El mes de noviembre de 1998 es amargamente recordado por los habitantes del departamento del Vaupés. El primer día de ese mes la guerrilla de las Farc se tomó cruentamente la población de Mitú. Era la primera capital de departamento que se sometía a sangre y fuego en la historia del país. Fueron tres penosos días … Continuar leyendo
El mes de noviembre de 1998 es amargamente recordado por los habitantes del departamento del Vaupés. El primer día de ese mes la guerrilla de las Farc se tomó cruentamente la población de Mitú. Era la primera capital de departamento que se sometía a sangre y fuego en la historia del país. Fueron tres penosos días de ataques que han quedado en la memoria de sus habitantes y tras los cuales quedó solo destrucción, civiles muertos y policías secuestrados.
Vaupés es un departamento selvático y recóndito de Colombia, que fue conocido por los nacionales después de esa trágica incursión, de la cual se celebraron 25 años. Tiempo después de esa toma guerrillera se conocieron los aspectos etnográficos de la región, gracias a la difusión en salas de cine de la película “El abrazo de la serpiente”. Pero los colombianos desconocen otras facetas de ese territorio amazónico que limita al norte con Guaviare y Guainía, al oriente con Brasil, al sur con el departamento de Amazonas y al occidente con Caquetá. Su fortaleza es la composición étnica y poblacional. Lo habitan más de 20 pueblos y su extensión superficiaria es un Gran Resguardo Indígena. Es multiétnico y plurilingüístico, como lo determina la ocupación de las siguientes comunidades, que pertenecen en su mayoría a la familia lingüística Tukano Oriental: Wuanano, Tukano, Piratapuyo, Bará, Tuyuca, Desano, Siriano, Tatuyo, Carapana, Makuna, Barasano, Taiwano, Cubeo, Tariano, Kabiyarí, Nukak, Jupda, Yurutí, Letuama, Pisamira.

Río Vaupés.
Pero la toma guerrillera de 1998 no es el único recuerdo nefasto de este extenso territorio. A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, sucedieron revueltas indígenas, resultantes del rechazo a la penetración de misiones religiosas, especialmente de las franciscanas que, desde 1880 concentraron a los pobladores en aldeas grandes. Sobre los abusos cometidos por aquellas misiones, un etnógrafo alemán, Theodor Koch Grumberg, relata algunos hechos de desafueros contra las tradiciones culturales por parte de algunos misioneros. Así lo consignó en su libro “DOS AÑOS ENTRE LOS INDIOS: VIAJES POR EL NOROESTE BRASILEÑO, 1903 – 1905” (Santafé de Bogotá: Editorial Universidad Nacional. Tomo 2,1995). En un relato patético, el antropólogo cuenta cómo dos de ellos, celebrando misa, les mostraron súbitamente las flautas sagradas de yuruparí a las mujeres “para demostrarles que no debían temer a los demonios y derrotar así, de una vez, el paganismo”. Tal acción se refiere a la transgresión contra una de sus tradiciones más sagradas, la ceremonia de Yuruparí, a la que no deben asistir las mujeres ni escuchar los sonidos de las flautas.
A raíz de este incidente los dos misioneros fueron expulsados. Aunque se sabe que, en otras ocasiones, tales abusos contra las tradiciones representaron la muerte de los transgresores.
No es el único evento que narra Koch Grumberg. También, en varios fragmentos de los dos tomos de tan importante obra, cuenta cómo le temían a las incursiones de colombianos, sobre todo de comerciantes que recorrían los ríos de la frontera colombo brasilera y atacaban a las poblaciones indígenas. Ya por esa época también se presentaban los hechos lamentables de las caucherías, que se dieron con mayor incidencia en los años posteriores, entre 1910 y 1920.Son los tristes acontecimientos que se constituyeron en el material de descripción de la obra “La Vorágine”, escrita por José Eustasio Rivera en 1924.Fue esta explotación inmisericorde, la del caucho, junto con las matanzas y crueldades proferidas contra los indígenas, la primera de una serie de “bonanzas” del territorio. Fueron en realidad episodios de extractivismo de sus recursos, que nada han dejado como beneficio para las poblaciones originarias.
Conocí el Vaupés en 1983, cuando llegué por primera vez, y lo recorrí en varios medios de transporte no convencionales – desde canoa o “potrillo” por vía fluvial hasta la vía aérea en avioneta – porque no existen carreteras, aunque sí caminos intrincados llamados “varadores”.En 1986 debimos sortear, como funcionario público que era, una acción de defensa de las comunidades, contra la pretensión de colonos y buscadores de oro por apoderarse de una mina recién descubierta en la frontera con Brasil, en inmediaciones del río Taraira. Muchos hostigamientos se presentaron, aunque se logró controlar la situación abriendo una pista de aterrizaje en ese lugar y creándose una nueva población del Vaupés, llamada Taraira. Se añadía así una más, además de la ya existente Carurú. Se desarrollaba, entonces, otra bonanza nefasta, por las pretensiones de expansión a las poblaciones aledañas.
Comprendí el drama histórico de las diferentes bonanzas, que los afectó notablemente. La cauchera, que dejó cuerpos torturados y mutilados de hombres, que tuvieron que soportar el trato explotador de los caucheros, como también se muestra en la película “El abrazo de la serpiente”.
Vendría en los años 40 la bonanza de las pieles de nutria (o marta) y de jaguar, animales que fueron cazados hasta mermar sus poblaciones. En los años 80, a mi llegada a Mitú, la bonanza de la coca estaba en todo su despliegue, conociendo de ella sus injusticias y la inmensa brecha en sus modos de vida tradicionales, por las inmensas fortunas que corrían en el territorio, derivadas de dineros mal habidos. Pero, producto de otra lacra imperante, la corrupción administrativa.
Regresé al Quindío, mi tierra natal, en 1986 pue se tornaba difícil mí permanencia en una región que se movía alrededor de los dineros ilícitos. A principios de los 90 me radiqué en Leticia, la capital del departamento de Amazonas y, visitando el corregimiento La Pedrera, tuve contacto con varios indígenas del Vaupés, quienes me contaron que el oro y su explotación salvaje había llevado a familias enteras a perderse en su afán lucrativo, ya que en otros lugares de la frontera binacional también estaban extrayendo el metal, especialmente hacia el norte de Taraira, en la serranía de Naquén, departamento del Guainía.
Pero faltaría mucho más. Regresé a Mitú en 1994 para continuar mi labor profesional como integrante de un equipo multidisciplinario en labores de educación en salud y atención primaria para las comunidades de los ríos Pirá Paraná y Querarí. En las comunidades de este último me enteré de otra realidad de extractivismo, la que generó otra minibonanza. Fue en 1995 cuando supe de un mineral que es vital para la fabricación de equipos de computación. Se llama coltán, enterándome además que esa zona limítrofe con Brasil presenta los mayores yacimientos. Mientras tanto, en otra zona de gran biodiversidad, el río Apaporis, al sur del Vaupés, se había vuelto un botín de colonos mineros, intereses multinacionales y hasta de comunidades indígenas enfrentadas, por la búsqueda de oro.
En esa mi segunda estada en el Vaupés aprecié el cambio sufrido por las comunidades, que ya contaban con la influencia de los colonos en todo aspecto, como producto de una aculturación que llevó en esa década al comienzo de la desaparición de los últimos nómadas de la selva, los indígenas Nukak. Así lo constaté en 1995 cuando encontré un grupo en una de sus estancias selváticas, ya sedentarizados, enfermos y con la marca de su agonía. Nuevamente vi el influjo del narcotráfico en las demás comunidades, pues el territorio ya estaba surcado por pistas de aterrizaje clandestinas, desde las cuales partían avionetas con la carga letal de droga. Se sentía la descomposición de la vida tradicional y otra vez la imperancia del dinero maldito, conseguido a costas del trabajo de los jóvenes como “raspachines” de la hoja de coca. Un nuevo ingrediente hacía más difícil el panorama. A muchos se les pagaba sus jornales con bazuco, el extracto crudo de coca sin refinar que, por las sustancias que lo componen, se convierte en una mezcla altamente venenosa y peligrosa.
Cuando partí definitivamente del Vaupés, en 1997, el ejército nacional ya se había instalado con base de operaciones cerca de Mitú. Lo que más me conmovió antes de salir, en diálogo sostenido con el hijo de un payé (nombre dado al chamán vaupesino), en una comunidad del río Pirá Paraná, fue su posición personal frente a la responsabilidad que le aguardaba en el campo ceremonial, que debía ocupar más adelante ante la ausencia del padre. Una de sus frases me impactó: “quiero salir a Mitú o Bogotá porque no soporto el sabor amargo del yagé”. Esta es una bebida sagrada que se toma en la madrugada, dentro de la gran maloca, haciendo parte del desarrollo ritual, conectando al individuo con el plano religioso. El muchacho de 15 años había sido preparado en su iniciación masculina de la ceremonia del yuruparí y ya participaba en las fiestas de cosechas (dabucurí) que lo integraba con jóvenes de otros poblados cercanos. Pero en su mente rondaba, como en otros, el deseo de desconectarse de sus regiones. Entendí, entonces, que se evidenciaba otra crisis pues, con su partida, esos muchachos renunciaban al conocimiento chamánico, que luego los convertiría en nuevos líderes religiosos de los destinos de sus caseríos.
Establecido en el Quindío, a finales de 1998, me enteré de la toma guerrillera de Mitú, que cambió para siempre la vida del Vaupés. Meses después la tragedia tocó al Eje Cafetero, con el terremoto del 25 de enero de 1999 y a mí también me correspondió vivir el drama de la desgracia. Porque, desde la vivencia de esos hechos luctuosos, en Quindío y en Vaupés se iniciaron nuevas etapas de reconstrucción física y social que, por lo visto, no han mostrado los mejores resultados en el desenvolvimiento de la vida de sus habitantes. Porque, en ambas regiones, hoy se vive un drama humano con los altos índices de suicidio juvenil que se presentan.
En 2009 volvimos a tener noticias del Vaupés en ese plano de la tragedia. El periódico EL TIEMPO, en su edición del 12 de septiembre, divulgó la información. Para quienes habíamos conocido el territorio, ella nos llegaba con un tinte de tristeza y desesperanza. Desde la visión periodística, etnocéntrica y mordaz, los comentarios produjeron otro daño en el conocimiento de esta región, de la que solo se sabía por las reseñas de Koch Grumberg, el relato de ‘La Vorágine’ y por la toma de Mitú. No podían ser más patéticos los reportes:
“El suicidio en el departamento del Vaupés es un suceso alarmante, como lo han dicho muchos de los que han podido comprobar…”.”Increíble pero cierto, en término de año y medio ya se han muerto ahorcadas veintisiete (27) personas…”.
Está situación podría parecer regular, de acuerdo con la ocurrencia de muertes en una región con población más o menos numerosa. Pero la estadística (más de 130 jóvenes de diferentes pueblos que se han autoeliminado desde 2004, escogiendo la mayoría de ellos el ahorcamiento) es alta, y preocupante, si tenemos en cuenta que Vaupés es un departamento con reducido número de habitantes, en comparación con la media nacional.
Quisiéramos describir al Vaupés desde otras facetas. Por ejemplo, la elevación como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, en la Lista de Unesco, para los pueblos que habitan el río Pirá Paraná. Aparecen en ella como los Chamanes Jaguares del Yuruparí.O describir la tierra de los ríos que serpentean por la selva, de sus raudales, sus bellos paisajes y su recuento mitológico.
Pero la lacra del suicidio joven está latente. Así lo corroboran las últimas noticias, como lo informa El Espectador en su edición de septiembre 17 de 2023 (“La otra cara de los suicidios en el Vaupés”).
Y hay más. Se vienen otros problemas. Por ejemplo, la desforestación y la ganadería extensiva. No hay derecho para esta región tan bella de Colombia.
