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Líder cívica del Quindío que entregó su vida a la labor social en Armenia, apoyando a los más pobres y dejando un legado de solidaridad y compromiso comunitario.

Distinguida dama cívica, benefactora y ciudadana ejemplar nacida en La Tebaida, a la sazón Caldas el 20 de septiembre de 1919 y fallecida en Armenia el 31 de octubre de 1995, sus padres Emilio Arango Cardona, uno de los doce miembros de su reconocida familia, cofundador con su hermano Luis del floreciente Jardín del Edén, y Bárbara González Mejía, nacida en Manizales y tía de Pedro González Londoño (1), en dicho hogar cuatro hermanos: Gonzalo, Camila, Néstor y Margarita.

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Contrajo matrimonio en la flor de su juventud con Eduardo Toro Franco oriundo de Pereira el 11 de marzo de 1935, Eduardo era hijo de Manuel Toro Castaño y Adela Franco García, la pareja vivió primero en la finca Palonegro, más tarde en Salento y finalmente fijaron su residencia en Armenia, donde Eduardo se dedicó al negocio de maderas y más tarde a administrar las fincas la Dulzura y el Cántaro, de su suegro Emilio Arango Cardona.

En dicha unión ocho hijos: Fabio, coronel del ejército colombiano, casado con Clara Inés Pinzón, cuatro hijas, Hernando, agricultor y ganadero, matrimonio con María Mercedes Jaramillo una hija, Carlos Eduardo fallecido a los 33 años de edad en Bogotá, César Augusto, comerciante, tres hijos, Álvaro, docente y experto en culturas precolombinas, diseñó una tumba en el parque del café, casado con Julieta Campuzano, tres hijas, ya fallecido, Jairo Guillermo, ingeniero electricista, matrimonio con María Teresa Ramírez, dos hijos, Margarita Rosa, licenciada en Lenguas Modernas, casada con el ingeniero Mario Galeano, dos hijos músicos muy reconocidos, Diego Mario, abogado, dos hijos. Una conocida familia de ocho hijos, 6 nueras, un yerno, 17 nietos, 23 bisnietos y un tataranieto.

Cursó sus estudios en el afamado colegio que regentó por años la educadora Teresita Montes, intelectual y maestra de la cual siempre se sintió orgullosa. Debe recordarse que una destacada institución educativa de la capital del Quindío lleva su nombre como homenaje a la gran educadora.

Benefactora de los humildes

Desde temprana edad se distinguió por su amor a los más necesitados, a los quince años recién casada, reunía periódicamente a los pequeñines vecinos de la finca donde vivía, para impartirles enseñanzas, prepararlos para la primera comunión, impartir cursos de religión y otros conocimientos básicos. Tuvo un corazón y manos abiertas para compartir con los más desprotegidos.

Mercados para los más pobres

En silencio y solo con la ayuda de sus hijos y algunos amigos, por años, fue costumbre entregar mercados a familias en condiciones de reconocida pobreza, en la puerta de su casa, hasta su partida final. Una costumbre propia de su condición humana en beneficio de los más pobres de la sociedad.

Ajuares para neonatos

Muchos recién nacidos estrenaron los ajuares que confeccionaba con inmenso amor, como si fuera para alguno de sus hijos. Cada quince días asistía a la salida del hospital San Juan de Dios, para entregar a las jóvenes madres de 14 o 15 años, que muchas veces vestían pobremente su bebé recién nacido.

Cobijas. Colcha de retazos

En su casa elaboraba colcha de retazos donados por los dueños de los almacenes Depósito de mercancías y Coralpa, compraba telas de muchos colores y diseños, con los que hacía preciosas colchas de retazos que después vendía a señoras vecinas de su finca y con el dinero compraba cobijas para los más necesitados. Una ayuda que parecía simple pero indispensable para muchos hogares paupérrimos.

Faro, centro de rehabilitación

Durante mucho tiempo fue benefactora de esta institución para rehabilitar personas drogadictas o en camino de serlo, como era usual, ayudaba en el anonimato, buscando sacar a jóvenes de esta difícil situación.

Socorrer al más necesitado

Era frecuente que asistiera a los programas radiales de Henry Pineda Rodríguez y Arcesio Chica Suárez, dos conocidos periodistas ya fallecidos, con el propósito de que le ayudaran a pedir ayudas para familias atrasadas en sus arriendos o en posibilidad de perder la casa por falta de pago, por medicamentos, para poder mercar el sustento de los hijos, para los vestidos de primera comunión, atender necesidades populares urgentes.

Ancianato El Carmen

Conocedora de los graves apremios de sostenimiento del conocido ancianato, se dio a la tarea de ayudar económicamente y además conseguir aportes de otros ciudadanos para su cabal funcionamiento.

Mujer de avanzada, progresista, dedicó su vida a ayudar al prójimo, a los seres humanos más deprimidos, no solo en los asuntos que he mencionado, sino además a todos aquellos que acudieren en su oportuna ayuda. Fue entusiasta colaboradora de las diferentes comisiones pro creación del departamento del Quindío y viajó a Bogotá con el ánimo de colaborar con los entusiastas animadores de la creación del departamento.

Dueña de un gran sentido del humor, siempre tenía a flor de labios la anécdota o salida jocosa con la que divertía a sus amigos y contertulios, lo que hacía que al sitio donde llegara la gente quisiera estar con ella para gozar sus vivencias y su amenidad.

Melómana de tiempo completo, amante de los boleros y bambucos, era fiel seguidora de Agustín Lara, Pedro Infante, Pedro Vargas, Lola Florez, y artistas de música colombiana. Lectora incansable de las famosas lecturas literarias de los periódicos, no fue ajena a los libros clásicos y a la literatura colombiana que conoció bien, además de su amor por la poesía, la lectura cuidadosa de la santa biblia católica. Conocedora apasionada de Honoré de Balzac, George Sand, novelista francesa, Enrique Jardiel Poncela, escritor y dramaturgo español.

Una dama fuera de serie, educadora de sus hijos, sencilla y muy humana en el trato con los demás, caritativa en silencio y benefactora de los humildes de los barrios y veredas, a los que auxiliaba sin ningún aspaviento, con el trato que se merece hasta la persona más humilde.

En su sencillo testamento, dejó dinero para la persona que barría las calles aledañas a su vivienda, el señor que vendía chuzos en la plaza de Bolívar, la señora que lavaba ropas y la joven vendedora de aguacates. Una dama singular que sirvió con amor encendido por la humanidad, por sus vecinos, amigos o personas cercanas o necesitadas.

Postulada para ser mujer Cafam del año, prefirió declinar por la reconocida jurista y destacada mujer Anacarsis Cardona Toro (2).

Con el apoyo de su hija Margarita Rosa y el ingeniero civil de la Universidad Nacional Mario Galeano, su esposo, entrego con inmensa alegría a los lectores y las nuevas generaciones, la vida y obra de la ilustre señora Margarita Arango de Toro, que levantó con su esposo una familia ejemplar que ha dado lustre a la región y al país y que además ha sido ejemplo de civismo, altruismo y amor por los más pobres, los seres humanos abandonados a su suerte. Un servicio social, sin ostentación, solo pensando en dar la mano al prójimo en el silencio de su existencia benéfica. Una dama ejemplar cuya existencia ilumina los caminos y surcos de su tierra amada. Mil gracias, mil gracias siempre.


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