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Relatos del legado cultural en un viaje evocador por Circasia.

La Fundación Guaicamarintia, entidad cultural con sede en Calarcá, ha iniciado un interesante proceso en el municipio de Circasia, tendiente a la recuperación de historias de Patrimonio Cultural. Proceso que pueda convocar, además, a la puesta en valor del bahareque como técnica constructiva tradicional del Paisaje Cultural Cafetero, un aspecto de lo inmaterial que también se visibiliza en las muy escasas construcciones de ese tipo, que todavía se ven en algunos municipios del Quindío.

En Circasia, que muchos consideramos un "oasis urbano" a escasos minutos de Armenia, entrando desde la Autopista doble Calzada del Café, el recorrido solo nos depara sorpresas a montón. Es curioso que, estando situado el municipio casi en las goteras de Armenia, se conserven muchas características de aquellas estancias de la región, que respiran por sus conjuntos de casas antiguas. O que sean sus calles, todavía, unas vías de la nostalgia del pasado.

No dudamos que Circasia entra paulatinamente en la senda del turismo. Pero también es cierto que, más que en Filandia y Salento (donde los turistas del modelo masivo y arrollador son los que recorren sus senderos urbanos), Circasia se cuidará en mantener un flujo de visitantes que respeten la serenidad de un ambiente bucólico y la armonía, atributos que muchas personas desean encontrar en la región central de Colombia, que ha sido inscrita como Paisaje Cultural Cafetero en la Lista UNESCO de Patrimonio Mundial.

Ello lo podemos comprobar en la frescura de su parque principal, en el día, cuando los adultos mayores se sientan aún en el muro interior norte de este bello sitio de encuentro. Y aunque en las noches ese lugar se transforma en la popular "zona rosa", llena de casetas frente a la cuadra del templo (que hace más de 15 años se incendió), el goce que encuentran los visitantes y locales al acceder al interior de las hermosas casas de bahareque, acondicionadas como cafés y restaurantes, genera el mejor recuerdo de una noche de diversión sana.

Para rememorar el pasado, baste con citar los párrafos de los cronistas. Uno de ellos, José Jaramillo Mejía, nacido en La Tebaida en 1940 y quien todavía escribe sus columnas en la prensa regional, esto nos cuenta sobre Circasia, pueblo donde vivió sus primeros años de existencia. Lo plasmó en su libro titulado "MONÓLOGOS DE FLORENTINO, REFLEXIONES DE UN IDEÓLOGO EMPÍRICO" (Manigraf Grupo Editorial, Manizales, 2020):

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"….En otras partes, como en Circasia, se exhiben con orgullo las raíces campesinas. Sus fundadores y posteriores pobladores viajaron por caminos que construían mientras caminaban ("se hace camino al andar"), con la esperanza como inspiración, apoyados en valores indeclinables y sin más patrimonio que la unión familiar, la solidaridad con los compañeros de aventura, la fe en Dios y el músculo para el trabajo".

Ya que la intención de la Fundación Guaicamarintia es la de recuperar historias de casas, consideramos que, con ellas, van también las historias de sus moradores y, por extensión, las de los pobladores. Así se unen, en la compilación de información, los dos Patrimonios, el Material (condensado en los elementos artesanales de madera de aquellas casas) y el Inmaterial (el conjunto de conocimientos constructivos, las vivencias y las anécdotas). Por tal razón, a Circasia lo conoceremos por el comienzo de una serie de recorridos a través de su arquitectura vernácula.

El primer recorrido sugerido es ensoñador (léase curioso y de realismo mágico), como que lo escondido y latente aparecen en la práctica de nuestra juiciosa y dedicada observación. Pues es la del antropólogo o el etnógrafo. Pero, también, la del ciudadano común, que se convierte en intérprete de los simbolismos del pasado. Entrará en el apasionante descubrimiento de los detalles arquitectónicos que sobreviven y de los relatos. Los que estaremos dispuestos a escuchar con atención. Minucias arquitectónicas y relatos de la cotidianidad son la sustancia de una tarea de rastreo patrimonial.

El primer recorrido es el de la carrera 15, también llamada la Calle Real. La reconocemos con las siguientes historias cortas. La primera de ellas, también tomada del libro de don José Jaramillo Mejía, es presentada con nostalgia por su pluma.

El policía municipal, Don Aquilino 

"Mi niñez y adolescencia fueron testigos de una vida apacible, cuando el único policía de Circasia era municipal, don Aquilino Restrepo, armado apenas de bolillo. Sus tareas se reducían a llevar a la escuela a los muchachos que deambulaban por las calles cuando no asistían a las clases; meter a la cárcel a los borrachos que provocaban escándalos y soltarlos amonestados cuando se les pasaba la perra; y sacar a los presos a deshierbar las calles empedradas, para que sirvieran de algo y no se aburrieran encerrados. El fusil solo lo exhibía don Aquilino en las ceremonias patrióticas, cuando se ponía el recién aplanchado uniforme de gala".

Don Nicasio, el embellecedor de calzado del recordado Café de Arcadio

La calle real de Circasia (o Carrera Boyacá) comienza su protagonismo ciudadano en la esquina de la carrera 15 con calle 7. Allí aparece una placa histórica, empotrada en la pared de la casa antigua que conserva uno de los balcones curvos más emblemáticos. Aunque ahora es objeto de reparación y por eso sus maderos han sido retirados para reforzar la estructura, todos tienen el imaginario del lugar donde inició la vida fundacional de Circasia, en el mes de agosto de 1884. En la esquina del frente, otro lugar de encuentro entró ya en el sendero de la memoria, el café de Arcadio. Ahora, ese sitio de esparcimiento adonde entrábamos a saborear sabrosos tintos y pintaditos, ha sido refaccionado por efecto de un turismo que se abroga el afán de modernidad.

Del local de antes, por fortuna, quedan dos detalles arquitectónicos: las rejas de hierro forjado y las baldosas añejas. Y también su personaje emblemático, don Nicasio, el lustrabotas (ahora llamado embellecedor de calzado), quien prefirió emigrar con su cajita de embolar a la esquina interior suroriental del parque. Allí abordamos a ese huilense querido, quien llegó muy niño a Circasia y se enamoró de su nuevo destino. Nos contó que su nuevo sitial, donde atiende a los clientes, le permite tener más amigable relación con todos los circasianos, mientras observa con nostalgia al café Real, nombre que ahora lleva ese establecimiento de sus recuerdos.

La cuadra de bahareque más curiosa de Circasia

Desde la esquina de la carrera 15 con calle 8, esta calle Real de Circasia toma un aire garciamarquiano en su costado norte. Las casas son de bahareque, pero absolutamente todas fueron refaccionadas en sus ventanas. Se convirtieron en balcones coloniales, aunque nuestros primeros pioneros de la albañilería y construcción fueron colonos antioqueños, que nunca idearon balcón salido.

Los turistas admiran y fotografían los balcones nuevos del turismo, y también sus colores caribeños, lo mismo que sus exageradas formas estéticas. Porque todo ello hace el juego visual a las constantes refacciones descontextualizadas de las grandes viviendas. Las que, antaño, solo tenían un color de su pintura, combinado con el blanco de sus paredes empañetadas de boñiga, o sea la cal líquida que se fijaba con el hisopo. Dos términos, boñiga e hisopo, que en adelante conoceremos mejor con otras historias de casas.

Pero, por fortuna, también, en el interior de la mayoría de ellas, en Circasia, se encuentran aún las riquezas patrimoniales. Algunas conservan las habitaciones de piso de tablas, los zaguanes y contraportones, los zócalos y hasta los zarzos. Estas son otras palabras que corresponden a la cotidianidad del pasado constructivo. También es interesante lo que encontramos en los bajos de una de aquellas casas, avanzando hacia el occidente en el recorrido. Allí funciona el "Café del guadual", donde nos podemos detener para degustar el tinto montañero o para observar su decoración vernácula. Ella está compuesta por los aparejos de arriería, los objetos del romanticismo casero o las vitelas de papel fino. Como las que están enmarcadas en vidrio y borde decorado, mostrando la magnificencia de láminas europeas que llegaron en la época de nuestros abuelos. Esos cuatro cuadros, en una de sus paredes, fueron conocidos por mí, cuando era niño, como las "ninfas" y evocaban en mi mente los pasajes de la mitología, ya que ello lo había leído en los fascículos de las enciclopedias, colocados ellos en los estantes de las bibliotecas familiares y escolares.

Los dos detalles escondidos de la calle mágica 

En la cuadra más sencilla de la calle Real, dos aspectos arquitectónicos pasan desapercibidos. El que hemos querido llamar "la ventana que fue" y "el león perdido". Son, en realidad, dos elementos de la artesanía arquitectónica de aquellos maestros de las bellas ebanistería, carpintería y albañilería. Pues se plasmaron en sus respectivas viviendas de las esquinas correspondientes a las calles 9 y 10. En la primera, la de dos pisos, se alcanza a ver una casona de bahareque que fue completamente modificada. Pero la magia se conservó en una ventana, que se aprecia esfumada, en su fachada superior. Parece un pasaje ilusorio, en la perspectiva de una obra de arte extraño, que apenas se sugiere.

El misterio de su historia constructiva se resuelve cuando entramos a la vivienda. Sus actuales moradores, muy amables, nos contaron los relatos de sus padres, tíos y antiguos dueños. Y nos desvelaron el enigma de la ventana que, en el exterior, se nota difusa. Si bien dentro de la casa solo se aprecia la pared que se revocó para tapar la ventana, ese relato nos introduce en la incógnita del pasado. El que encerrará para siempre los varios interrogantes. Mientras, desde la calle, los transeúntes se imaginarán otras versiones, las del imaginario, sobre la "ventana misteriosa" de la esquina de la calle 9.

En la esquina siguiente, calle 10 con carrera 15, la calle Real nos adentra a otra dimensión. La de la única huella de andén grabado zoomorfo que posee Circasia. Es la imagen, muy borrosa por el desgaste del tiempo transcurrido, de un león. Ello nos recuerda que, hace más de 80 años, en los andenes y patios interiores de las primeras viviendas de la región del Eje Cafetero, se imprimieron figuras diversas, utilizando rodillos de madera con diseños tallados. Se rodaban sobre el cemento fresco de los andenes, patios y zaguanes. Y así quedaban, para siempre, los detalles geométricos, las flores, racimos de uvas y otras figuraciones, como testimonio de la inventiva de los viejos constructores. Era, y es todavía en el escaso número de andenes grabados que sobreviven, una verdadera iconografía quindiana. La que una artista montenegrina, Elena Vargas Tisnés, rescató para la memoria en 1997, al calcar (hacer frottage) más de 200 de ellos en diferentes andenes de los municipios del Quindío.

No era común plasmar motivos de animales en esas superficies. Por eso el único motivo zoomorfo de Circasia, que reconocimos con mucha dificultad en nuestro recorrido, así como la historia de Elena Vargas Tisnés y su labor de recuperación, harán parte de otra historia. La llamaremos "LOS LEONES EN LA GRÁFICA PATRIMONIAL DE CIRCASIA".

Tal vez, así, contando o imaginando, desvelaremos los motivos históricos para tanto ingenio de nuestros antepasados, constructores y albañiles, que levantaron las casas de bahareque.

Mientras tanto, seguimos recorriendo y haciendo memoria.


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