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Volver a Caicedonia, la ciudad sorpresa del Valle del Cauca

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domingo, 11 junio 2023

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De regreso a Caicedonia: Un encuentro con la historia y la belleza natural.

Volver a Caicedonia, la hermosa ciudad que está situada al nororiente del Valle del Cauca fue para nosotros un momento de solaz en nuestra rutina diaria. No visitaba esta población de perfil agrícola y cafetero desde la década de los años noventa, época en la que todavía se accedía a ella -y a la vecina Sevilla- a través de la carretera que conecta al norte del departamento con el parador de La Uribe, ya en el plan que conduce de manera veloz a Palmira y Cali. 

Visitar las fronteras del Quindío -en el marco de un agradable plan turístico de “puebliar”- se ha convertido en una opción saludable e interesante. Porque se trata de llegar a los pueblos de montaña del Tolima o a la cosmopolita Pereira y sus veredas sureñas, Huertas, Guacarí y El Manzano. Y, por supuesto, refrescarse con el calor de los habitantes de Zarzal y su corregimiento Quebradanueva, si hablamos de conocer las otras poblaciones del sur, luego de abandonar La Tebaida. Claro está, sin olvidar a Ulloa y Alcalá, después de dejar a Quimbaya. Periplos ensoñadores por la vecindad del Quindío, para disfrutar cambiantes climas y otear horizontes de palmas de cera, guaduales, platanales y heliconias. 

Mí acompañante y yo salimos de Armenia, en el terminal de transportes, muy temprano en la mañana. La única posibilidad de llegar al destino escogido era tomar un servicio de flota intermunicipal que – en este momento- atiende la contingencia del puente sobre el río Barragán, en límites con el Valle. Lo hace transbordando en ambos costados del puente, al que se le ha descubierto una falla de afectación ingenieril. Desde hace meses no está al servicio del paso vehicular, pero sí permite el tránsito peatonal para llegar a Barragán, el pequeño poblado que ya está en territorio del Valle del Cauca, 4 kilómetros ante de arribar a Caicedonia. Las mercancías, los cárnicos, las frutas y toda clase de productos y mercancías deben ser cargados de un vehículo a otro, con el fin de evitar el desabastecimiento en Caicedonia y Sevilla, y especialmente con los víveres que llegan desde el departamento del Quindío. Parece una zona de frontera internacional, donde el cargador (también llamado cotero) es oficio indispensable e imprescindible en este momento de la emergencia vial. 

El viaje desde Armenia se volvió ameno. No solo por los paisajes, sino por la opción que escogimos. La de apuntar, desde la ventanilla del vehículo, los nombres curiosos de los establecimientos, fincas o casas de la vera del camino. Descubrimos así a un país que se conoce desde la toponimia extranjerizante, como si lo indígena o local no estuviera ya en nuestra tendencia identitaria de nombrarnos o reconocernos. Así fue como vimos en el trayecto carreteable que se desprende desde “La Ye” (otro topónimo curioso), varias denominaciones, las que configuran un curioso nexo de comunicación entre lugares que poseen nombres de sitios, países y ciudades del exterior. Para la muestra, un ejemplo: 

Maiquetía – Birmania (finca) – Canaán (vivero). 

Me recuerda eso a mi tierra natal (el municipio de Filandia) donde, jocosamente, los lugareños de dos corregimientos cercanos se divierten al expresar con gracia cómo es el tránsito entre ambos caseríos, que pertenecen jurisdiccionalmente a Filandia y Pereira. Por eso se goza al decir que “se puede pasar de Arabia a La India por camino de herradura, sin subirse a un avión y sin pasaporte”. Otros topónimos avistados en el camino hacia Caicedonia son igualmente llamativos: 

Finca Jericó. La Bélgica. Finca Amberes. Ceilán. Barcelona (el corregimiento de Calarcá). Finca Cancún. Finca Hotel Marruecos. Albania. El Vesubio. Y el más llamativo, el Hotel Yuruparí. 

Ya entrando a Caicedonia nos preguntamos por el origen del nombre. Nos trasladamos históricamente al año de su fundación, el 3 de agosto de 1910, en el lugar que para entonces se conocía como el “plan de Cuba”. Y fue por efecto de la ordenanza número 21 del 20 de abril de 1923 (hace ya 100 años) cuando la Asamblea del Valle determinó el inicio de la vida jurídica y administrativa del municipio, que se había desarrollado como un corregimiento de San Luis (hoy Sevilla). Ello en realidad comenzó el primer día de septiembre de 1923. Se le había llamado Caicedonia en recuerdo de Lisandro Caicedo, uno de los personajes de la ingratamente recordada Compañía Burila. Este es otro nombre de la memoria del municipio que, sin embargo, se llena de trascendencia hacia lo indígena, en recuerdo de los burilas o buliras, los nativos de la familia Pijao que poblaban el territorio en la época prehispánica. 

Se ha llamado a Caicedonia como La “Ciudad Centinela del Valle”. Pero también como “El mejor vividero del mundo”. Entendimos esta última perífrasis (o apelativo) cuando empezamos a sentir el disfrute de sus atributos. Un clima templado y agradable. Calles anchas y de tránsito amplio. Habitantes hospitalarios. Lugareños cordiales. Casas de bahareque limpias y tradicionales. Y el que más nos agradó, una tradición culinaria al servicio del visitante, por cuenta de un desayuno abundante y paisa que degustamos en uno de sus restaurantes. Fue un sabroso calentado, trancado y de precio cómodo y razonable. Lo que transmite el mensaje más amable, ya que al caicedonita le interesa enamorar al turista y visitante. Pues le interesa que regrese, en este caso, con más comensales. Y eso que no conocimos la delicia de uno de sus platos típicos, el “pollo a la carreta”, que solicitaremos en nuestro próximo viaje. 

Nos permitimos asignarle un nuevo calificativo a Caicedonia. Es, para nosotros, la Ciudad Sorpresa del Valle del Cauca. Después de tantos años de ausencia, encontrar una profusión de monumentos y exaltaciones culturales y naturales, lo ameritan plenamente. La siguiente es una relación muy sucinta de lo apreciado, en un lapso muy corto, porque ya al mediodía retornábamos a la capital del Quindío: 

Varias casas de bahareque, que evocan el recuerdo y el respeto hacia la arquitectura y color vernáculos. La más nostálgica, la esquinera que hoy sirve de albergue al café “As de Oros”. Un lugar de la nostalgia, donde la greca centenaria, el pintadito que probamos, sus mesas y sillas de antaño, las puertas de madera noble y que conservan la pintura original, nos recuerdan un detalle significativo. Que el turismo masivo y depredador todavía no ha llegado con su invasión. Y que estos sitios de encuentro – los cafés – siguen siendo los refugios de la historia local. 

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Seguimos con los dos parques, que el tiempo limitado nos permitió visitar. El más antiguo, llamado de Las Palmas, donde también se encuentra la plaza de mercado tradicional. Y donde tres monumentos enaltecen el sentido histórico. El homenaje al cacique Chanama, un indígena guerrero que defendió a su pueblo de los invasores españoles en la época aciaga del contacto. Aunque la estatua ya no está – pues la escultura se encuentra en recuperación y restauración – este símbolo escultórico nos reconcilia con el pasado aborigen. El segundo aspecto lo encarna el busto en homenaje al fundador de Caicedonia, Daniel Gutiérrez Arango. Y el tercer recordatorio lo constituyen ocho esculturas de piezas de cerámica prehispánicas del Periodo Tardío, en relación con los pueblos indígenas que ocuparon el territorio. En pocas poblaciones de Colombia se encuentra un conjunto como este, dedicado a nuestros orígenes identitarios. Una de las esculturas nos recuerda una de las cerámicas más bellas, un “gazofilacio”, nombre dado popularmente a “una figura sedente, en posición de loto”, tal cual reza la leyenda colocada al pie de la figura. También recuerda ello, a los caicedonitas, la época nefasta del saqueo arqueológico, mencionando cómo esas piezas corresponden a las encontradas en los “frecuentes hallazgos por guaquería en el sector urbano y a las encontradas en el barrio El Surco y en el sector del hospital”. También, en este espacio, debemos mencionar una supervivencia del Patrimonio Inmaterial, las carretas arrastradas por caballos. 

En el parque principal, llamado Nuestra Señora del Carmen, otros sitios evocan la memoria patrimonial. Una icónica casa de bahareque, en la mitad de la cuadra, tal vez la más conocida en el registro fotográfico. La vivienda esquinera de dos plantas, también de madera noble, donde un peluquero todavía insiste en permanecer con su oficio, en la Barbería Selecta. Las palomas. El árbol más antiguo, una gruesa ceiba pentandra. Y el busto dedicado a un ilustre personaje, Nacianceno Orozco Grisales, uno de los diputados de la Asamblea del Valle que fue asesinado por la guerrilla en el año 2007. El gran aviso que engalana con su leyenda de colores, “YO AMO CAICEDONIA”. Es un despliegue publicitario que adorna ya a muchos municipios del país, desde el ámbito promocional de sus encantos turísticos. 

Caminando por sus calles encontramos otros detalles. El significativo del recuerdo de su Patrimonio Humano, en este caso representado en un sastre, noble oficiante que nos permitió fotografiarlo para el recuerdo en su Sastrería Richar. La construcción esquinera, sede de un partido político, pero que se destaca por su bello estilo arquitectónico. Una calle adornada con guirnaldas. El café moderno, que lleva el nombre de Burila, donde se combinan la remembranza y la contemporaneidad. El templo católico, soberbio y hermoso, en cuyo interior se encuentra una réplica del Señor de los Milagros de Buga. Muchos adultos mayores sentados en el sector interior del parque. En cada uno de ellos vemos y recordamos a otros que hemos encontrado en las referencias bibliográficas de Caicedonia. En especial, a los que alude una publicación titulada “Caracterización del parque principal”, de Jairo Sánchez. Nos llamó la atención la mención de sus personajes queridos. Entre ellos “el señor de los cueros”, “el señor del acento paisa”, “el anciano de la cajita con dulces”. Y hasta la mascota “Barbuchitas”, un perrito. Personajes y un animalito, que no vimos en esta ocasión, pero sabemos están en el corazón de sus habitantes. 

Ya llegó la hora de partir. Pero establecimos el compromiso de regresar a esta hermosa ciudad sorpresa del Valle. Porque sabemos que los otros atractivos nos esperarán en el retorno. Entre ellos, el monumento a la empanada, el museo arqueológico al interior de la Casa de la Cultura, el monumento al Willys, el Parque Nacional de las Heliconias, los lagos de Bellavista, el Santuario María Madre de Dios en la vereda Montegrande. Y tantos más que hacen de esta ciudad el destino más promisorio de la región del norte del Valle.  


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