Tres departamentos de Colombia están conectados a las realizaciones pictóricas y escultóricas del artista Luis Guillermo Vallejo Vargas. Pero un elemento más les ha dado personalidad, para que ellas se transformen en valor cultural. Es la historia, como que es el motor y la fuerza que les imprime una dinámica especial. Quindío, Caldas y Santander … Continuar leyendo
Tres departamentos de Colombia están conectados a las realizaciones pictóricas y escultóricas del artista Luis Guillermo Vallejo Vargas. Pero un elemento más les ha dado personalidad, para que ellas se transformen en valor cultural. Es la historia, como que es el motor y la fuerza que les imprime una dinámica especial.
Quindío, Caldas y Santander señalan ese triángulo. La capital del Quindío, el primer vértice, con el monumento Explosión de las Almas Unidas, del cual hace parte una pintura de grandes proporciones y un conjunto de estatuas coloridas de resina poliéster y fibra de vidrio que la complementan, y que alguna vez hicieron parte de otra exhibición que Vallejo Vargas impulsara en el Eje Cafetero para rememorar el Bicentenario de la Independencia. Manizales, la ciudad natal del artista, es la otra esquina del triángulo, con la gran obra escultórica llamada Monumento a los colonizadores, conformando así el segundo vértice, para mostrar en esta magnífica expresión artística cómo fue la odisea montañera de fundación de pueblos, en lo que se conoció como el Antiguo Caldas. Y el tercer punto de unión se extiende mirando al nororiente del país, configurando linealmente el triángulo alargado con la punta situada en un accidente geográfico, extenso y árido, llamado el Cañón de Chicamocha.
Aparece entonces otra referencia similar a la del Triángulo del Café, como se ha nombrado a esta región geográfica y turística, donde Pereira está incluida con su autodenominación de ‘Capital del Eje’. Para contemplar las obras de Vallejo Vargas debemos remitirnos al conocimiento del país entero, reflejado en el triángulo de la historia y el arte. Están presentes en esas obras la identidad con raíces indígenas prehispánicas y de los grupos étnicos actuales, la revolución comunera y la colonización multirregional, arriera o antioqueña. Son estos los tres componentes de ese triángulo que se marca sobre el mapa de Colombia. En su base, conecta linealmente a Manizales y Armenia y en la punta se proyecta como la aguja aguda de una brújula que marca la señal identitaria al monumento de Santander.
Las tres realizaciones pictóricas y escultóricas del maestro Vallejo Vargas están unidas desde la base de una explosión lumínica, plasmada en la superficie de un edificio, como es la de Armenia. La del ‘estallido visual’, desde una base semicircular que semeja una hoja de tabaco en bronce, como es la del Cañón de Chicamocha. O desde la profundidad de un corazón de metal en el fondo abovedado de la escultura de Manizales, que Vallejo llama el ‘corazón de la solidaridad’, fundido en bronce, porque recuerda el aporte de miles de llaves entregadas por los habitantes de Manizales para el levantamiento de su Monumento a los colonizadores desde el año 1997.
Las tres superficies despliegan rayos de colores, como la obra de Armenia. O “salen en contorno 30 astas de acero inoxidable a manera de rayos de una explosión”, como el monumento del Cañón. Y se imponen las efigies, sobre la altura del paisaje que rodea la escultura de la capital de Caldas. También representan el sentido de la historia, porque desde su recuento se crearon y se les dio vida a las figuras que realzan las tres grandes manifestaciones de Vallejo Vargas.
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Las tres estallan a la realidad
La de Armenia, como una invasión de colores que rodea todo el edificio que alberga el Teatro Azul, entidad creativa e impulsora de las artes escénicas en la región. En palabras de Vallejo, los colores refulgentes, el crescendo de las líneas de fuego, lo astral, el brillo de la luz de la pintura impresa, el aleteo de una guacamaya chamánica y todos los detalles allí plasmados, lo que reflejan en el monumento artístico es “el esfuerzo de los integrantes del Teatro Azul, poniéndolo a volar, representado en el ascenso de estas almas unidas”. Sin olvidar que, en cada uno de los rostros allí plasmados, está presente lo indígena —prehispánico y actual— y lo nuestro, desde la fenotipia heredada de los ancestros, llámense embera, waunana, yanomami o quimbaya, nuestros rostros son también su retrato.
En el vértice de la obra de Armenia, se encuentra ‘la mula trucha’, que corresponde al molde de la figura original en bronce que hace parte del Monumento a los colonizadores. También confluyen en esta colorida “explosión de almas unidas”, varios personajes de la revuelta comunera presentes en la obra ubicada en Santander.
El Monumento a la santandereanidad, en el Parque Nacional de Chicamocha, Panachi, llamado inicialmente Monumento a los Comuneros, está ubicado en el municipio de Aratoca, entre Bucaramanga y San Gil. Surgió de la idea manifestada a Vallejo por un gran hombre de letras, Germán Arciniegas, para rememorar otro estallido, “el de la insurrección”. En este conjunto soberbio, donde 36 figuras de bronce nos representan a todos, el objetivo de ambos propulsores —el del artista Vallejo y el del historiador Arciniegas— fue “despertar la conciencia histórica” de los colombianos. Allí nos vemos todos, y no solo los santandereanos, en la mujer heroína Manuela Beltrán, que rasga el edicto real de los impuestos, en la encarnación revolucionaria de José Antonio Galán y hasta en la postura polémica del arzobispo Caballero y Góngora.
El vértice del triángulo que más nos identifica a caldenses, quindianos y risaraldenses es el del Monumento a los colonizadores, en el alto del barrio Chipre de la capital de Caldas. Desde la base que alberga el corazón de bronce, las figuras de arrieros y colonos, de mulas y bueyes y de las mujeres valientes de la gesta de fundación de pueblos, se yerguen en lo alto de la colina, desde la cual se otean montañas azules que simbolizan la esperanza. Es el monumento del tercer estallido, el de la creatividad artística de Vallejo Vargas. Y es que mientras en el monumento de Chicamocha las figuras traducen los símbolos de la historia vivida, “el tabaco, la iglesia, la revolución comunera y la reacción frente a las injusticias”, las del monumento de Manizales nos recuerdan los momentos de la aventura colonizadora más grande sucedida en el siglo XIX en Colombia. En esas estatuas y esculturas se aprecian “la agonía y el éxtasis” de aquellos pioneros pobladores. La jerga arriera siempre utilizó el topónimo de “Las agonías” para denominar los parajes trasegados. Mientras las duras jornadas de aquellos grupos familiares llegaron hasta el “éxtasis” del cansancio físico y de ahí el término utilizado por el artista para llamar parte de su monumento.
Patrimonio Vivo, y no solo patrimonio artístico o de los monumentos del espacio público, es lo que corresponde llamar a las tres inmensas obras de Vallejo Vargas. Y patrimonio vivo es también el despliegue cultural a su alrededor, y el de las personas y organizaciones que encuentran en ellas el camino para recorrer, en la construcción permanente de nuestras identidades culturales. Valdría la pena que el ministerio de Cultura y las oficinas gubernamentales de cultura y turismo de los tres departamentos vieran en estos monumentos y en el triángulo de la historia y el arte, un potencial inmenso para la promoción del país.
