El valor del álbum fotográfico como registro histórico de antaño.
Las fotos en blanco y negro, generalmente familiares y sociales -también llamadas analógicas- constituyeron, en el transcurso del siglo XX, los más interesantes testimonios de la vida ciudadana y de su cotidianidad. Iban incorporadas en los álbumes, conjuntos de carpetas estos que las contenían y, por lo mismo, ellos eran los más importantes reservorios de la vida de antaño, que siempre estaban en el lugar preferencial de la casa antigua. Se guardaban celosamente en el baúl de madera o en el escaparate de fino tallado. Los álbumes se mostraban con orgullo a los visitantes de la casa y las abuelas estaban pendientes de añadir más y más detalles visuales a sus páginas, porque en ellas estaban condensadas la memoria y las vivencias que se resistían al olvido.
Los álbumes de fotos eran el tesoro de los ancestros, como que ellos representaban también el abolengo y la alcurnia de los antepasados, cuando se trataba de familias que se enorgullecían de sus blasones y títulos nobiliarios. O de los modestos hogares que, en las escasas fotos acopiadas, veían la eterna marca de su única fortuna, la pertenencia a una familia. Las fotos en blanco y negro eran el vehículo al repaso sentimental del tiempo ido. Se miraban con igual rasero para todo tipo de núcleos familiares, fueran ellos de condición social acomodada o de cuna humilde. En las fotos se congelaban el primor, la ternura y la emoción de las imágenes, el único nexo con la apropiación al plano del recuerdo.
Pero las fotos en blanco y negro -y aún las de color que aparecieron masivamente desde los años ochenta del siglo XX- también fueron motivo de odio y desprecio cuando, en ellas, se veían posturas, muecas o vanidades que vulneraban el gusto y el decoro del género femenino. Cuántas de ellas fueron mutiladas, rayadas, arrancadas de los álbumes y desaparecidas para siempre, por el solo hecho de corresponder sus imágenes al prejuicio condenatorio de quien las apreciaba. O porque reflejaban el recuerdo nefasto que ella vehiculizaba. Testimonios valiosos que se fueron para siempre con su supresión en esos álbumes de la nostalgia.
La historia del álbum de fotos es tan emocionante como lo es también el de la evolución de las mismas gráficas que contiene.
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A través de la historia, la reseña de los álbumes -o lo que se parezca- se anticipa al siglo XVIII con lo que se denominó el “libro de lugares comunes”, una compilación de recuerdos gráficos y escritos, concentrada en una especie de cartilla que también contenía apuntes y anotaciones importantes para su dueño. Le siguieron el “gabinete de curiosidades”, el “álbum de señoritas” o “libro de visitas”, todos ellos difundidos en la Europa que apreciaba el sentido de la remembranza, alrededor de toda clase de objetos, algunos resguardados en los museos, como las expresiones del arte pictórico. Y también representados en los testimonios sencillos, de trascendencia para sus guardianes, en el seno de las familias. Algo así como lo que más adelante se constituiría en la “historia pequeña”, con mayor énfasis en el valor de la fotografía, cuando ella aparece en las primeras décadas del siglo XIX. Este es un momento de la historia muy significativo porque “uno de los principales atractivos de la fotografía reside en su capacidad de preservar huellas de vidas pasadas, así como cada una es un certificado de presencia, de certidumbre de que lo que se ve, algún día fue “(“Fotografía e Historia”, en el artículo titulado “Retratos de familia”, Revista Credencial Historia, Edición No. 84, diciembre de 1986).
Después de la aparición de las primeras fotografías, a mitad del siglo XIX, se resaltan -dentro de la configuración del álbum, sin serlo todavía en propiedad- los siguientes:
– Libros de recortes.
– Álbumes victorianos con collage.
– Libros de amistad.
– Álbumes de recetas.
Es en 1860 cuando se sorprende la vida social con las tarjetas de visita, o sea un retrato de tarjeta, denominado en francés “carte de visite”. Hacia 1890 aparece el primer álbum de fotos familiar, tomando como referencia la elaboración de las tarjetas de visita. En 1912 salen al contexto social los álbumes para tarjetas postales, pues el tráfico internacional de correos se saturó con las postales de recuerdo que enviaban los soldados de la Primera Guerra Mundial. Era la única manera de mantener el vínculo familiar de los que, en las trinchera de batalla, solo pensaban en ese medio de comunicación para saber de sus seres queridos. Los álbumes de estas características no solo contenían tarjetas postales, sino que incluían una sinfonía de gráficos, fotos y recuerdos, desplegados en pliegos de cartulina negra y que se convirtieron en los más valiosos patrimonios familiares.
Hasta 1970 las fotos se soportaban, en las esquinas de los folios, con pequeños esquineros triangulares. Después, también en los 70 del siglo XX, se idean otros materiales para embellecer las carátulas. Aparece un álbum muy hermoso, el que presenta tapas de cuero repujado. Después, prácticamente desde los ochenta, se comercian los álbumes de hojas magnéticas, que presentan fijación con gusanillos o anillas. Es con este sistema como se ve que, al colocar las fotos en el cartón, con el pegamento incorporado, las impresiones se tornaban amarillentas. Ya por esta época -en los últimos pliegos de los álbumes anillados- las madres y abuelas colocaban las últimas fotos de la tecnología fotográfica, las de color.
Por último -en nuestros tiempos del siglo XXI- aparece el álbum de fotos digital, el que caracteriza a nuestros afanes de conservar la memoria gráfica. Pero el criterio de muchos es que la magia del álbum de fotos en blanco y negro se perdió. Y, simultáneamente, por motivos diversos, dichos objetos hermosos vienen siendo desechados y tácitamente despreciados.
La realidad es triste. Cuando mueren los viejos, en el medio hogareño son otros los propósitos de vida. Lo primero que se desecha es el viejo álbum de fotos. Incluso los queman en un ritual de limpieza, donde los jóvenes participan. Sin remedio se consumen en las llamas aquellos recuerdos, pero también las cartas de amor, las novenas religiosas y hasta los muebles antiguos que ocupaban las estancias de los abuelos.
En el Quindío, dos intentos de conservar la memoria fotográfica de los álbumes han dado resultados tangibles. En Filandia lo hace el Archivo Histórico y Fotográfico, en este momento dirigido por el historiador Gonzalo Valencia. Y en Calarcá, desde hace muchos años, el gestor cultural Luis Fernando Londoño, quien dirigía el Museo Gráfico y Audiovisual del Quindío, ha dejado después de su muerte un tesoro patrimonial de miles de fotos familiares y de instituciones públicas que él recuperó, incluso rescatándolas de la basura. Es el más grande del departamento.
También en Filandia, mientras tanto, y desde la triste realidad del desecho que recogen los recicladores en las jornadas de “limpieza” de las “nuevas casas”, ellos han encontrado álbumes valiosos. Cuatro de ellos están siendo recuperados. Y parece increíble que sus fotos, que algún día alegraron a su dueños, hoy se desprecien. Pierde con ello la sociedad y se condena a las generaciones futuras a la oportunidad de interpretar la historia y los ritos de paso – como el bautizo, la primera comunión, los matrimonios o las reuniones familiares – que ellas registraron con belleza.
En los cuatro álbumes que estuvieron a punto de perderse, quienes nos hemos convertido en guardianes de ese patrimonio visual, destacamos algunas fotos. Las de la vida social de Armenia en los años 20 y 30. El álbum que perteneció a una bailarina de flamenco y que incluye fotos de artistas tan importantes, como Libertad Lamarque o las postales de toreros y rejoneadores de América. Un álbum artesanal, pues en las páginas de un antiguo libro de contabilidad su dueño fijó fotos y gráficos de la tradición española de la danza. Y el álbum de una familia de Santander, donde sus fotos incluyen paisajes y costumbres de la vida campesina de esa región colombiana.
Álbumes valiosos, que estuvieron a punto de sucumbir en el despojo de la basura. Hoy, por fortuna, rescatados, se convertirán en transmisores de los tiempos idos, los de la gloria de nuestros padres y abuelos que los apreciaron.
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