Las tres reseñas siguientes son, con la venia de sus autores, mi manifestación de agradecimiento para ellos, quienes me brindaron más perlas de conocimiento sobre los coterráneos del Quindío. Muchos otros trabajos -algunos en manuscrito y de óptima dedicación y presentación – hacen parte preferencial de mi biblioteca personal, la que después se legará a mi departamento querido.
Desde finales de la primera década del presente siglo -siendo docente de la Universidad de San Buenaventura en Armenia- tuve la maravillosa oportunidad de orientar la cátedra Formación Humana 2, una optativa que les permitía a los estudiantes de aquel prestigioso centro de educación superior el contacto directo con los elementos, sitios y personajes del patrimonio cultural de su ciudad, en este caso, Armenia. En algunas ocasiones conocieron ellos a los hombres y mujeres de la cotidianidad de sus calles y tal oportunidad les permitió entrar también al mundo de sus oficios o comprender mucho mejor el rol de las personas del común en el tejido urbano.
Una de las tareas encomendadas a ellos, después de los recorridos, era escribir una reseña sobre las impresiones despertadas en su inquieta imaginación, frente a las novedades de las experiencias que apenas ellos percibían en la ciudad donde vivían. Algunos presentaron interesantes diarios de recorrido sobre lugares, museos, monumentos del espacio público u obras de arte de las exposiciones que, en ese momento, se validaban en los centros culturales, escasos por cierto en Armenia.
Mientras tanto, otros se centraron en destacar la vida y obra de humildes personajes de la capital del Quindío. Pues fue sobresaliente el impacto que en ellos se produjo, al encontrar la riqueza de contenido en sus ocupaciones. Lo que les motivó igualmente a escribir sobre ellos. Conservo, con mucho cariño, esos aportes. Pues son para mí uno de los regalos que la docencia en Humanidades le brinda al profesor. Son los ensayos y anotaciones sensibles sobre el transcurrir de sus vidas, que no merecen ser desechados después de ser evaluados y calificados por el orientador de la cátedra.
A continuación, transcribo tres de esas reseñas del patrimonio humano de Armenia. Sus autores, tres alumnos de segundo semestre de Psicología de entonces, quienes plasmaron en esas líneas las intenciones de sus futuros procesos profesionales, dirigidos ellos a la atención de los seres humanos en su medio comunitario. Hace ya quince años que esos escritos se ofrecieron a la consideración de un propósito universitario. Pero, hoy, considero, deben ser conocidos por los miembros de la comunidad que los inspiró.
Es posible que los tres personajes reseñados hayan perecido. Y tampoco sé de los autores psicólogos de tan significativas semblanzas, a excepción de Mayra, a quien hace cinco años la encontré laborando en tierras lejanas del sur de Colombia, desplegando su servicio profesional en comunidades indígenas, con el sentido humano de su profesión. El que, sin duda, los otros dos autores de las reseñas también despliegan con eficiencia.
Gracias a esas escrituras, supimos del sobandero del parque El Bosque, el más icónico de los “componedores” de aquel sector de Armenia. También, sobre un músico anónimo del Barrio Vélez, a quien el estudiante que le hizo la entrevista le arrancó sensibles pasajes de su silencioso protagonismo. Y nos acordamos, otra vez, del curioso oficio de “escribidor” de máquina antigua, que llama la atención porque todavía persiste con su difícil tecleo, en una calle de Armenia, para sobrevivir y no desaparecer con su curiosa actividad.
Las tres reseñas siguientes son, con la venia de sus autores, mi manifestación de agradecimiento para ellos, quienes me brindaron más perlas de conocimiento sobre los coterráneos del Quindío. Muchos otros trabajos -algunos en manuscrito y de óptima dedicación y presentación – hacen parte preferencial de mi biblioteca personal, la que después se legará a mi departamento querido.
La belleza en lo sencillo… el sobandero de El Bosque
…El patrimonio inmaterial, es decir las expresiones orales, saberes culinarios, medicina tradicional, elaboración de toda clase de objetos, expresiones musicales y dancísticas y formas de organización social, política y comunitaria de un país o departamento, tiene la misma importancia que el patrimonio material.
Teniendo en cuenta que soy oriunda del departamento del Tolima, y que en alguna oportunidad fui turista en el Quindío, quiero dar a conocer mi idea sobre la importancia de ese patrimonio, ya que desde mi visita hace algunos años, logré captar que al visitante solo se le exhiben los bienes palpables, siendo de esta manera el único motivo de diversión y recreación a la vista. Se olvida por completo la belleza en lo sencillo, la dedicación, el amor, el esfuerzo y la vocación innata de aquellos que hacen parte de la esencia quindiana.
Por tal razón, mi interés se ha centrado en mostrar una de tantas figuras esenciales en la ciudad de Armenia. Su nombre, Hernán de Jesús Restrepo Arango, pero en su oficio nadie lo reconocería sin nombrarlo como “el sobandero del bosque”. Comienza su historia en Arauca (Caldas), lugar de nacimiento, donde vivió hasta los siete años de edad. Pero luego se desplazó al departamento del Quindío, estableciéndose en su capital, hasta la fecha. Don Hernán, como lo llaman sus conocidos, empezó en este oficio a los 24 años de edad. Todo comenzó con la atención en un negocio de frutas y prensa, en el mismo lugar en el que hoy se ubica, desde hace 32 años. Menciona que él descubrió su vocación cuando decidió ayudar a un joven que presentaba una dolencia. Es así como sale a flote su empírico conocimiento acerca del tema. Menciona que, “pasado un tiempo sentí interés por aprender sobre el cuerpo, primero la práctica y después vino la teoría…”.
Para poder llevar a cabo su labor utiliza cebo de cordero y plantas medicinales. No usa fármacos para el alivio de las dolencias y por eso la gente acude a sus servicios. Atiende en promedio de 16 a 18 pacientes, desde tempranas horas de la mañana y hasta bien entrada la noche, ya que es muy cuidadoso en el momento de “sobar”.
Después de hacer una introducción en su oficio, mediante una charla informal, a la cual accedió sin ninguna complicación, me dijo: “siéntese ahí mientras yo voy sobando”. Pude notar que es un hombre bastante alegre, sencillo, caballeroso, con un gusto particular por la música de baladas. Su gusto personal está en la ayuda a la gente, más que lucrarse de su oficio. Cobra una tarifa mínima de dos mil pesos por sesión, sin importar que de tan reducida cuota dependa su diario vivir. Aunque algunos “me dan más platica”, relata don Hernán.
El “sobandero del bosque” es un personaje muy conocido en la capital quindiana por sus manos prodigiosas, su buena atención a la gente, su sentido social y ante todo, el “amor a la libertad…”. Como el señor Hernán de Jesús, estoy segura hay muchos más en el departamento, con amor a la región, aunque no sean propiamente cuyabros, y que darían mucho por la tierra que los ha visto crecer.
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Un personaje digno de admirar
Don Jaime Hernández es un señor que nació el 13 de noviembre de 1952 en la finca La Bella, vereda Naranjal del municipio de Montenegro. Allí creció junto a once hermanos, de los cuales nueve son hombres y dos son mujeres. Solo estudió hasta quinto de primaria, pero a los doce años de edad, afortunadamente, su padre don Marco Tulio Hernández, ya fallecido, le enseñó el bello arte de tocar y fabricar sus propias guitarras. Lo que hasta el día de hoy sigue haciendo para poder sobrevivir en este país, donde los músicos populares y los artesanos no cuentan con el debido apoyo del Estado. Hace seis meses don Jaime Hernández reside en el municipio de Armenia, donde se desempeña en su labor de músico, junto a su hermana menor Julia Rosa.
Actualmente vive con su compañera sentimental en el barrio Vélez. Además de fabricar y tocar guitarras, es también compositor y arreglista. Y cuenta que en sus años de infancia aprendió sobre los mitos y leyendas de la región, debido a que las escuchaba en su vereda natal. Tuvo igualmente trabajo como ebanista en una agencia de maderas.
Me comentó que tarda una semana para fabricar manualmente una guitarra. La suya está hecha de pino y granadillo, pero también utiliza la combinación de pino y cedro. En su propiedad posee tres guitarras marcantes y el requinto que lleva casi siempre consigo, todas fabricadas por sus propias manos. Cuenta con un repertorio musical de quinientas canciones, treinta de ellas de su propia autoría (inéditas), entre pasillos, boleros, bambucos y música popular. Aclaró que su canción preferida es un pasillo llamado ‘Lágrimas y rosas’.
A lo largo de su vida artística ha tenido diversas presentaciones radiales y televisivas. Por ejemplo, en 1972, se presentó en la emisora La Voz de Calarcá, dentro del programa “Mañanitas quindianas”. También en La Voz de Armenia y Radio Ciudad Milagro, en las emisiones de “Amanecer Comunal” y “La Voz del Labriego”.
Don Jaime me dice que cobra por serenata (siete canciones) la suma de 60.000 pesos a los estratos bajos y 120.000 pesos a la clase alta.Algo que verdaderamente me sorprendió, pues esto confirma el buen corazón que tiene este personaje. Aunque para muchos de nosotros pasa desapercibido, cuando va por la calle con su guitarra, es en sí un elemento muy representativo de la cultura y de las manifestaciones artísticas de la región.
Pedro José Victoria y su máquina de escribir
Desde 1987 don Pedro José Victoria se encuentra ubicado en la puerta de uno de los locales de la carrera 17, entre calles 21 y 22, la cuadra especial, que cuenta con su presencia a diario, consagrándolo como una de las personas que aún conserva la costumbre de escribir en uno de los instrumentos más valiosos para la escritura antigua. Y es de admirar que aún en nuestros días existan personas, como es el caso de don Pedro José, que utilizan todo el tiempo una máquina de escribir para redactar cualquier tipo de documento. Sentado en una silla, y con una pequeña mesa que toma como escritorio, recibe cualquier trabajo. Cuando don José empezó con este empleo, acompañado de más de 17 personas que utilizaban la máquina de escribir, hoy solo es posible encontrar 7 o menos, ya que “las nuevas tecnologías apartan el uso de esos instrumentos”, como él lo dice.
Los pocos que perseveran, como don Pedro José, tienen un convenio con la gobernación del Quindío para que, llegado el caso de la falta de uno de ellos, nadie más pueda seguir ejerciendo el oficio (aunque eso sería lamentable pues se perdería una costumbre hermosa al ver pliegos a mano, mostrando la verdadera capacidad del ser humano de corregir sus errores de escritura).
Entre risas narraba su vida, recordaba sus raíces alemanas por parte de su madre, los empleos de sus hijos como jugadores de fútbol profesional, el gusto por la vida alegre y la pasión por su empleo.
Entre todo lo que contaba don Pedro José, destacaba el gusto por la máquina de escribir que le regaló uno de sus hijos hace cuatro años. Y aunque este empleo lo ejerce más por gusto que por necesidad, lo desempeña muy bien.
Mientras narraba, iba sacando recortes de periódicos de su escritorio, donde se ven las fotos de sus hijos y el pequeño fragmento sobre una entrevista realizada hace ya más de ocho años, donde contaban sobre él. Pero no resaltaban en esa publicación la importancia de tal oficio, como que esa labor requiere de paciencia, esfuerzo, tiempo y dedicación para no cometer errores de redacción.
Es, sin duda, este personaje, realmente importante para Armenia, ya que en ningún otro sitio de la ciudad tenemos la fortuna de contar con personas que puedan hacer un trabajo de esta naturaleza, y bien realizado.
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