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El poeta fue recibido con calidez por el círculo cultural de Filandia cuando arribó al Quindío hace más de 20 años desde su querido pueblo en Antioquia.

Cuando don Héctor Uribe Saldarriaga -el poeta de mi pueblo natal Filandia- me comentó que yo presentaría su nueva obra a finales del mes de abril, me llené de emoción. En varias ocasiones, cuando este amigo oriundo de Andes (Antioquia) me facilita sus maravillosos escritos, la admiración crece notablemente en mí. Pues muchas inquietudes salen a flote:

… De dónde fluye tanta vitalidad, en un ser humano, tan persistente a su edad (para muchos bien avanzada), lo que supondría que ello obligue a cualquier persona a irse a descansar o jubilarse (como lo dictamina equivocadamente una sociedad) y que es lo mismo que renunciar a la actividad vital’

¿Cómo puede ser que la inspiración de un poeta se traslade también a la hermosura o limpieza de su prosa?

Dos preguntas, que poco a poco van llegando con sus respuestas en la misma producción intelectual de su efluvio creativo. Son 82 años los que este amigo entrañable mío lleva en su humanidad, pero que se traducen en los mismos 41 que tenía cuando decidió emprender la mayor aventura de su vida, pasar la frontera mexicano americana por ese corredor de la muerte llamado popularmente ‘el hueco’. Me avergüenza reconocer que, al contrario, muchos de nosotros, con la llegada a la cuarta década, ya nos creemos desfallecer.

Esto no pasó con el poeta Héctor Uribe, que Filandia acogió en su círculo cultural cuando llegó al Quindío hace más de 20 años desde su pueblo de Antioquia.

Las páginas de su nuevo libro, y la prosa que en él se maneja, son la respuesta a mi segunda inquietud: Cuando se escribe poesía, cualquier lugar, estancia o condición son propicias para hacer brotar la emoción que lleva a la construcción textual. Generalmente, la poesía es triste y melancólica. O es hermosa y enamorada. Sin olvidar que ella es también voz de protesta y, a veces, se ubica en la situación que compromete a toda una colectividad. En otras palabras, es repentina y se adecúa a las circunstancias del momento en que se escribe.

Tal vez por esa provocación a la que se somete el intelecto, la poesía es el momento sublime del ser humano, en su hora, minuto y segundo adecuado. Brota como un manantial y las palabras y versos son difíciles de cambiar en su correntía.

Si bien la poesía de don Héctor Uribe Saldarriaga es de insondable calificativo – como si fuera fuente constante de creación – su prosa es el producto de toda una existencia vivida. Y es igualmente rica y vivificante. Solo que aquí los versos se convirtieron en párrafos y capítulos con fuerza de poesía sublime.

En los apartes de su nuevo libro se va desnudando la condición personal y, también, el fiel retrato de otros seres del mundo del escritor. Los que él encontró en México y Estados Unidos, tan angustiados como el que rinde el testimonio escrito.

La faceta del escritor Uribe Saldarriaga ha llegado a su máxima expresión del relato aleccionador y ejemplificante. Ya lo había percibido cuando, hace algunos meses, don Héctor me compartió su otro relato. Se titula ‘Marcos de superación’. Y en él, un lector encuentra toda una lección de resiliencia y de superación de los obstáculos que algún personaje encuentra en su camino de la vida. Con ese cuento corto, el poeta entró a la esfera de la prosa educadora. Un avance digno de admirar.

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Pero el más brillante detalle de su aporte a las letras ha quedado testimoniado en su último escrito, sobre el doloroso tema de la migración transnacional. Son 128 páginas bien redactadas, donde el lector no quiere soltar el correr de su recorrido textual. Cada párrafo nos muestra – no sólo el reflejo de hace 40 años, cuando el autor insistía en su empeño de coronar el llamado sueño americano – sino también lo que ocurre el tiempo de hoy, con un transcurso de acontecimientos que motivan a una tercera inquietud, ya entablada directamente al escritor:

¿Cómo haces, amigo apreciado, para que tu mente salude al tiempo con tanta lozanía?

Indudablemente, el poeta me contestará:

‘El ánimo está en el deseo de servir a los demás y no en la limitación del espíritu. En otras palabras más coloquiales: Vieja es la cédula, pero no mi ánimo de vida, él siempre estará joven’.

Gracias, don Héctor. Su libro debe ser consultado por todos los coterráneos. Porque refleja el rigor y la tristeza de tantos filandeños y compatriotas que pasaron dificultades, tan crueles como las que cuenta el poeta, pero que fueron superadas por algo que empuja maravillosamente al ser humano a no claudicar: el bienestar y la querencia por su familia.

Pero, también, el libro es una lección y un llamado de urgencia a los países del mundo. Porque alerta sobre el conflicto más humillante, el tráfico de la migración ilegal.

Filandia tiene, en su plaza, un monumento escultórico dedicado al fenómeno de la migración. Es la estatua llamada ‘el migrante filandeño’. La que nos recuerda el sufrimiento, encarnado en el despido a la tierra, a los hijos que se quedan desconsolados y a las madres embargadas por la angustia. En la maleta plasmada en el monumento va encerrada la esperanza.

Ahora Filandia tiene otro homenaje literario, dirigido a esos seres que deciden emprender el camino de un autodestierro. Está representado en la prosa de un compatriota que quiso contar – como él lo dice en su portada – la experiencia de ‘tres días de sueños que se convirtieron en tres meses de pesadillas’.

Ojalá los colombianos encuentren en su lectura que la valentía de un escritor se convierte en un rasgo de solidaridad. Y lo más importante, en un gesto de apoyo al cumplimiento de su anhelo. Siempre por el motor que nos lleva a la aventura. Por la familia y su futuro.


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