A 40 años de ser declarada árbol nacional, la palma de cera sigue en riesgo de extinción, entre el abandono oficial y el avance del turismo depredador.
El 16 de septiembre de 1985 fue sancionada por el presidente Betancur Cuartas la Ley 61, mediante la cual el Congreso de la República adoptó la palma de cera del Quindío como árbol nacional. Han pasado 40 años y la palma sigue en cuidados intensivos, porque el peligro de desaparecer en las alturas de las montañas andinas es cada día más latente. Solo los ambientalistas se preocupan denodadamente por su conservación. Y uno que otro gobernante instala medidas de cuidado que, en últimas, son un saludo a la bandera, porque tampoco se cuenta con el respaldo de la Corporación ambiental.
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Como ocurre con la acción de aquellos defensores, la palma está condenada a seguir su existencia en solitario. Porque también las vemos desamparadas en lugares que, como los valles de la cordillera, ya están invadidos por la invasión del turismo masivo y depredador. En los paisajes, otrora tupidos de esbeltas palmas, hoy se las ve solitarias, en medio de potreros donde pasta el ganado. Ya no están ellas en los rodales exuberantes, que solo se ven en las fotos del pasado. O se testimonia sobre la hermosura de ellas en la prosa poética, que las recuerda con nostalgia. Como así lo escribió el escritor de la tierra, Luis Vidales, quien dedicó a la palma el breve poema que transcribo a continuación:
“A la palma del Quindío le conté mi sueño un día. Era la palma, era, era la palma de cera, la palmera, la palma del sueño mío. Cohete que sube al cielo y estalla en el estrellío. Y cuando pasan los vientos la palma se vuelve río… Oid el ruido del aire, el río…, la palma del niño mío. Aquí la palpo guardada, aquí en el pecho, al lado izquierdo del alma en donde llevo al Quindío”.
Como lo canta el poema de Vidales, en aras de garantizar su permanencia simbólica, la rama seca, ya sacralizada por la tradición, se traslada al interior de las habitaciones de las casitas de bahareque, para colocar el gajo del domingo de Ramos en las paredes de la habitación, lo cual se considera es un elemento protector contra las tempestades.

Además del significado fetichista que denota la creencia popular, descrita en el párrafo anterior, la palma es motivo de celebración, es el símbolo de escudos municipales y es el cliché para el turismo. Pero no se cumplen los enunciados de aquella Ley, los que seguirán en solitario, como ocurre con el cumplimiento de tantas otras normas de protección del Patrimonio Cultural. En otras palabras, el Artículo 2 de la Ley 61 es, y seguirá siendo, letra muerta. Y esto pregona:
“Facúltase al gobierno nacional para que con estricta sujeción a los planes y programas de desarrollo, realice las operaciones presupuestales correspondientes, contrate los empréstitos y celebre los contratos necesarios con el fin de adquirir terrenos, que no sean baldíos de la nación, en la Cordillera Central, para constituir uno o varios parques nacionales o santuarios de flora a fin de proteger el símbolo patrio y mantenerlo en su hábitat natural”.
No obstante las realidades que rodean a los pocos sitios que resguardan las palmas, y los también escasos bosques donde se encuentran (los santuarios donde ellas deben crecer), muchas tienen -o tuvieron- el destino de levantarse solitarias. Ellas despiertan las mejores evocaciones cuando se exponen a nuestra mirada de caminantes, o de simples observadores, desde el vehículo en el que somos pasajeros, mientras disfrutamos el paisaje de montaña. O cuando se presentan altivas en nuestro sendero transitado. Fueron las protagonistas del pasado, porque las palmas solitarias de los parajes cordilleranos dejaron -y dejan todavía donde se encuentran- las historias más singulares. Todos los viajeros que trasegaron por las trochas del Camino del Quindío, en el siglo XIX, siempre dejaron una grata impresión escrita sobre ellas, en sus crónicas de viaje.

En mi cámara de recuerdos también existen significativas vivencias alrededor de esas palmas de cera solitarias. Pues tomé varias fotos de palmas en lugares representativos para mí. Como son “El Roble” y el municipio de Filandia.
A continuación, la confirmación de esas historias, para la memoria del Quindío.
La palma del Alto del Roble
En 1985 hacía curso en el Congreso la Ley 61. Ese año, en uno de mis recorridos por la carretera que comunica a Armenia con Pereira (y propiamente en el alto del Roble) tomé la foto de una palma de cera que se encontraba detrás del restaurante El Roble, que en ese entonces ocupaba una pequeña casa de bahareque y donde también se expendía carne de cerdo. El sitio, con vista a la imponente cordillera, ofrecía un visaje espectacular, imposible de esquivar en su contemplación hacia el oriente. En tan hermoso paisaje, aquella palma solitaria hacía marco central. Los comensales del tradicional restaurante, luego de degustar los tamales y las exquisiteces de la comida criolla y montañera que allí servían, también avistaban la palma, dejando ella el más imperecedero recuerdo.
Años después, la autopista del Café tomó el predio del restaurante para su necesaria ampliación. Y la palma seguía allí, como único testigo de lo que fue uno de los sitios camineros más históricos en la memoria de la culinaria regional.

A principios de la segunda década del siglo XX, los viajeros que conducían raudos en sus vehículos hacia Pereira, lo mismo que los pasajeros que nos movilizábamos en bus intermunicipal hasta Filandia, comenzamos a ver la agonía de la palma. Poco a poco perdió sus gajos. La senectud cobró su precio en el frágil cuerpo de aquel emblema vegetal. La que podría sobrepasar varias décadas de existencia y que resistió vendavales, ventiscas y tempestades. De ella solo ha quedado el tronco inferior, anciano y desgastado. Un tronco que se resiste a caer y que nos recuerda la fortaleza de nuestro árbol nacional.
La palma de la casa de don Juanito Martínez
No solo en Salento y otras poblaciones cordilleranas crecen las históricas palmas de nuestra entraña simbólica nacional. En Filandia, mi pueblo natal, algunas palmas de cera quisieron reventar y crecer en los patios traseros de las grandes casas de bahareque. Y en una de esas bellas viviendas, la de la familia Martínez (sobre la carrera quinta), y desde la cuarta década del siglo XX, una de ellas retoñó en el solar. En el mismo espacio donde don Juanito Martínez, a quien se le conocía como “el samaritano de la medicina” sembraba plantas medicinales para su botica. Y donde cuidaba, también, otros arbustos y árboles frutales. Era un patio o solar tan grande, que iba hasta la carrera contigua, la cuarta, compartiendo espacio común con otros solares de la vecindad. Eran los tiempos en que se jugaba en rondas infantiles en esos patios, los que hoy ha invadido el turismo masivo y los ha suprimido para ampliar los emprendimientos hoteleros y restauranteros.

En 1985, uno de aquellos árboles frondosos resaltaba. Era el orgullo del patio, era la reina. La palma de cera sobreviviente, más cercana a la plaza principal. Porque otra, en el patio trasero de la casa de 15 habitaciones que ocupaba el teatro Bengala (donde actualmente está la Casa de la Cultura), ya había desaparecido. El peso de los años la venció a mediados de la década de los sesenta del siglo XX.
La palma de cera de la casa de los Martínez también fue merecedora de una foto que logré en el transcurso del año 1985. Y fue esa impresión a color el único testimonio que se conserva para dar cuenta de su existencia. La capté desde el corredor trasero de la casa esquinera de la carrera quinta con calle quinta. Y donde se puede ver el segundo piso de otra casa de bahareque tradicional de Filandia, la de los Taborda Gallego.
La palma de la calle de la pista
En Filandia, la carrera cuarta es conocida con el nombre de La Pista.
Antaño, desde la esquina de la calle del convento, hasta la calle tercera, era la extensión por donde se hacían competencias caballares, sobre todo los días de feria agropecuaria. Para principios del siglo XX, en la manzana donde hoy está construida la sede de la Institución Educativa Liceo Andino de la Santísima Trinidad, se desarrolló una de las ferias más concurridas de la región, lo que motivaba que a sus alrededores se llevaran a cabo las carreras de caballos y las riñas de gallos, organizadas éstas al interior de las casas del sector.
Entre la calles tercera y cuarta, varias casas de una planta conformaban un continuo arquitectónico bello y especial. Hoy, de ellas solo se conserva la vivienda de bahareque esquinera, donde reside aún un personaje muy querido, don Israel Román. El venerable viejo, miembro de una familia respetable de Filandia, atendía la única tienda barbería del sector.

En el patio trasero de la segunda casa contigua a la famosa estancia de don Israel también se levantaba otra palma de cera. Cuántas fotografías se deben conservar de ella, porque era imposible no avistarla y registrarla con la cámara fotográfica, cuando se bajaba por la calle cuarta con dirección a Quimbaya.
La palma hermosa fue derrumbada, sin completar su ciclo de vejez, a principios de los años noventa. Y mi foto de 1985 es el otro testimonio de la altivez del árbol nacional de Colombia que quiso crecer en mi pueblo querido.
Las palmas de la casa “granada”
La casa, de más de 120 años de antigüedad, llamada “Granada”, fue una reconocida fonda caminera del Paso del Quindío. Era atendida por mi abuelo Luis María Restrepo en la década de los años 30 del siglo XX. Allí nació mi padre en 1917 y se ha convertido, hoy, en uno de los testimonios arquitectónicos más importantes de Filandia.
En la década de los 80 fue iniciativa de mi padre que tres de sus nietos pequeños sembraran igual número de palmas de cera en el predio aledaño a la casa, pues quería perpetuar la memoria del viejo caserón de sus recuerdos. Frente al costado norte, que hoy se convirtió en la fachada principal, dos sobrinos sembraron la pequeñas plántulas. La tercera fue llevada al sector posterior, por donde pasaba el Camino del Quindío en dirección sur. Solo retoñaron las de la entrada y por eso hoy se llama a la vivienda como “la casa de las dos palmas”, entre otros nombres que le han señalado los pobladores antiguos del municipio. La tercera palma no progresó porque era terreno pisado y no tenía las condiciones propicias para su crecimiento.
La casa se ve hermosa hoy, con sus dos palmas de cera en la entrada principal. Y, una vez más, se resalta el ímpetu ceremonial que las palmas despiertan, como otro de los símbolos patrimoniales de la Patria y del Quindío.
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