Por supuesto, los perjudicados eran los pueblos indígenas, pues ellos quedaron prácticamente al servicio de los caucheros, quienes los endeudaban con mercancías y los esclavizaban y torturaban, sobre todo en las dos sedes con las que ya contaba la Casa Arana, en las poblaciones de La Chorrera y El Encanto.
“La Vorágine”, esa obra literaria que cumplió 100 años de publicación en el año 2024, luego de haber sido escrita por José Eustasio Rivera, es también la denuncia de uno de los periodos más tortuosos de la historia colombiana: la época de las caucherías.
En sus páginas se describen los abusos de la Casa Arana, esa compañía del peruano Julio César Arana, quien, desde 1899, como cauchero que era, ya estaba realizando operaciones de compra y transporte del caucho entre las poblaciones del Putumayo. A principios del siglo XX entabló relaciones comerciales con la firma Larrañaga Ramírez y Compañía, que acababa de establecerse en la región del río Igará Paraná. Esto se convirtió en la razón social Arana, primero, y luego en Arana Hermanos, dominando toda la región en esa línea de comercio.
Por supuesto, los perjudicados eran los pueblos indígenas, pues ellos quedaron prácticamente al servicio de los caucheros, quienes los endeudaban con mercancías y los esclavizaban y torturaban, sobre todo en las dos sedes con las que ya contaba la Casa Arana, en las poblaciones de La Chorrera y El Encanto.
En ese momento histórico, la zona estaba en disputa territorial entre Colombia y Perú, y se pudo comprobar que esa coyuntura favorecía más a los caucheros peruanos en la afirmación de sus posesiones. En las sedes donde se recogía el caucho, un personal de capataces, vigilantes y trabajadores indígenas cumplía el papel de amedrentamiento para hacer rendir la producción.
“Los capataces supervisaban el cumplimiento de las cuotas, y aquellos que no lo hicieran eran azotados, torturados en el cepo o simplemente asesinados; la desobediencia era penada con mutilamiento o falta de alimento”.
La anterior anotación, publicada por el diario El Colombiano de Medellín en mayo de 1992 (“Yo les quitaba el taparrabo y se los ponía de nuevo…”, su título), es apenas uno de cientos de artículos de prensa y de capítulos de libros que se han divulgado sobre el que se considera uno de los genocidios más infames del siglo XX.
Tuve la oportunidad de laborar en el Vaupés colombiano en las décadas de los 80 y 90. Al entrar en contacto con las poblaciones indígenas, pude escuchar relatos asombrosos sobre esas ignominias. También conocí varios ancianos sobrevivientes, que mostraban las cicatrices profundas en sus espaldas por los latigazos de los castigos. Era la marca de muchos recuerdos tristes porque, para entonces, en lo que se llamaba todavía la Comisaría del Vaupés (antes de la promulgación de la Constitución de 1991, que le dio el nombre de Departamento), no se olvidaba la tragedia vivida por cuenta de las caucherías.
Y no era solo el dolor de recordar esos hechos, pues también se tenía en cuenta el rigor de otras bonanzas que había vivido la selva en el pasado, las que solo han favorecido a los explotadores. Ellas fueron las de las pieles de nutria y jaguar, la coquera en el momento en que arribé al territorio y la del oro, a finales de los 80 y principios de los 90. Incluso, en la historia de la colonización de esos lugares, se comentaba que en los años 50 el criminal alemán Adolf Eichmann “llegó por el río al puerto de Mitú, escapando a la persecución de los cazadores de nazis”, tal cual lo confirma la revista Credencial Historia, en su artículo titulado “Mitú: Bonanzas y Maldiciones”, escrito por Juana Salamanca Uribe en el año 2008.
Durante mi permanencia en Mitú, la capital del Vaupés, escuché dos historias fabulosas relacionadas con dos sitios idílicos y bellos que pude conocer en mis recorridos. El primero me llamó más la atención en razón a mi origen quindiano. Se llama Circasia y está a la mitad de camino en la navegación que se emprende desde Mitú hasta el corregimiento de Yuruparí, un raudal fantástico que se encuentra aguas arriba del río Vaupés.
Quién sabe qué aventurero quindiano le colocó el nombre a tal maravilla natural.
El segundo sitio se conoce como Tío Barbas, arriba de Yuruparí, y allí pude contemplar fugazmente las ruinas de lo que había sido un barrancón (barraca grande, casona para trabajar y vivir) de los caucheros.
Las ruinas de las antiguas caucherías hoy son la comprobación de aquellos sucesos. Las más famosas son las de La Chorrera, donde los muros derruidos y la gran casa, hoy adaptada como recuerdo de la historia trágica, nos hablan de miles de indígenas sacrificados. Diferentes ruinas se riegan por distintos lugares de la selva, como ocurre en Araracuara, El Encanto y otros rincones selváticos donde se concentraba la recolección del hevea o caucho.
Entre ellos estaba, por supuesto, este lugar que visité rápidamente: Tío Barbas. Es notorio que aquellos hombres rudos, los explotadores, escogieran los sitios más hermosos, al lado de caños de aguas tranquilas y corrientes coloridas, donde se ofreciera esparcimiento para los suyos. Irónico, porque, mientras tanto, los indígenas estaban confinados en los cuarteles y barrancones, sufriendo y hasta soportando los horrores de las torturas.
No pude recoger información sobre el barrancón de Tío Barbas, pues el mutismo y el silencio primaban. Se contaba entonces que, en los años 40, allí se concentraba el producido cauchero del cerro Mitú, las bocas del río Carurú, Calamar, el cerro Circasia y las sabanas próximas a los ríos Guayabero y Guaviare.
Cuando llegué a Circasia, mi impresión fue otra. Es un hermoso lugar, muchos lo comparan con Caño Cristales, pues allí se aprecian pequeñas cascadas que forman lajas de piedra escalonadas, por donde llega el agua de varios colores, especialmente de tonos rojizos.
Solo en una sencilla publicación titulada “Rastros de la selva” (Editorial Códice Ltda., Santafé de Bogotá, 1996), escrita por Rafael García Sánchez, un zipaquireño que navegó por los ríos amazónicos, pude conocer la historia verdadera de Circasia, el punto hermoso de la selva, a orillas del Vaupés.
Este marino, que ingresó a la Armada Nacional y que había llegado al Vaupés en 1962, rescata la historia oculta de Circasia. Y en uno de los capítulos de su libro nos trae el relato transmitido de labios de ancianos indígenas, bajo un título particular: Esa versión nos recuerda que, selva adentro de “Circasia”, había existido una casa de cauchería que no solo concentraba el material recogido en los pueblos cercanos, sino que también era el centro de reclutamiento y sometimiento de jóvenes indígenas para enviarlos a otros ríos que conectaban con las zonas sureñas del río Pirá Paraná, el río Apaporis y hasta del Igará Paraná, el lugar central de la tragedia provocada por los Arana.
Esto escribe el autor (página 88):
“Aquí se encuentran todavía escombros de lo que fue un fortín hace 60 años y más. Era una especie de agencia de la Casa Arana, con contactos con la Peruvian Amazon Company, destinada a la extracción del caucho en la región, pero principalmente a la cacería de indios en los ríos Cananarí, Tiquié y Pirá Paraná. Luego, unos serían llevados a las casas matrices, otros dejados al servicio en ‘Circasia’. Como éstos eran maltratados, en toda la extensión de la palabra, por capataces y verdugos, vino la natural reacción, y ‘Circasia’ fue tomada por los indios”.
Los tristes episodios que sucedieron en “Circasia”, derivados de los vejámenes provocados por el cauchero principal, Manuel Antonio Gómez, el dueño del lugar, obligaron a un grupo de pobladores nativos a protagonizar su recuperación.
A TOMA DE CIRCASIA
“Pluma Gallineta era un indio tatuyo. Con este nombre, por su fiereza y malicia, se le encomendó el delicado mando de esta operación…”
… Intensos soplos, rezos, brujerías, y cuando el sol iniciaba apenas su descenso, lenta y sigilosamente avanzó Pluma Gallineta en medio de la selva hasta muy cerca de las instalaciones de Circasia. A prudente distancia, asestó con su cerbatana sobre la humanidad de Manuel Antonio Gómez, quien, con carabina en mano, se hallaba sentado en una esquina de la casa principal, somnoliento por efecto de los rezos.
… Pluma Gallineta no había movido ni una hoja en su misión; se retiró un buen trayecto y, con todo el poder de sus pulmones, hizo sonar el uri (trompeta de cerámica), que retumbó estruendosamente por la selva, anunciando la hora cero.
… De todas partes salieron indios como hormigas, con sus armas tradicionales y en intensa gritería.
… Los blancos, tomados por sorpresa, con tanta algarabía, sin saber qué hacer ni qué pasaba, unos resistieron el ataque tratando de defenderse y murieron; otros pocos huyeron selva adentro. Los agresores también tuvieron algunas bajas.
… Provistos ya de fósforos, prendieron fuego a algunas instalaciones, mientras otros saqueaban los depósitos de comida y materiales que iban depositando en batelones (canoas grandes) que se hallaban a la orilla del río. Entre los objetos obtenidos se recuerdan cuatro cajas de machetes, seis escopetas, pólvora y munición, aguardiente, jabón, anzuelos, telas y ropas, sal, cigarrillos y tabacos, puntillas y más mamirí (cosas vistosas de escaso valor).
… Cuando la noticia se supo días después en Mitú, de inmediato se organizó una comisión bien armada. Llegaron a Circasia, hallaron ruinas, quisieron subir por el caño Tí, pero, tan solo un poco arriba de las bocas (la desembocadura), uno de los guías sospechó de una trampa de las que los fugitivos habían instalado.
… En nuestro primer viaje, hace años, por la región del Pirá Paraná, lo primero que nos preguntaron era cómo se llama, cuál es su apellido.
… De tal suerte que, si por casualidad usted, amigo lector, es de apellido Gómez, no intente viajar a aquella región, porque allí seguramente se le considerará pariente de aquel personaje y algo le podría suceder…
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