En las fiestas aniversarias de la Ciudad Milagro, en 1939, los toros, becerros y novillos fueron la atracción, en medio de los actos que se programaron durante todo el año.
En las conmemoraciones aniversarias de fundación de varias poblaciones del Eje Cafetero, las novilladas, becerradas o corridas de toros fueron todavía los actos centrales.
En el Quindío, Armenia y otros pueblos del Quindío las realizaron en plazas portátiles, en el interior de casonas, lo mismo que en uno que otro escenario adecuado rápidamente para tal fin.
En las fiestas aniversarias de la Ciudad Milagro, en 1939, los toros, becerros y novillos fueron la atracción, en medio de los actos que se programaron durante todo el año, con miras a culminar en el mes de octubre, marco preciso del cincuentenario de la promisoria población de Caldas para entonces. Solo que no se pudo celebrar en la fecha precisa del 14 de octubre, por una contingencia natural causada por la crecida del río Quindío, que no permitió se inaugurara el puente en el sector rural de Balboa, así como otros actos. La fiesta pasó para diciembre de ese año y principios de enero de 1940.
Dos fotos de la novillada realizada en la segunda semana de junio de 1939, publicadas en la revista semanal "VEA", número 921, de junio de 1989, nos traen al recuerdo un hecho singular que ocurrió en esa corrida. En medio de la emoción que despertaba la faena, uno de los ejemplares subió de súbito a la gradería, en medio del terror que produjo ello entre los asistentes.
Dos fotos de esa época, del hecho que cumple 85 años, también fueron publicadas por la revista, mostrando así una noticia curiosa que fue registrada para enriquecer el anecdotario provincial. Tal vez esas fueron las mejores fotos de Guzmán Ocampo Valencia, el fotógrafo de ocasión.
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Así recordó la revista aquella "tarde de miedo en Armenia":
"Esta semana se cumplieron cincuenta años de uno de los sucesos más impresionantes en el mundo de la tauromaquia y que hoy, por eso mismo, las personas con más de medio siglo a cuestas lo recuerdan en todos sus insospechados detalles: una semana de bulla radial en Armenia, Quindío, anunciando los nombres de los diestros españoles y la peligrosidad de los toros de casta. Una tarde de sol esplendoroso. Dos horas de majestuosas verónicas, pases por lo alto, muletazos de calidad, estocadas certeras, orejas y olés de premios. Y los segundos y minutos de miedo: el tercero de la tarde, un toro negro lustroso, nervioso, musculoso, siente que se le viene la muerte en la enorme aguja del estoque. Da un salto sobre el mismo callejón y cae con toda su furia en las graderías. La furia de cuernos se va contra la gente, caen las mujeres. Los hombres brincan al callejón. Los niños son botados por las escaleras. Empieza a aparecer la sangre. El pánico es impresionante. De repente, uno de los diestros aparece en ese escenario de terror y con alaridos busca que el bicho se le mande. Otro torero más aparece y, como si ambos se hubieran puesto de acuerdo, este agarra al toro del rabo mientras el primero apunta la estocada al morrillo. El animal cae rodando, herido de muerte. La tarde se cierra con muchos heridos en los hospitales y llanto y miedo en toda Armenia. Hoy, 50 años más tarde, Guzmán Ocampo Valencia, que tuvo tiempo de obturar su vieja cámara, recuerda aquella tarde con estas impresionantes fotos. Y con una cicatriz en el brazo derecho: de un toro que murió porque quiso vivir".
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