él menciona que ya en los años 1921 y 1922 el tomo 1 era leído, comentado y criticado en varias partes del país. En el año 1943 apareció el gran ejemplar, compuesto por el compendio de los tomos 1 y 2 (que habían sido publicados por la Editorial de Cromos Luis Tamayo y Co. en 1924) y adicionando un suplemento en sus últimas páginas, donde relata los eventos de guaquería de las décadas de los 30 y 40.
El autor no hace referencia directa al Tesoro Quimbaya, pero sí anota varias informaciones fragmentarias sobre el “pueblo de La Soledad”, lo cual deja una duda sobre si se refería a dicho hallazgo o a otro del mismo nombre, especialmente en el “pueblo” de Montenegro, pues en uno de sus párrafos es directo al afirmar (página 10) que desde 1885 “hubo un progreso en la guaquería, sin interrupción hasta 1914, en que ya comenzó la decadencia”.

También sobre el “pueblo” de Montenegro -y en los términos rudimentarios que empleó- afirma que “sacan el oro por quintales; días de gloria para los guaqueros, pues casi todos encontraban desquite”.
Es en el tomo 2, que data de 1924, donde Luis Arango Cardona hace la descripción más clara de un hallazgo arqueológico, el único en el que reconoce su intervención directa como gastero (persona que costeaba el trabajo de guaquería) y como guaquero. Se constituye ese relato en la más clara referencia al saqueo arqueológico sucedido hace un siglo en territorio del Quindío y que ha pasado al registro histórico como la “guaca de El Dragón”. En la página 98, esto afirma: “En una angosta pero hermosa cuchilla de la altiplanicie de la hacienda Buenos Aires existe un pueblo de guaquería llamado El Dragón, bajo la selva secular, en medio de los ríos Quindío y Barragán…
De las guacas de este pueblo nos ocuparemos largamente… Corrían los meses de julio y agosto de 1922 cuando sacaron un cajón de 1 por 2 varas y 2 de profundidad. Bóveda muy pequeña. Cadáveres, uno. Oro, 25 castellanos en dos narigueras. En este sepulcro se hallaron más de dos arrobas de perlas de cristal de roca…”

En efecto, varias páginas las dedicó don Luis a la descripción de los hallazgos en ese sitio, aclarando que “no lejos del pueblo de El Dragón, hacia el occidente, se hallan los salados del Pijao y Quindío, hacia el sur, el salado de Burila” y hacia el oriente de El Dragón se halla la mina sedimentaria del Tolrá”.
Fue tal el impacto del primer hallazgo, que muy pronto ese lugar fue guaqueado con insistencia, lo que provocó que apareciera la noticia en el diario El Tiempo, dos meses después, en septiembre de 1922. En la sección Hace 100 años, del ejemplar de septiembre 24 de 2022, así aparece la remembranza noticiosa: “Descubren tesoro en Armenia. En la hacienda Buenos Aires, de propiedad de Cloromiro Arango, se descubrió lo que llaman los aldeanos “un pueblo de guaquería”, que no es otra cosa que un cementerio indígena, en el que, como se sabe, enterraban sus tesoros. Hasta el momento se han encontrado unas 30 libras de oro, bellas alhajas y otras joyas”.
Sobre las características de las piezas orfebres encontradas, Arango Cardona incluye en su libro varias fotos de la que él llama “Mi guaca El Dragón”. Dos de ellas llaman la atención. La primera es descrita en los siguientes términos, deduciendo además que su forma dio origen al topónimo del sitio: “La tercera alhaja pesa 9 castellanos y es de oro fino… Según los guaqueros este animal es alegórico, por lo que le dieron el nombre de El Dragón… El animal descansa sobre su vientre, y por eso le vemos patas y manos en forma de quietud; en lugar de orejas tiene unos dientes en forma de sierra y en lugar de ojos unas concavidades” (página 119).
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La segunda pieza es mencionada como una “pechera “ por Arango Cardona y así describe su parte superior: “…pesa 59 castellanos y tiene más de 10 pulgadas de altura; por detrás y a la altura de la cabeza, lleva un grueso anillo por donde le pasaban un fuerte cable para cargarla al cuello la persona… Los ojos son unos huecos que cruzan de un lado a otro; los párpados están bastante levantados; dos crespos penden del filete inferior de la aureola. La nariz es cuadrangular; el lugar de la boca está ocupado por un lomo y sobre este una especie de cinta. Debajo de la mandíbula inferior lleva cuatro crespos de forma oval”(página 121).
Tres páginas de su libro dedicó Arango a la descripción de esta pieza y no ahorra elogios para la que consideró “un dibujo de incomparable belleza, más por sus brillantes cuando es herida por los rayos del sol”. En el último párrafo de su descripción (página 122) anota un dato sorprendente: “La pechera y el cetro los vendimos a un señor Borné (alemán) por 500 pesos y hoy los tiene en un museo de su propiedad en Manizales. Tal venta fue en realidad barata, para poder liquidar una cuenta con los demás guaqueros; yo no quería que la vendiéramos, pero los compañeros necesitaban el dinero. Todos los negocios de esta clase se hacen con afán y siempre salen disparatados…”

El destino determinó que esta pieza, encontrada en territorio montañoso de la cordillera quindiana en 1922, entrara posteriormente a la colección del Museo del Oro de Bogotá. De la otra se desconocen los pasos siguientes a su muy probable venta a algún coleccionista. La “pechera”, uno de los más hermosos objetos prehispánicos de Colombia tiene el número de registro 00609. Corresponde en su tipología a un objeto considerado como ícono chamánico, tal cual lo describe Gerardo Reichel Dolmatoff en su obra ‘Orfebrería y chamanismo’ (Villegas Editores, Bogotá, 2005). El texto que acompaña a la foto actual de esa pieza dice los siguiente: “Pectoral antropozoomorfo esquematizado. Esta pieza, que representa al chamán cubierto de plumas, es la obra maestra del estilo Tolima. Valle del Magdalena. Hacienda Buenos Aires, El Dragón, Calarcá, Quindío. 23.4 por 25.7 centímetros”.
